La falla que no ardió (Casos de Mara Cid 5) Capítulo 12. Nau Dotze
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Capítulo 12. Nau Dotze

El almacén olía a serrín, pintura y tela húmeda. Llevant Escènic ocupaba cuatro módulos separados por paneles metálicos. Había gradas plegables, focos, figuras publicitarias y cajas rotuladas con nombres de municipios.

El despacho de Alba estaba limpio. Demasiado, según Aina Roig, auxiliar de administración.

—Siempre dejaba una taza aquí y las carpetas en el suelo —dijo.

Aina hablaba mirando a Berta, que observaba el registro desde el pasillo. Belda pidió que acompañaran a la directora fuera del módulo.

El equipo científico aplicó reactivos en el suelo y en un fregadero de la zona de montaje. No obtuvo una señal concluyente. Alguien había lavado el cemento con desengrasante. En el sumidero faltaba la rejilla original; la nueva conservaba una etiqueta de ferretería.

Mara recorrió una estructura de escenario montada contra la pared.

Un sistema manual permitía elevar telones mediante barras y contrapesos cilíndricos de bronce.

El inventario indicaba doce. Contaron doce.

Once tenían golpes, grasa oscura y números punzonados; el último era más limpio y carecía de marca.

—El limpio sustituye a uno que viajó a Castellón —dijo Guillem Franch—. Se rompió el casquillo.

No había parte de salida, reparación ni sustitución. Guillem prometió buscar la documentación.

Junto a la puerta de carga encontraron rollos de cinta con hebilla naranja. Faltaban tres según el registro, aunque en días de montaje nadie anotaba cada unidad.

Aina se acercó a Mara cuando los demás fotografiaban el material.

—Alba no guardaba el portátil en casa —susurró—. Lo escondía aquí.

—¿Dónde?

Aina miró hacia el techo, donde una pasarela recorría el módulo.

—No lo sé. Me dijo que, si lo encontraba Berta, todas íbamos a pagar lo que había hecho ella.