Capítulo 20 #3
Le habían dicho que debía yacer a oscuras, siempre vestidos con sus prendas de noche.
Que debía tocar lo menos posible a su esposa y limitar el placer del acto.
Charity incluso había aceptado ese dolor como algo bueno, significaba que no era impura, que se sometía a su esposo y punto, sin caer en las tentaciones del maligno.
Pero cuando vio el dolor en Kaziah, su mundo de creencias se desmoronó. Prefería contener su deseo que volver a profanarla.
Sin embargo, hacia el final los dos gozaron. Estaba confundido.
—Supongo que los dos debemos aprender —le dijo ella.
—¿Cómo?
—Escuchando a nuestros cuerpos y nuestras mentes, en lugar de las voces de otros.
—Mmm, lo dudo.
—¿Por qué? Ya has reconocido que soy más lista que tú, tontuelo. —Keziah lo hizo rodar sobre la alfombra de piel y se montó sobre él. La mirada de Ephraim se oscureció por el deseo.
—Porque no sabes lo que está en mi mente ni lo que quiere mi cuerpo. Te espantaría, pensarías que yo soy el demonio.
Keziah carcajeó, se inclinó sobre él y la cascada negra de cabello, que había por fin lavado esa tarde, cayó sedosa sobre él. Ephraim la llevó a su nariz, olía a ella, a esa esencia que lo volvía loco.
—Cuéntame —pidió. La voz le sonó sedosa por el deseo.
—Quiero verte desnuda, como cuando te bañaste en el río.
—Bien.
Ella empezó a desvestirse para él, lo hizo con movimientos lentos.
—Kezzy… —la detuvo.
—Me gustó que me vieras. Cuando supe que tus ojos estaban en mí, me sentí poderosa. Deseé que me tomaras en ese momento, Ephraim.
—No sabes lo que pides, mujer.
—Me parece que sí lo sé. Tú escucha tu deseo que yo oiré el mío, y mi cuerpo y mi mente me dicen que ansían que me halles bella.
—Eres la encarnación de la belleza, Keziah.
Ella terminó de desvestirse y regresó a horcajadas sobre él, Ephraim comenzó a acariciarla. Subió con sus manos hasta acunar sus senos, rozó sus pezones con las yemas de sus pulgares y ella le respondió meciéndose sobre su pene duro.
—Necesito que te quites esto —pidió ella—. Solo el roce de tu piel me provoca placer.
Ephraim la complació, desabrochó los botones de su pantalón y movió las caderas para bajarlos por sus piernas. Como no llevaba las botas, pudo deshacerse de ellos sin más complicaciones. Keziah tiró de su camisa también, hasta que él la igualó en desnudez.
Una vez así, ella se meció sobre él y la fricción de su pene en su entrada la hizo gemir de placer.
Ephraim estaba hipnotizado por el movimiento de ella, por el modo salvaje en que lo cabalgaba. ¿Quién demonios lo quiso convencer de que las mujeres debían ser sumisas, yacer inmóviles bajo el hombre? Su Keziah era su hechicera personal y, si era un embrujo, no quería que la magia terminara jamás.
—Ephraim… —Ella se detuvo y dejó caer su peso sobre las manos, las cuales estaban apoyadas en sus pectorales. Los senos pendieron y su cabellera volvió a deslizarse hasta acariciar la piel del hombre—. ¿Te estás quedando quieto por miedo a herirme o porque esto no te está gustando?
—Me está gustando —prometió él—. Demasiado.
—Entonces es por miedo a herirme. —Él apretó la mandíbula y Keziah rio—.
Oh, entiendo. Por miedo a asustarme. —Se inclinó más sobre él, hasta que sus senos rozaron el pecho masculino.
Ephraim sintió el roce de sus pezones enhiestos sobre la piel y su pelvis se movió por instinto, buscando penetrarla.
La deseaba tanto que dolía, era una deliciosa tortura.
—Dime, cazador… confiesa, ¿qué quieres hacerme?, ¿qué es eso tan pecaminoso que temes que nos arrastre al infierno?
Él se resistió a confesar. Terco, atormentado; ella volvió al juego del desafío. Le pasó la lengua por los labios cerrados, que se negaban a proclamar sus anhelos. Se rozó sobre la punta de su pene y gimió de goce cuando el calor de él acarició el punto sensible y húmedo que la hacía estremecer.
—Confiesa o seré yo quien te lleve a la hoguera.
—Por favor, ten piedad —rogó. Temía que su simiente escapara de él sin que estuviera en el interior de ella. Eso también era un pecado, ¿o no? Su cabeza era un enredo entre viejas las doctrinas y las nuevas.
—La tortura es compartida, pero pretendo ser fuerte, Ephraim.
Quiero que entiendas que conmigo no tienes nada de qué avergonzarte.
Eres incapaz de tener un verdadero pensamiento impuro.
—Depositó suaves besos en su nariz, en sus pómulos, en sus labios—.
Eres bueno, eres noble y eres mi hombre, y quiero saber qué deseas de mí.
Él cerró los ojos un instante y quebró su voluntad.
—Deseo saborearte.
Keziah tardó en comprender a qué se refería. Él abrió los ojos, le cogió el rostro con las manos.
—Es tu perfume de mujer, Keziah, es tu olor, tu sabor… me está volviendo loco. Cuando estás húmeda, cómo ahora, es algo más intenso y me llama como la miel. ¿Lo ves?, ¿lo entiendes ahora? Algunas reglas puritanas existen para controlar a las bestias que llevamos dentro.
—Cualquier cosa que digan esas reglas puritanas no tendrán lugar en esta casa —clamó Keziah, con seriedad—. Si saborearme es lo que deseas, si eso pide tu cuerpo y tu mente, entonces, eso harás.
Su decreto lo hizo vibrar. Ella le sonrió para apartar el enfado y quitar la seriedad del asunto.
—Pero tendrás que explicarme cómo, porque no creo que haya entendido muy bien. Y procura no morder fuerte.
Ephraim rio, la idea de morderla le causó gracia.
—No quiero morderte, Kezzy.
La hizo girar y la instó a tenderse sobre la manta de piel. Él tampoco sabía cómo quería saborearla ni si era posible esa imagen erótica que se formaba en su mente. Solo era consciente del hambre que latía en la punta de su lengua.
La besó en los labios. Probó pasar su lengua por la piel del cuello, allí donde el pulso latía.
Keziah se estremeció de placer y eso lo animó a seguir.
Hizo lo mismo en sus senos. Ya los había saboreado en la sacristía, fue en ese instante cuando se formó en su cabeza la idea de que era deliciosa, de que debía probar cada rincón.
Cerró los ojos, se dejó guiar por el instinto como cuando cazaba. Bajó por su vientre, se detuvo en su ombligo. Keziah soltaba unos suaves sonidos de placer, lo animaba a seguir.
Por fin llegó a su centro, el sitio en que su perfume era más intenso y lo tentaba, le abría el apetito. Quería saborear esa miel que ella producía cuando él la tocaba, la miel más dulce.
La abrió con suavidad y a Keziah se le cortó la respiración. El tiempo se ralentizó a su alrededor, se detuvo en ese instante de vacilación.
Y entonces Ephraim pasó la lengua y recogió con ella la humedad de Keziah. El placer fue tan intenso para los dos, que el gruñido de él se mezcló con el grito de gloria de ella.
—¿Keziah? —dudó él.
—Por favor, hazlo de nuevo —rogó ella. Ephraim la complació y pasó la lengua una vez más. Y otra, y otra.
Era algo torpe, demasiado ansioso, demasiado hambriento…
Pero también era un gran alumno y aprendía de las formas en que Keziah respondía.
Descubrió que el botón era sensible y que si se concentraba allí, la muchacha se tensaba y arqueaba hacia él, obsequiándole más de sí. Más humedad, más gemidos, más placer.
Fue al verla así que sintió el impulso de explorar más, de sentir con su dedo ese hermoso canal que le había dado la bienvenida en la sacristía. Temió herirla, parecía tan pequeña… Tanteó con cautela cuán hondo podía ir.
Llegó al fondo. Su lengua rozó el botón sensible y su dedo tocó el sitio recóndito en el interior femenino.
Keziah explotó en un grito de gloria y él sintió como su pene vibraba de placer ante el espectáculo.
—Eres tan hermosa, Keziah. Eres tan hermosa y deliciosa y… mía. Di que eres mía.
—Soy tuya, cazador. Soy solo tuya, Ephraim Holt.
Él se acomodó entre sus piernas abiertas, sintiéndose poderoso y menos temeroso de su placer… habiendo aprendido lo que Keziah le había enseñado, que Dios los hizo compatibles y que no había nada que reprimir en la naturaleza de esa unión, se introdujo en ella lentamente.
No huno vestigios de dolor. Solo placer, un goce ardiente que lo llevó a la cima. Se derramó en ella y la proclamó su mujer.