La extraña dama del oeste Capítulo 21
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Capítulo 21

La luz pálida del alba se filtró por las rendijas de las contraventanas de madera.

El viento había cesado por completo durante la madrugada.

Un silencio absoluto envolvía la cabaña aislada y el pueblo entero estaba bajo la nieve.

En el interior, el fuego de la chimenea era apenas un rescoldo rojo que latía entre las cenizas grises.

Ephraim abrió los ojos despacio.

No sintió el frío de la mañana. El calor lo envolvía por completo.

El brazo de Keziah descansaba sobre su pecho desnudo.

La pierna de la muchacha se enredaba con la de él bajo la manta.

La piel de la joven irradiaba una tibieza suave y constante contra el torso marcado del cazador. Ephraim respiró hondo.

La noche anterior había sido un incendio. Consumieron el deseo reprimido durante años con una urgencia que rozó la locura. No dejaron un solo rincón de su mutua desesperación sin explorar.

El puritano esperó el golpe implacable de la culpa. Esperó la voz estruendosa de su padre resonando en su cabeza, el miedo al fuego eterno y el peso aplastante del remordimiento por haber roto sus votos matrimoniales.

El golpe nunca llegó.

En su lugar, una paz inmensa y desconocida llenó su alma.

Ephraim miró el techo de madera de la cabaña.

Se sintió limpio. El acto de amar a Keziah no lo había condenado; lo había liberado de una prisión que él mismo ayudó a construir.

No había pecado en el amor puro. No había maldad en la entrega.

Comprendió al fin que el verdadero pecado fue renunciar a ella bajo la amenaza del látigo.

Un quejido débil rompió la quietud de la habitación.

La pequeña Feith se removió en la cama de la esquina. La niña agitó sus puños bajo la manta de retazos de colores. Tenía hambre.

Keziah suspiró contra el cuello de Ephraim. Abrió sus ojos celestes. El azul de su mirada atrapó la escasa luz del amanecer. Le dedicó una sonrisa lenta, suave, desprovista por completo del sarcasmo y la burla que usaba como armadura.

—Buenos días —susurró ella. Su voz sonó ronca y cálida.

—Buenos días, Kezzy —respondió él. Acarició su espalda desnuda con la palma de la mano.

La bebé soltó un llanto más agudo. Exigió su desayuno con la impaciencia de los recién nacidos.

Keziah se apartó de los brazos del cazador. Echó a un lado la manta y se puso de pie.

El aire helado de la mañana chocó contra su cuerpo, pero ella no se encogió.

Se irguió en toda su altura, completamente desnuda, en el centro de la habitación.

Su piel pálida brilló a contraluz de la ventana.

Su cabello oscuro caía en un enredo salvaje y hermoso sobre sus hombros y su espalda.

No hizo un solo gesto para cubrirse. Caminó por la estancia con la naturalidad de la primera mujer en el amanecer del mundo.

Ephraim no apartó la mirada.

En el bosque, días atrás, él giró el rostro con terror junto al arroyo. Cerró los ojos para no condenar su alma a las llamas del infierno. Se obligó a mirar hacia los árboles para no sucumbir a la lujuria de los hombres caídos.

Esta vez, el cazador no desvió la vista un solo milímetro.

Observó cada curva de su espalda, la firmeza de sus caderas, la longitud de sus piernas, la redondez de sus senos, el triángulo oscuro que cubría su pelvis.

No vio tentación, aunque sí deseo, ni la trampa del maligno ni el inicio del pecado.

Tenía ante sí, en cambio, la creación más perfecta de Dios.

Admiró la belleza fiera de la muchacha con una devoción casi sagrada.

Keziah caminó hacia la mesa de roble. Vertió un poco de la leche de cierva sobrante en un cuenco pequeño de madera.

Añadió el mucílago de olmo americano con movimientos precisos y expertos.

Acercó el recipiente a las brasas de la chimenea durante un par de minutos para quitarle el frío del hielo nocturno.

Luego, caminó hacia la cama de la esquina. Tomó a la pequeña Feith en sus brazos.

La joven regresó se sentó con las piernas cruzadas frente al cazador, sin vestigios de pudor.

Podía ver sus pliegues, su apertura y él también comenzó a despertar.

Ella acomodó a la niña contra su pecho. Mojó dos dedos en la leche tibia y espesa y dejó caer las gotas blancas con sumo cuidado sobre su propio pezón.

Feith buscó el pecho materno con la boca abierta. El instinto la guio hacia la piel cálida de la mujer. La niña encontró el alimento y succionó con fuerza, ajena al mundo, ajena a las malformaciones y a los prejuicios.

Keziah repitió el proceso con infinita paciencia. Gota a gota. La escena era íntima, silenciosa y desarmante.

Ephraim observó el rostro concentrado de la muchacha.

Una mujer a la que la pasada aldea entera llamaba hereje y criatura del averno alimentaba a la hija repudiada de la esposa cristiana.

El amor de Keziah no conocía los límites estrechos de la religión de los hombres.

Su compasión era más vasta que todas las escrituras que su padre recitaba de memoria.

El llanto de la niña cesó por completo. Feith volvió a dormirse en cuestión de minutos, saciada, tibia y segura contra el pecho de Keziah.

La joven limpió los restos de leche de su piel con un paño limpio de lino. Acomodó a la bebé a un lado, sobre la parte más suave de la manta y la cubrió bien para protegerla del frío.

Luego se volvió hacia Ephraim. Lo miró a los ojos.

El hombre extendió la mano. Rozó la mejilla de la muchacha. La piel de Keziah estaba fresca, pero su mirada ardía.

—Te amo —confesó Ephraim. Las palabras salieron de su boca con la fuerza de una verdad irrefutable—. Te he amado desde el primer día que saliste del bosque. Nunca dejé de hacerlo.

Keziah se inclinó hacia él. Apoyó una mano sobre el pecho ancho y musculoso del cazador. Sintió el latido fuerte y constante de su corazón bajo las costillas.

—Yo también te amo. Tal vez en algún momento quise odiarte, pero mis sentimientos permanecieron en mi interior desde el día que te vi —respondió ella. Su voz fue un susurro cargado de promesas.

Se miraron en silencio. El peso de los años perdidos flotó entre ellos por un instante, pero la oscuridad de la noche anterior lo había purgado todo.

Keziah acarició el rostro del muchacho. Trazó la línea de su mandíbula áspera por la barba de varios días.

—Pero el amor no basta en este mundo, Ephraim —continuó ella. La seriedad endureció sus facciones dulces. Sus ojos celestes lo atravesaron sin piedad—. Si quieres que esto sea real, debes dejar la culpa atrás.

El cazador no apartó la mirada. Escuchó cada palabra con atención plena.

—No puedes amarme de noche y pedir perdón por tus pecados de día —le advirtió Keziah—.

Tu remordimiento es un veneno lento. Si dejas que el fantasma de Charity viva en esta cabaña, nos destruirá a los tres.

Si dejas que la voz de tu padre siga dictando tus leyes en el fondo de tu mente, terminaremos odiándonos.

Y yo no quiero odiarte. Ya lo intenté y fracasé.

Ephraim tomó la mano de la muchacha y la besó en la palma.

—He dejado el remordimiento en las cenizas de ese fuego —afirmó él, señalando el hogar, mas se refería a otro fuego.

Al del deseo que los había consumido la noche anterior.

Su voz resonó gruesa y segura—. Ya no soy el hijo del reverendo.

Soy un hombre libre. Charity eligió su camino y nos abandonó a los dos a la muerte.

Mi promesa hacia ella murió en el instante en que rechazó a nuestra hija.

Ya no hay espacio en mi alma para la culpa.

Keziah soltó un suspiro largo. Sus hombros se relajaron.

—Entonces yo dejaré mi rencor —prometió ella.

La joven retiró la mano del rostro del hombre y la apoyó sobre la suya propia.

—Fuiste mi enemigo, Ephraim —confesó Keziah.

El dolor antiguo asomó a su voz por una última vez—.

Me repudiaste en la iglesia frente a toda la congregación.

Me rompiste el corazón cuando anunciaste tu matrimonio.

Pero esa herida ya quedó sanada demasiado tiempo atrás.

No escuece, no duele… a diferencia de las que tú llevas, esta ni siquiera ha dejado cicatriz.

A tu lado soy la misma mujer y a la vez, una mujer nueva.

Ephraim bajó la mirada por un segundo. El dolor de haberla lastimado era la única sombra que aún le escocía.

—Ahora eres mi amor —añadió ella. Lo obligó a levantar el rostro de nuevo—.

Eres el hombre que cargó a los enfermos.

Eres el hombre que arriesgó su vida por mí frente a Abner y los demás.

El muchacho asustado de dieciséis años murió bajo los latigazos.

Tú también eres el mismo y uno nuevo, eres el hombre que me salvó de la turba y me dio un hogar.

Keziah tomó ambas manos de Ephraim. Las apretó con fuerza entre las suyas.

—Si me aceptas más allá de la culpa, si me haces tu esposa, entonces seré la madre de Wunnie.

Ephraim sintió que el pecho se le ensanchaba. El aire se volvió ligero. Sonrió al escuchar llamar a su hija Wunnie, jamás se acostumbraría y, sin embargo, deseaba ponerse a prueba. Oír ese nombre de sus labios hasta el fin de sus días.

—No necesitamos una institución —declaró la muchacha con una convicción que hizo vibrar el aire frío de la cabaña—.

No necesitamos a un reverendo con el cuello almidonado que nos dé su bendición con palabras vacías.

Te tomo como esposo ante Dios. Porque Dios existe y todo lo ve.

Y Él ve la verdad absoluta de esta cabaña en este amanecer.

El cazador asintió con lentitud. Las palabras de Keziah resonaron en su interior como un salmo verdadero y sagrado.

—Quiero ser tu esposa —insistió ella. Sus ojos brillaron con lágrimas de emoción contenida—.

Quiero ser la madre de tu hija. Y quiero ser la madre de los hijos que vendrán después.

Los amo a los dos. Amo a esa niña como si hubiera salido de mi propio vientre.

Pero debes elegir. Forma una familia conmigo, con todas las consecuencias y a la vista del cielo, o déjame libre.

La propuesta de Keziah era más que una simple rendición al amor, se trataba de un pacto vital. Ella le exigía el valor definitivo. Le pedía que enterrara su pasado puritano y abrazara una fe basada en el amor libre y la elección consciente.

Ephraim no dudó una sola fracción de segundo.

—Te elijo a ti —dijo él.

Tiró de sus manos y la atrajo hacia su pecho. La abrazó con desesperación y alivio. Keziah apoyó la cabeza contra su clavícula. Sintió la fuerza de sus brazos inmensos rodeándola, protegiéndola del mundo entero.

—Eres mi esposa, Keziah Brewster —juró Ephraim. Su voz tembló por la magnitud de su propia promesa—. Eres la madre de Feith. Eres mi hogar y mi única verdad. No habrá más culpa en mis días. No habrá más remordimientos en mis noches. Solo nosotros tres. Juntos contra cualquier invierno.

El hombre alzó el rostro de la muchacha.

El beso que selló la promesa fue muy distinto al de la noche anterior.

No hubo urgencia salvaje. No hubo desesperación ni furia acumulada.

Fue un beso lento, profundo, cargado de una devoción eterna y de un amor inquebrantable.

Se besaron con la solemnidad de un rito sagrado.

El contacto de sus labios borró el pasado y trazó el inicio de su nueva vida.

El sol de la mañana despuntó por fin por encima de las montañas nevadas. La luz dorada inundó la habitación de madera y bañó los cuerpos desnudos de los amantes y el rostro plácido de la niña dormida a su lado.

Ya no había un cazador temeroso ni una bruja proscrita.

Solo había un hombre, una mujer y una hija.

Una familia nacida de las cenizas del fanatismo, dispuesta a prosperar en la tierra indómita de la frontera, amparada por un Dios que habitaba en el corazón de los valientes y en la fuerza invencible del amor.