Capítulo 20 #2
La pequeña Feith dormía en la cama de la esquina, arropada bajo la gruesa manta de retazos. El mucílago de olmo y la leche la mantenían saciada y tranquila.
Ephraim estaba sentado en una de las sillas frente al fuego.
Sus codos descansaban sobre las rodillas y sus manos sostenían su cabeza.
La luz de las llamas proyectaba sombras largas y vacilantes sobre su rostro.
Se había quitado la pesada chaqueta de cuero, revelando la camisa de lino que un vecino le había donado.
Keziah la había lavado y remendado esa misma tarde tras haber hallado aguja e hilo en un cajón.
Los vecinos les habían obsequiado prendas viejas y se abstuvieron una vez más de preguntar por cómo habían llegado allí, con una bebé y sin más que lo puesto.
Los ropajes se agradecían, pero no más que ese silencio que ahogaba la peligrosa curiosidad.
Como fuera, habían conseguido al fin bañarse y sentirse limpios. Ahora también satisfechos.
Aun así, la tensión en la habitación era tan densa que podía cortarse con el cuchillo de caza.
Keziah terminó de limpiar la mesa y se secó las manos en la tela de su falda.
Observó la espalda ancha del cazador. Sabía perfectamente qué atormentaba su mente.
El alivio de haber encontrado un hogar había dado paso a la realidad de la noche, al silencio compartido y a la cercanía de sus cuerpos en un espacio cerrado.
Ephraim levantó la vista de las llamas. No se giró, pero su voz ronca rompió la quietud del cuarto.
—Sigo casado, Keziah.
La confesión cayó pesada sobre las tablas del suelo. Pareció decirlo más como un recordatorio para sí mismo que para ella. Un muro que el puritano intentaba levantar a la desesperada para protegerse de su deseo.
La muchacha no retrocedió. Caminó con pasos lentos y silenciosos hasta detenerse detrás de la silla del joven.
—Lo sé —respondió ella. Su tono fue suave, carente de la ironía que solía usar como escudo.
Ephraim cerró los ojos con fuerza. Apretó las manos hasta que los nudillos se volvieron blancos.
—Pronuncié mis votos ante Dios. Juré fidelidad a Charity.
Mi alma está atada a ese juramento, aunque ella nos haya dado la espalda.
—El cazador tragó saliva. La nuez le tembló en la garganta—.
Es mi condena. Y sin embargo... te miro, te tengo cerca, y muero de deseo por ti.
Es un tormento insoportable. Soy un hombre roto y un pecador.
El silencio volvió a adueñarse de la cabaña. Solo el chasquido de un leño al partirse en el fuego interrumpió la quietud.
Keziah rodeó la silla. Se colocó justo frente a él. La luz anaranjada de la lumbre iluminó sus ojos celestes, encendiendo en ellos un fuego mucho más antiguo y peligroso que el de la chimenea. No había recato en su postura. No había sumisión.
—Tal vez sí sea una bruja después de todo, Ephraim —dijo ella con una calma absoluta.
El cazador alzó el rostro. La confusión arrugó su frente.
Ella acortó la distancia, deteniéndose a un palmo de sus rodillas.
—Tal vez lo sea —continuó Keziah, se arrodilló ante él—. Porque quiero tentarte. Porque quiero que seas mío como debiste serlo siempre.
Ephraim frunció el ceño. El corazón le dio un vuelco en el pecho.
—¿A qué te refieres cuando dices que siempre debí ser tuyo? —preguntó él. La voz le falló en la garganta.
Keziah no apartó la mirada. Extendió una mano y rozó con las yemas de los dedos la tela de lino que cubría el hombro del muchacho.
—Escuché tus palabras en sueños, la noche de la fiebre —confesó ella. El tacto de su mano descendió por el brazo del cazador, lento, quemando a través de la tela—. Sé que me reclamaste como tu esposa antes que a Charity.
Ephraim dejó de respirar. El pánico lo paralizó por un segundo. El secreto que había guardado bajo llave, el sentimiento que le costó su propia sangre estaba ahora expuesto bajo la luz de la luna.
—Sé que tu padre te golpeó —añadió Keziah. Su voz tembló por primera vez, cargada de un dolor antiguo y compartido—. Sé que él lo impidió. Te azotó hasta que no pudiste más. Vi tus cicatrices, Ephraim. Vi la marca de su látigo en tu espalda.
El hombre bajó la mirada. La vergüenza lo inundó de golpe.
—Fui débil —masculló él. Una lágrima amarga de pura frustración asomó a sus ojos oscuros—. No pude soportarlo, mi mente se quebró. Me convenció de que eras obra del maligno y renuncié a ti por cobardía. Ese tal vez haya sido mi primer pecado, mi debilidad.
Keziah llevó ambas manos al rostro del muchacho y lo obligó a mirarla. Sus pulgares acariciaron las lágrimas contenidas en los ojos del gigante.
—No fuiste un cobarde —sentenció ella con fiereza—. Eras un muchacho a solas contra todo un pueblo. Te torturaron. Te obligaron a renunciar a tu propio corazón para salvar tu vida.
Ephraim la miró. Buscó desprecio en su rostro, buscó el rechazo que creía merecer por haberla abandonado años atrás, pero solo encontró una devoción absoluta.
—Siempre debiste ser mío, Ephraim Holt —susurró Keziah. Sus rostros estaban tan cerca que compartían el mismo aliento—. Y ahora no quiero renunciar a ti. No dejaré que el fantasma de tu padre ni unos votos vacíos te alejen de mí de nuevo. Yo también te deseo, Ephraim.
La culpa puritana, el yugo de hierro que lo había mantenido prisionero durante dos largos años, se partió en mil pedazos.
La verdad desnuda en los labios de la mujer arrasó con cualquier excusa teológica. Ella lo sabía. Sabía su vergüenza, su dolor, su sacrificio inútil, y aun así lo reclamaba. Lo amaba con la misma intensidad brutal y salvaje con la que él la deseaba.
Ephraim soltó un gruñido ronco desde lo más profundo de su pecho.
Levantó las manos y atrapó el rostro de Keziah. No hubo más palabras. No había espacio para la culpa en esa habitación. Se inclinó hacia adelante y devoró su boca.
El beso fue una explosión de hambre contenida.
Fue la furia de dos años de distancia, la desesperación del látigo y el frío de la frontera fundiéndose en un solo choque.
Keziah abrió los labios y lo recibió con un ardor que le erizó la piel.
Sus lenguas se encontraron en una danza fiera, urgente, sin pedir permiso ni perdón.
Ephraim se puso en pie de un salto. Tiró de ella hacia arriba, obligándola a levantarse.
Sus brazos enormes rodearon la cintura esbelta de la joven y la apretaron contra su cuerpo con una fuerza posesiva.
Ella soltó un gemido bajo que vibró contra la boca del cazador.
Enredó las manos en el cabello oscuro de él, aferrándose a su nuca como si fuera el único ancla en el mundo entero.
Él retrocedió a trompicones sin romper el beso. Su espalda chocó contra la pared de troncos de la cabaña, pero no le importó. Sus manos grandes y callosas bajaron por la espalda de Keziah. Recorrieron la curva de su cintura y se aferraron a sus caderas, levantándola ligeramente del suelo.
Keziah jadeó cuando los labios de él abandonaron su boca y descendieron por su mandíbula. Ephraim besó la piel pálida de su cuello. Hundió el rostro en el hueco de su clavícula, aspirando el olor a bosque, a humo y a mujer.
—Kezzy... —murmuró él contra su piel. La voz le temblaba de pura necesidad.
Ella deslizó las manos por el pecho ancho del muchacho.
Sus dedos buscaron los cordones de la camisa de lino.
Tiró de ellos con torpeza y urgencia, deshaciendo los nudos a tirones.
El contacto de las manos frías de la muchacha contra el pecho ardiente y desnudo del hombre arrancó un estremecimiento violento de Ephraim.
Él atrapó los bordes de la casaca de lana de ella y la deslizó por sus hombros, dejándola caer al suelo de madera.
La distancia entre ellos era insoportable. Las ropas se convirtieron en un estorbo.
Ephraim la tomó en brazos con la facilidad con la que alzaba su mosquete.
Keziah rodeó su cintura con las piernas, apretándose contra la evidencia innegable de su deseo.
La falda y las enaguas molestaban, quería arrancarse la tela de su cuerpo, entregarse desnuda como la pagana que era.
El cazador caminó hacia la gruesa alfombra de piel que descansaba frente al hogar de piedra, lejos de la cama donde dormía la niña.
Se dejaron caer juntos sobre la piel oscura. La luz de las llamas doró sus rostros y reflejó el brillo febril en sus miradas.
Ephraim se cernió sobre ella. Apoyó el peso en sus brazos para no aplastarla, pero la mantuvo prisionera bajo su cuerpo.
La miró a los ojos celestes. Ya no había dudas.
Ya no había miedo a Dios. Solo existía esa mujer, el calor del fuego y la promesa de una redención que no se encontraba en ninguna iglesia.
Keziah alzó una mano y trazó la línea de los labios del cazador. Le sonrió con una mezcla de ternura y fuego.
Él volvió a besarla, esta vez con una lentitud deliberada y embriagadora. Sus manos buscaron los cordones del corpiño de la joven. Las sombras de la cabaña se cerraron sobre ellos, ocultando el mundo exterior y dejando que el deseo reclamara, por fin, todo lo que siempre le había pertenecido.
—Kezzy, no quiero herirte otra vez —le dijo Ephraim, demasiado ansioso por tomarla.
—No lo harás.
Él le sonrió y volvió a besarla.
—Sabes que sí, eres demasiado pequeña para mí. Demasiado delicada y yo…
Keziah le sonrió a su vez.
—¿Acaso dudas de la perfección de la creación de Dios?
—¡Kezzy! —la reprendió él por su herejía. Ella convirtió la risa en carcajada.
—Solo te recuerdo que estamos hechos para esto y que si hubo dolor fue porque los dos somos inexpertos. Yo porque nunca había estado con un hombre y tú…
Se silenció, le parecía que traer a colación su matrimonio y a Charity en esos momentos era profanar lo verdaderamente sagrado: lo mucho que se querían.
—Yo he sido aleccionado por los modos de mi fe —completó él.