Capítulo 7. La cuenta de la fiesta
La sede de la comisión ocupaba un bajo estrecho. Las paredes estaban cubiertas de fotografías, bandas, programas y retratos de niñas vestidas de fallera. Neus Barberà colocó los libros de cuentas sobre una mesa de plástico.
—Aquí paga todo el mundo —dijo—. Quien sirve chocolate, quien cose, quien recoge después. Luego sale un patrocinador en la televisión y parece que la fiesta sea suya.
Alba revisaba las aportaciones de Llevant Escènic. Había acudido tres veces durante el año, siempre con listas de facturas que la comisión no había emitido. Neus se negó a firmar una de cuarenta y ocho mil euros por un espectáculo de proyección que nunca se celebró.
—Me dijo que lo arreglaría.
—¿Discutió con alguien por eso? —preguntó Mara.
—Con Berta Vives, su directora. Y con Pau porque el taller llevaba dos meses sin cobrar.
Neus mostró un mensaje de Alba del dieciocho a las seis y nueve: No firmes nada nuevo. Mañana te explico. Era el último que recibió.
Rubén ordenó las facturas por proveedor. Tres cantidades se repetían con pequeñas variaciones: treinta y ocho mil setecientos veinte; cuarenta y ocho mil cien; veintiséis mil cuatrocientos. Las mismas cifras aparecían en festivales de Sagunto, Castellón y Huelva aunque cambiaban los conceptos.
—Pantallas, transporte, mediación cultural —leyó—. Siempre por debajo de umbrales que obligarían a otro procedimiento.
Una de las proveedoras era Giras Marejada. Otra, Tránsitos Calatayud , gestionaba contenedores en el puerto. La tercera se llamaba Pórtico Nueve Consultores y tenía como administrador al hermano del concejal de Cultura y Proyección Urbana, Mateu Valls.
Neus siguió la dirección de la mirada de Mara.
—Él vino a la cena de patrocinadores —dijo—. No pagó la suya.