Capítulo 10. Llevant Escènic
Berta Vives los recibió en una sala con carteles de festivales y una mesa demasiado grande para cuatro personas. Vestía de negro y llevaba una tira de esparadrapo en el puño izquierdo.
—Me corté desmontando una copa —dijo antes de que nadie preguntara.
Llevant Escènic había empezado como una cooperativa de teatro de calle.
Quince años después producía festivales, actos institucionales, exposiciones itinerantes y zonas de invitados para empresas del puerto.
Berta habló de crecimiento como si cada contrato hubiera conducido de forma inevitable al siguiente.
La última vez que vio a Alba fue el dieciocho, poco antes de las nueve. Discutieron por los impagos a Pau Ferrís. Después Berta acudió a una recepción de la Fundación Cendra Oberta en un hotel del centro. Había fotografías suyas a las nueve y cinco y a las diez y dos.
—Alba se quedó en Nau Dotze —dijo—. Siempre esperaba al último día para convertir una duda en emergencia.
—¿Por qué programó un mensaje para la policía? —preguntó Mara.
Berta no apartó la mirada.
—Si lo supiera, no les habría dado acceso a su ordenador.
El equipo informático ya estaba retenido por orden judicial. Faltaba un portátil pequeño que Alba utilizaba en viajes. Berta afirmó que se lo llevaba a casa.
Belda preguntó por los planos de la falla. Berta reconoció haberlos pedido para el seguro y las maniobras de la grúa. Guillem Franch conservaba una copia.
Al levantarse, el esparadrapo rozó el borde de la mesa. Debajo se vio una abrasión larga, no un corte.
—¿Qué rompió la copa? —preguntó Mara.
—Mi mano.
Berta sonrió sin humor y acompañó al equipo hasta la puerta.
En el pasillo, dos trabajadoras esperaban para preguntarle cuándo cobrarían febrero.