Capítulo 6. Todo se ve
La plaza del Mirall estaba cerrada con vallas. Del monumento quedaba una mitad apuntalada, varias figuras tumbadas y una montaña de papel húmedo. El hombre transparente seguía de pie sobre una ciudad sin tejados.
Pau Ferrís les mostró los planos. El hueco del cuerpo había sido abierto entre dos costillas de madera que soportaban la peana. Quien lo hizo conocía el interior o llevaba medidas exactas. Después fijó un panel nuevo y reprodujo el color gris de la calle pintada sobre la base.
—De noche habría pasado por un arreglo —dijo Pau—. De día también, si no sabías dónde mirar.
Mara observó las escamas doradas recogidas del sellado. En el monumento había dorado en diecisiete figuras, pero el laboratorio debía comparar composición y tamaño. Las fibras negras no pertenecían al cartón ni a la madera.
Pau señaló dos registros originales. Uno permitía acceder al sistema eléctrico. El otro contenía lastre y parte de las cargas de encendido. Ambos estaban cerrados con tornillos especiales.
—¿Quién tenía las llaves?
—No eran llaves. Usábamos una punta de seguridad. Yo, dos oficiales y el responsable de logística del patrocinador.
El responsable se llamaba Guillem Franch. Llevant Escènic lo había asignado para coordinar las entregas, las grúas y los permisos de acceso a la plaza.
—¿Por qué un patrocinador necesita entrar en la base? —preguntó Rubén.
Pau apretó los labios.
—Porque pagaba más de la mitad y quería saber para qué servía cada euro.
Neus Barberà se acercó con una caja de documentos salvados de la caseta. Explicó que la comisión había reunido ciento doce mil euros entre cuotas, lotería y actos. Llevant Escènic aportó otros ciento ochenta mil en nombre de una fundación privada.
—Sin ellos no habría falla —dijo.
Mara miró la cavidad abierta.
—Con ellos hubo más de una.