La falla que no ardió (Casos de Mara Cid 5) Capítulo 11. La pulsera
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Capítulo 11. La pulsera

La pulsera de Alba registró su último pulso válido a las nueve y treinta de la noche. Durante los seis minutos anteriores, la frecuencia subió de setenta y ocho a ciento cuarenta y tres. Después aparecieron lecturas erráticas compatibles con el golpe de la pantalla contra una superficie.

El dato no fijaba por sí solo la hora de la muerte. El forense lo situó junto al contenido gástrico, la temperatura estimada y el recibo de la cafetería. La franja más probable quedaba entre las nueve y cuarto y las nueve y cuarenta y cinco.

La lesión de la cabeza tenía un contorno curvo de unos cuatro centímetros.

No la había causado una caída. En el cabello encontraron partículas de bronce y un lubricante industrial usado en mecanismos de elevación.

La cinta del cuello pertenecía a un modelo de amarre con hebilla naranja, frecuente en logística y montaje.

—No murió en la falla —dijo el forense—. En la ropa no hay polvo suficiente de la base ni astillas clavadas por la agresión. La llevaron ya inmóvil.

En la mano derecha, bajo dos uñas, había fibras granates y células que podían proceder de otra persona. La humedad y el agua del riego habían degradado parte de la muestra.

Belda solicitó comparar el ADN con quienes reconocieran contacto reciente. Berta Vives ya había dicho que no tocó a Alba aquella noche.

Mara anotó la frase exacta. No era aún una mentira demostrada.

Rubén observó la fotografía de la herida.

—Nau Dotze tiene escenarios —dijo—. Poleas, motores, contrapesos.

—Y decenas de personas entrando durante Fallas —respondió Belda.

La nave podía contener el arma y también suficientes rastros ajenos para ocultarla.