Capítulo 18. La oficina vacía
La copia del portátil permitió reconstruir las últimas acciones de Alba. A las nueve y ocho abrió el libro oculto. A las nueve y once imprimió catorce páginas. A las nueve y trece conectó una memoria externa. Dos minutos después, el equipo se cerró sin seguir el procedimiento normal.
La impresora conservaba el contador, pero las páginas no aparecieron en el registro. Tampoco estaban en la papelera ni en la trituradora.
En el despacho, una de las patas de la mesa tenía una marca semicircular reciente. A cuarenta centímetros, el suelo mostraba una zona pulida por limpieza. El equipo retiró la mesa y levantó el rodapié. Detrás encontraron una gota marrón del tamaño de una lenteja.
La prueba rápida reaccionó como sangre.
Aina explicó que la mesa estaba girada. Alba se sentaba mirando a la puerta; ahora la silla quedaba frente a la pared. Alguien había cambiado la disposición para ocultar la zona bajo la pata.
El golpe en la cabeza podía haberla derribado allí. La cinta de amarre se habría usado después.
Mara siguió el recorrido hasta la puerta de carga. Un carro de plataforma tenía una rueda más limpia que las otras. Entre la goma y el eje apareció un hilo del forro de la chaqueta de Alba.
—La movieron con esto —dijo Belda.
La oficina no estaba vacía por orden. Estaba vacía porque alguien retiró las hojas, lavó el suelo, desplazó los muebles y utilizó el trabajo de montaje como explicación para cada rastro.
El laboratorio confirmó esa tarde que la gota pertenecía a Alba.
Berta Vives había tenido acceso. Guillem también. Durante las horas siguientes entraron seis técnicos más.
La escena acotaba el lugar, no la autoría.