La falla que no ardió (Casos de Mara Cid 5) Capítulo 23. Los pases de servicio
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Capítulo 23. Los pases de servicio

Durante Fallas, el ayuntamiento expedía permisos temporales para vehículos de montaje, limpieza y emergencias. Llevant Escènic gestionó cuarenta y dos. Siete matrículas no pertenecían a proveedores culturales, sino a empresas vinculadas a Calatayud.

Los pases permitían circular por zonas restringidas y justificaban horarios que, en otra semana, habrían llamado la atención. Dos camiones entraron al puerto con ellos aunque no transportaban material para ninguna falla.

Mara y Rubén acompañaron a Belda a la terminal. Salvador Calatayud los recibió en una sala de reuniones elevada sobre las grúas. Detrás del cristal, los contenedores parecían piezas de un juego ordenado.

Calatayud negó controlar cada matrícula de sus subcontratas. Llevant Escènic era cliente y patrocinaba proyectos por responsabilidad social. No conocía a Alba más allá de dos reuniones.

—La cultura necesita empresas —dijo—. Las cuotas vecinales no pagan una ciudad internacional.

—¿Qué recibe a cambio? —preguntó Mara.

—Reputación. Presencia. Lo mismo que cualquiera que pone su nombre en una lona.

Rubén mostró los pesos anómalos y los precintos duplicados. Calatayud los atribuyó a errores de estiba. Cuando vio la matrícula del camión abandonado en Huelva, pidió terminar la entrevista.

Antes de levantarse, Mara preguntó por Ernesto Soler, responsable nocturno de accesos. Calatayud dijo que era un empleado sin capacidad de decisión.

En los extractos de Alba, las iniciales ES aparecían junto a cada contenedor liberado.

La vista desde la sala convertía a los trabajadores del muelle en puntos reflectantes. Desde abajo, pensó Mara, el cristal solo reflejaría el cielo.