Capítulo 31. El peso de una acera
Pau conservaba las lecturas de la grúa utilizada durante la plantà. Cada módulo se pesaba para calcular la secuencia de elevación. La pieza que formaba la acera bajo el hombre transparente pesaba ciento ochenta y seis kilos el día quince.
Cuando Guillem la trasladó de madrugada, el sensor de la plataforma registró doscientos cincuenta y nueve.
La diferencia coincidía con el peso aproximado de Alba, su bolso, el panel añadido y la manta. Guillem había introducido la pieza por un acceso de mantenimiento y la fijó a la base con cuatro tornillos de seguridad.
En su teléfono aparecieron fotografías tomadas a las cuatro y seis. Mostraban el panel ya cerrado. Dijo que las hizo para demostrar a Berta que había terminado.
—¿Dónde están los mensajes que acompañaban las fotos? —preguntó Rubén.
Los había borrado. La copia de seguridad conservaba fragmentos. Uno procedía del número de Berta: Que no quede ninguna junta clara. Mañana se acaba.
No mencionaba el cuerpo ni el fuego. En el contexto de la operación, mostraba conocimiento del sellado. La defensa podría alegar que hablaban de un arreglo ordinario.
Mara pidió a Guillem que explicara qué significaba se acaba .
—Que la falla ardería.
—Eso lo interpreta ahora.
—Eso entendí entonces.
La fotografía tenía en una esquina un reflejo: la pantalla del teléfono de Alba iluminada dentro del módulo. Berta había dicho que creía el móvil en casa de la víctima.
La acera pintada había funcionado como ataúd durante veintisiete horas y treinta y cuatro minutos, desde la fotografía del sellado hasta la apertura del panel. Su peso quedó registrado porque una norma de seguridad exigía medir algo que todos daban por terminado.