La extraña dama del oeste Capítulo 22
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Capítulo 22

Las semanas pasaron. El invierno cerró sus garras de hielo sobre las colonias de Massachusetts. Las nevadas constantes aislaron los valles. Los caminos se volvieron intransitables para las carretas y los jinetes. Sin embargo, en la aldea fronteriza, la vida bullía con una fuerza insólita y tenaz.

El olor a enfermedad desapareció por completo de las calles.

Las chimeneas escupían humo blanco de forma continua.

Los hombres cortaban leña en grupos y compartían el esfuerzo para que ningún hogar se quedara frío.

Las mujeres se reunían en los porches para coser mantas y organizar las conservas de los sótanos.

La casa del viejo Elias, ahora el hogar de los Holt, era el corazón silencioso de esa nueva comunidad.

Ephraim estaba sentado frente a la chimenea.

Sostenía un trozo de madera de pino y una navaja pequeña.

Tallaba un pequeño ciervo de juguete para su hija.

Las cicatrices de su espalda ya no le dolían.

Su rostro había perdido la rigidez del fanatismo y la culpa.

Ahora, sus ojos oscuros irradiaban una paz profunda, labrada en el fuego de su propio hogar.

Keziah caminó por la estancia. Llevaba a Feith en brazos. La niña había ganado peso. Sus mejillas estaban sonrosadas y redondas. La hendidura de su labio ya no era una condena; era simplemente un rasgo más de su pequeño rostro. La muchacha acunó a la bebé con una sonrisa.

—Será una niña fuerte —dijo ella. Acarició la frente de la pequeña—. Tiene los pulmones de un oso. Llora con más fuerza cada día.

—Lo aprendió de su madre —respondió Ephraim. Sopló las virutas de madera de su talla—. No se calla ante ninguna injusticia.

Keziah soltó una carcajada limpia. El corazón siempre le daba un vuelco cuando Ephraim la llamaba «madre».

El sonido de la campana de la iglesia interrumpió la paz de la cabaña.

Ephraim detuvo su navaja. La campana no sonaba para llamar a la oración dominical. Era un repique rápido, agudo y de alarma. El cazador se puso en pie de inmediato. Dejó el juguete a medio terminar sobre la mesa de roble y tomó su mosquete del rincón.

—Quédate aquí —pidió él.

—Ni lo sueñes —replicó Keziah. Envolvió a Feith en su gruesa manta de lana—. Dijimos que no habría más escondites.

Ephraim asintió con gravedad. Abrió la puerta de madera y salieron juntos al frío de la mañana.

La calle principal estaba cubierta por una capa gruesa de nieve pisada. Los aldeanos salían de sus casas. Caminaban hacia la plaza central con paso vacilante. Hombres, mujeres y niños se congregaron frente a los escalones de la iglesia.

En el centro de la plaza, montado sobre un caballo negro y exhausto, aguardaba un forastero.

Era un hombre alto y delgado. Vestía un abrigo pesado de lana oscura y un sombrero de ala ancha que le ocultaba la mitad del rostro.

Su piel era pálida, casi cadavérica. Sus ojos ardían con el fuego febril del fanatismo extremo.

Lo flanqueaban dos hombres a caballo, armados con mosquetes y rostros severos.

Ephraim reconoció la vestimenta de inmediato. Era un reverendo itinerante, uno de los jueces implacables que viajaban de colonia en colonia para imponer la disciplina del alto consejo puritano.

Keziah se detuvo junto a Ephraim. La cierva de la familia, que pastaba libre en el prado nevado, trotó hasta situarse detrás de la muchacha.

El reverendo levantó las manos enfundadas en guantes de cuero. Su voz cortó el viento helado como un látigo.

—¡Arrepentíos! —gritó el forastero. Su tono era estruendoso y amenazante—.

¡El flujo de sangre es la espada del Señor sobre vuestras espaldas pecadoras!

He cabalgado desde los asentamientos del sur.

He visto la muerte en diez pueblos. He visto carretas rebosantes de cadáveres.

¡El Señor ha derramado su ira sobre esta tierra corrupta!

Los aldeanos guardaron silencio. Nadie se arrodilló. Nadie lloró de terror. Escucharon el sermón con una tranquilidad que descolocó por completo al forastero.

El reverendo paseó su mirada frenética por la multitud.

—¿Dónde están vuestros muertos? —exigió saber el hombre—. ¿Dónde están las fosas comunes? ¡Esta plaga no perdona a los impíos! ¡Vuestros rostros no muestran el castigo! ¡Tenéis niños sanos y mejillas sonrosadas! ¡Exijo saber por qué la ira de Dios no os ha consumido!

Abner se abrió paso entre la multitud. El anciano apoyó su peso en el bastón de fresno y se plantó frente al caballo del reverendo. No se quitó el sombrero.

—Enterramos a los que cayeron primero, reverendo —explicó Abner. Su voz sonó serena, desprovista de miedo—. Perdimos a muchos seres queridos. Pero la muerte se marchó de este lugar hace semanas.

El hombre del caballo negro enrojeció de furia.

—¡La muerte no se marcha por capricho! —bramó él. Señaló al anciano con un dedo acusador—. Se marcha con el arrepentimiento absoluto. Se marcha con el castigo de los pecadores. ¿Quién os ha absuelto? ¿Qué predicador del engaño os ha hecho creer que estáis a salvo?

Abner negó con la cabeza. Se giró hacia la izquierda y señaló a la pareja que observaba desde el linde de la plaza.

—No nos salvó ningún predicador —afirmó el anciano—. Nos salvó el señor Holt y su esposa. Él nos trajo agua pura, leña y carne. Ella nos dio la medicina de la tierra. Hervimos las raíces y limpiamos el mal de nuestras entrañas.

El reverendo giró la cabeza. Sus ojos fanáticos se clavaron en Ephraim y Keziah.

El forastero evaluó la estampa en un segundo.

Vio al gigante cazador armado. Vio a la muchacha de belleza salvaje, sin cofia y con la mirada altiva.

Vio a la recién nacida en sus brazos. Notó la evidente malformación en el labio de la pequeña Feith.

Y, finalmente, vio a la cierva dócil que descansaba tras ellos, ajena al bullicio humano.

El rostro del reverendo se contorsionó en una mueca de puro horror.

—¡Demonios! —gritó el hombre. Su voz se quebró por la histeria—. ¡Esa criatura lleva la marca de la bestia en su rostro! ¡Esa mujer viste como una salvaje pagana y domina a las bestias del bosque oscuro!

El reverendo señaló a Keziah con el dedo tembloroso.

—¡Esto es un acto de brujería! —sentenció él a pleno pulmón—. ¡Habéis sobrevivido por un pacto impío! ¡Habéis vendido vuestras almas inmortales a cambio de la salud de vuestros cuerpos corruptos! ¡Esta aldea entera es un nido de herejes y adoradores de Satán!

Los dos guardias del reverendo amartillaron sus armas.

—¡Apresad a esa bruja! —ordenó el forastero—. ¡La juzgaremos ante el consejo y la quemaremos para purificar esta tierra maldita!

Los guardias azuzaron a sus caballos para avanzar hacia la casa de los Holt.

Ephraim no lo dudó un instante. Levantó el mosquete. Apuntó directamente al pecho del reverendo. El clic del percutor resonó en la plaza helada con la fuerza de un trueno.

—Dé un solo paso más —advirtió Ephraim. Su voz fue un rugido profundo y gutural—. Le juro por el Dios verdadero que no saldrá de este valle con vida. Toque a mi esposa y lo enterraré en esta misma nieve.

El reverendo tiró de las riendas de su caballo negro. El miedo cruzó sus ojos por una fracción de segundo, pero su fanatismo se impuso.

—¡Amenazas a un siervo del Altísimo! —gritó el clérigo—. ¡Arderás en las llamas eternas, asesino! ¡Pueblo de cobardes, apresad a estos monstruos o la excomunión caerá sobre todos vosotros!

El silencio envolvió la plaza de nuevo.

Pero esta vez, no fue un silencio de sumisión. Fue el silencio previo a una avalancha.

Abner alzó su bastón. Golpeó la madera contra la nieve pisoteada. El anciano avanzó y se interpuso en el camino de los caballos.

—Atrás —ordenó Abner.

Los guardias frenaron a sus monturas, desconcertados.

Martha, la anciana que había pelado nabos en la cocina de los Holt, salió de entre la multitud. Llevaba una horca de hierro en las manos. Se colocó junto a Abner.

—No tocarán a esa muchacha —afirmó Martha. Miró al reverendo con un desprecio absoluto—. Atrás he dicho.

El herrero del pueblo, un hombre de hombros anchos y rostro marcado por el fuego de la fragua, se unió a la línea de defensa.

Llevaba un martillo pesado en el puño. Detrás de él, avanzaron las madres que Keziah había curado.

Avanzaron los jóvenes que Ephraim había cargado en sus brazos.

Toda la aldea formó un muro humano e impenetrable frente a la cabaña de los Holt.

El reverendo abrió la boca, escandalizado.

—¡Estáis embrujados! —balbuceó el forastero—. ¡Defendéis a una sierva de Satán! ¡Os condenáis al fuego!

Abner dio un paso al frente. El anciano alzó la voz para que todos los presentes escucharan su veredicto.

—Keziah Holt nos salvó la vida —declaró Abner con una solemnidad inquebrantable—.

Dios no quiere que sus criaturas mueran en el sufrimiento y la miseria por culpa del agua podrida.

Dios nos entregó la razón. Dios nos entregó las raíces, los olmos y las hierbas de esta tierra para curarnos a nosotros mismos.

Y ella nos trajo ese conocimiento sagrado.

Martha apuntó con los dientes de su horca hacia el caballo del reverendo.

—Usted es el enviado del diablo, reverendo —escupió la mujer mayor—. Usted ensucia el mensaje de Dios con su odio, con su miedo y con su ceguera. Nosotros ya no tememos a sus sermones vacíos. Hemos visto la muerte verdadera y hemos visto la salvación en las manos de esa familia.

El herrero golpeó el mango de su martillo contra la palma de su mano.

—Lárguese de nuestro pueblo —amenazó el herrero—. Lárguese ahora mismo y no vuelva jamás. Si vemos a uno solo de sus inquisidores cruzar el límite del bosque, no tendrán tiempo de rezar antes de caer al suelo.

El murmullo de la multitud creció. Se transformó en un grito unánime.

Los aldeanos alzaron sus herramientas, sus palos y sus puños.

La ira de un pueblo que había despertado de su larga sumisión estalló contra el forastero.

Volaron los primeros trozos de hielo y nieve compacta.

Un proyectil golpeó el hombro del reverendo.

Otro impactó contra el flanco de su caballo negro.

El animal se encabritó con un relincho de pánico.

El forastero palideció. El terror absoluto se adueñó de su rostro al comprender que su poder eclesiástico no valía nada ante la lealtad feroz de aquella gente. Perdió el control de la montura.

—¡Malditos seáis! —alcanzó a gritar el reverendo mientras luchaba con las riendas—. ¡Malditos seáis todos!

Dio media vuelta al caballo. Espoleó los flancos del animal y huyó al galope hacia las puertas abiertas de la empalizada. Sus dos guardias lo siguieron de inmediato, aterrados por la multitud enfurecida. Desaparecieron en el camino nevado, tragados por la inmensidad del bosque invernal.

La aldea entera estalló en vítores. Los hombres bajaron sus herramientas y las mujeres se abrazaron. Habían expulsado a su propio miedo.

Keziah observó la escena desde el porche de su casa.

El corazón le latía con fuerza en el pecho.

No podía creer lo que acababa de presenciar.

Los puritanos, los mismos que un día representaron su mayor pesadilla, acababan de arriesgar sus propias vidas terrenales e inmortales para defenderla a ella y a su pequeña Feith.

Ephraim bajó el cañón de su mosquete. Su rostro reflejaba un alivio indescriptible.

Abner y Martha se giraron hacia ellos. El anciano inclinó la cabeza con respeto. La multitud entera guardó silencio y les dedicó sonrisas sinceras y cálidas. No hicieron falta más palabras. El pueblo había dictado su propia ley.

Ephraim soltó el arma. Se volvió hacia Keziah.

La tomó por la cintura y la atrajo hacia él. La abrazó con una fuerza que le robó el aliento. Keziah apoyó la mejilla contra el hombro del cazador y cerró los ojos. Sintió el calor de su cuerpo, la solidez de su promesa y el murmullo alegre de sus vecinos a pocos metros de distancia.

La pequeña Feith soltó un gorjeo feliz entre las mantas.

Ya no había huida. No había piras ardientes ni tribunales oscuros. Habían vencido a la muerte, al fanatismo y a su propio pasado. Keziah miró el bosque infinito que rodeaba la aldea. La naturaleza ya no era un refugio temporal ni un escondite desesperado.

Por fin, estaban en casa.