Capítulo 26. Empresas sin puerta
Pórtico Nueve Consultores tenía domicilio en un despacho compartido sin personal. Métrica Once Gestión utilizaba un buzón de otra provincia. Dos proveedoras culturales declaraban el mismo número de teléfono, atendido por una gestoría.
Aina ayudó a distinguir quién realizaba trabajo real.
No todos los pagos inflados eran ficticios.
Sonidistas, costureras, artistas y montadores habían prestado servicios por tarifas inferiores a las facturadas.
Llevant Escènic abonaba mil ochocientos euros por una producción y justificaba nueve mil.
La diferencia entraba en la segunda contabilidad.
—Si protestábamos, decían que la próxima lista tenía cien nombres —explicó Aina.
Una compañía de danza figuraba como receptora de veintiséis mil euros. Había cobrado cuatro mil trescientos, seis meses tarde. Su directora entregó correos en los que Berta exigía firmar por el importe completo para mantener la gira.
La Fundación Cendra Oberta aportaba el sello de prestigio. Su presidenta, Empar Seguí, organizaba cenas donde los mismos fondos aparecían como donaciones privadas. A cambio, obtenía deducciones, fotografías y capacidad para decidir qué proyectos recibían apoyo.
—No hace falta que una empresa sea falsa —dijo Rubén—. Basta con que la parte verdadera cobre poco y firme mucho.
Los pagos de Métrica Once Gestión conducían al apartamento de Berta. Los de Pórtico Nueve, a gastos de la campaña interna de Mateu Valls y al alquiler de un ático usado para recepciones.
Mara separó los expedientes. Fraude de subvenciones, blanqueo, contrabando, falsedad y coacciones laborales. El homicidio seguía necesitando un arma, una presencia y una acción demostrables.
El dinero explicaba por qué Alba era peligrosa. No explicaba por sí solo quién cerró la cinta alrededor de su cuello.