Capítulo 8. El artista
Pau Ferrís trabajaba en una nave alquilada a veinte kilómetros de la ciudad. Había figuras a medio hacer contra las paredes y cuentas vencidas sujetas con imanes a una nevera.
Admitió que discutió con Alba la tarde del dieciocho. Llevant Escènic le debía sesenta y cuatro mil euros. Sus trabajadores habían cobrado por partes; él había hipotecado una casa que perteneció a sus abuelos.
—Ella me pidió que esperara dos semanas más.
—¿La amenazó? —preguntó Belda.
—Le dije que desmontaría la figura del concejal y la dejaría delante del ayuntamiento con una hucha. Si eso es amenaza, escríbalo bien.
El acceso de su furgoneta a la plaza constaba a las siete y doce de la tarde del dieciocho. Salió veintiséis minutos después. Tres miembros de la comisión lo vieron reparar una mano desprendida. Regresó al taller, donde cuatro personas trabajaron con él hasta pasada la medianoche.
Mara le mostró una fotografía del sellado reciente.
Pau identificó una pasta de montaje rápido utilizada para ajustes de última hora. La suya contenía fibras blancas. Las negras podían proceder de una manta de transporte deshilachada o de un compuesto distinto.
—¿Y el dorado?
—Pan metálico sintético. Lo hay por toda la nave. También en Nau Dotze. Llevant guardaba allí atrezzo de veinte espectáculos.
Antes de que se marcharan, Pau abrió un cajón y entregó una copia de los planos interiores. Guillem Franch los pidió en febrero alegando que necesitaba calcular pesos para la grúa.
—Le mandé una versión sin detalles —dijo Pau—. Berta Vives llamó una hora después. Quería todos.
—¿Se los dio?
—Ella controlaba el pago que mantenía abierto el taller.
No intentó presentar la obediencia como otra cosa.