Capítulo 14. El concejal
Mateu Valls recibió al equipo en un despacho con vistas a una plaza ya limpia. En una estantería había premios culturales y fotografías con artistas, empresarios y representantes vecinales.
Reconoció que conocía a Berta Vives y a Salvador Calatayud. Los llamó colaboradores esenciales para proyectar la ciudad. Negó intervenir en adjudicaciones concretas.
—Los técnicos proponen. Yo firmo conforme a sus informes.
Mara colocó tres contratos sobre la mesa. Todos incluían a Pórtico Nueve Consultores, administrada por el hermano del concejal, como asesora de públicos.
—¿Qué trabajo realizó?
—Tendrán que preguntárselo a la empresa.
—Le estamos preguntando qué recibió el ayuntamiento por ese dinero.
Valls leyó una de las facturas como si la viera por primera vez. Informes de impacto, segmentación de visitantes y diseño de indicadores. Ningún expediente contenía los estudios finales.
—La administración tiene defectos documentales —dijo—. Eso no convierte la cultura en un delito.
Belda preguntó dónde estuvo entre las nueve y las diez de la noche del dieciocho. Valls asistió a la misma recepción que Berta. Una fotografía los mostraba juntos a las nueve y cinco. Después cenó en un reservado con donantes.
—¿Berta permaneció allí?
—No llevo el horario de mis invitados.
Al despedirse, Valls recordó que las Fallas atraían empleo y riqueza. Mara miró por la ventana. Dos mujeres con chalecos reflectantes raspaban cera del pavimento mientras un encargado les señalaba el tramo que faltaba.
—La riqueza también deja una cuenta —dijo.