Capítulo 9. Nueve cargas
Leo Cervera llevó al equipo hasta el almacén pirotécnico. Enseñó albaranes, autorizaciones y un esquema con nueve puntos de ignición distribuidos por la falla. Sobre el papel, todos estaban conectados.
—La humedad entró durante el riego preventivo —dijo—. Un fallo raro, pero posible.
La jefa de bomberos no compartía la explicación. El riego había respetado los conductos y los conectores debían soportar lluvia. Además, solo tres puntos contenían restos de iniciadores; en los otros seis había cable, pero no carga.
Leo cambió de postura en la silla.
—Se consumirían.
—Sin quemar el cartón que los rodeaba —dijo Rubén.
El técnico solicitó un abogado antes de responder más.
El laboratorio tardaría, pero la falla no había ardido porque alguien instaló menos material del declarado o lo retiró antes de la cremà. Aquello podía explicar la supervivencia del cuerpo y abría una pregunta distinta: si el asesino sabía que el encendido fracasaría.
Mara pidió las llamadas de Leo y su relación con Llevant Escènic. No convirtió la coincidencia en acuerdo.
Fuera del almacén, Belda repasó las posibilidades. El fallo podía formar parte del plan, podía ser un intento de impedir la destrucción del cuerpo o podía no tener relación con el asesinato.
—El cadáver estaba colocado para arder —dijo Mara—. La cinta, el bolso y el teléfono seguían dentro. No parece que quisieran recuperarlo.
—Entonces el fallo perjudicó al asesino.
—Eso parece.
Rubén guardó una fotografía de los conectores. Seis tenían polvo reciente en la rosca, como si alguien hubiera extraído las cargas después de instalarlas.
La ciudad atribuía el monumento intacto a una avería. Para la investigación, todavía podía ser una segunda decisión criminal.