Capítulo 28. Agua y bronce
La tubería del fregadero de Nau Dotze desembocaba en un separador de sólidos que no se había vaciado desde febrero. En el fondo, bajo capas de pintura y serrín, el laboratorio encontró sangre de Alba, partículas de bronce y fibras granates.
Alguien lavó allí el contrapeso y una prenda manchada.
El desengrasante comprado la noche del dieciocho apareció en un recibo de una tienda cercana. El pago se realizó con la tarjeta corporativa asignada a Guillem, a las diez y seis. Las imágenes de caja mostraban a un hombre con gorra; su altura y una cicatriz en la mano permitieron identificarlo.
Guillem cambió su declaración. Berta lo llamó a las nueve y cuarenta y siete.
Le dijo que Alba había sufrido un accidente y que la empresa se hundiría si aparecía muerta en el almacén.
Cuando llegó, la vio en el suelo con la cinta ya colocada.
Berta le ordenó limpiar y prometió que Calatayud resolvería el resto.
—¿Comprobó si respiraba? —preguntó Belda.
—Berta dijo que no.
—Le he preguntado qué hizo usted.
Guillem no la tocó hasta cargarla en el carro. Tampoco llamó a emergencias. Limpió el arma, compró producto, envolvió el cuerpo y lo ocultó. Cuando Belda preguntó dónde había dejado el contrapeso, consultó a su abogado y se negó a responder. Su cooperación parcial no borraba esas acciones.
Identificó la chaqueta granate que Berta llevaba aquella noche. Ella la metió en una bolsa de vestuario y le pidió que la llevara a lavandería. Guillem afirmó que la dejó en el maletero del coche de la directora.
La prenda no había aparecido en los registros.