La extraña dama del oeste Capítulo 20
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Capítulo 20

El traslado de sus bienes terrenales duró exactamente el tiempo que tardaron en abrocharse las casacas.

Ephraim miró a su alrededor en la pequeña cabaña aislada.

No había baúles de madera de roble, ni mantas de repuesto, ni vajilla de peltre que guardar.

Sus posesiones se reducían al cuchillo de caza de Keziah, el mosquete del que se había apropiado Ephraim, el morral con hierbas, una cantimplora de cuero y los pañales improvisados de Feith.

Keziah se colgó el morral al hombro. Sostuvo a la niña contra su pecho y miró al cazador.

—Tenemos tantas riquezas que necesitaremos un carruaje de cuatro caballos para la mudanza —bromeó ella. Una sonrisa luminosa asomó a su rostro.

La tensión oscura de los días anteriores había remitido.

La culpa de Ephraim no desapareció por completo, pero la promesa de un hogar y la aceptación del pueblo la empujaron hacia un rincón lejano de su mente.

Por primera vez desde que huyeron de su aldea natal, el muchacho soltó una carcajada limpia y libre de sombras.

—Demos gracias por no tener muebles pesados —respondió él—. Mi espalda no está para cargar armarios de caoba.

Salieron al porche. El sol brillaba en lo alto y la nieve comenzaba a derretirse en las ramas de los pinos. El aire era fresco, pero carecía de la crudeza de la tormenta.

Ephraim se acercó al poste para desatar a la cierva. El animal lo miró con sus grandes ojos oscuros. Plantó las pezuñas delanteras con firmeza en la nieve pisoteada y bajó la cabeza.

El cazador tiró de la cuerda. La cierva no se movió un milímetro.

—Vamos, bestia obstinada —pidió él. Tiró con un poco más de fuerza.

La cierva bufó. Echó el peso de su cuerpo hacia atrás y tensó la soga hasta que crujió.

Keziah observó la escena desde el escalón de madera. Feith dormía plácidamente en sus brazos.

—No la tratas con la delicadeza necesaria, Holt —opinó ella.

—Es un animal salvaje, no una dama de la alta sociedad de Boston. —Ephraim plantó las botas en el suelo y tiró con ambas manos—. ¡Camina, maldita sea! Tenemos una casa nueva esperándote.

La cierva dio un paso hacia atrás. Arrastró a Ephraim unos centímetros por la nieve resbaladiza.

—Parece una mula —se quejó el muchacho. Soltó un bufido de frustración—. En cuanto nos asentemos de verdad, conseguiré un caballo. Un buen semental fuerte para tirar de un carro y poder viajar rápido si es necesario.

Keziah bajó los escalones con cuidado. Negó con la cabeza.

—Un caballo es delicado y come demasiado grano —rebatió ella—. Prefiero una mula. Son más robustas, no enferman con facilidad y sirven tanto para arar la tierra dura como para viajar por los senderos de la montaña.

Ephraim volvió a tirar de la cuerda. La cierva dio un paso renuente hacia adelante.

—Las mulas son tercas —argumentó él—. No obedecen a razones. Te hacen la vida imposible solo por puro capricho. Si dices blanco, ellas dicen negro.

—¡Las mulas no hablan, Ephraim! —Keziah rio—. Pero entiendo tu ponto y por eso mismo me gustan. Tienen carácter. No se doblegan ante el primer grito de un hombre que se cree su dueño.

El cazador se detuvo en seco. Giró la cabeza y la miró con los ojos entrecerrados. La sonrisa regresó a sus labios de inmediato.

—Estás describiendo a la mula, ¿verdad? —preguntó él.

—Por supuesto. —Keziah alzó la barbilla con absoluta inocencia—. ¿A quién iba a describir si no?

Ephraim soltó una carcajada. El sonido resonó alegre en el prado nevado.

Retomó la marcha y, esta vez, la cierva decidió cooperar.

El animal caminó a regañadientes tras el hombre.

Los dos cervatillos surgieron de entre los árboles cercanos y siguieron a su madre desde las sombras, manteniendo una distancia prudencial, pero sin intención de abandonarla.

El grupo avanzó hacia el centro del pueblo. Las calles de la aldea mostraban signos de vida. Un par de mujeres barrían la nieve de sus porches, algunos hombres cortaban leña… Los saludaron con inclinaciones de cabeza a su paso. No había hostilidad, ni miedo, solo un respeto profundo y silencioso.

Llegaron a la casa del viejo Elias.

Estaba situada en un terreno amplio, cerca del linde oeste del asentamiento.

Era una construcción hermosa para los estándares de la frontera.

Los troncos estaban cortados a medida, encajados con perfección para evitar las corrientes de aire.

La chimenea no era de barro, sino de piedras de río sólidas y bien apiladas.

Ephraim empujó la puerta principal.

El interior olía a madera seca y a hierbas aromáticas.

Keziah la había limpiado sin saber que algún día sería suya, lo hizo por el bien de la higiene de la aldea.

Pues había sido recompensada. La luz entraba por dos ventanas amplias protegidas por postigos de madera sólida.

El cazador y la muchacha se quedaron mudos en el umbral.

Era un auténtico lujo.

En el centro de la estancia principal descansaba una mesa de roble macizo, robusta y bien cuidada, rodeada por cuatro sillas de respaldo alto.

El hogar de piedra dominaba la pared derecha, con espacio suficiente para colgar calderos y asar carne.

Pero lo que verdaderamente dejó a Keziah sin aliento fue la cama.

Estaba ubicada en un rincón cálido, provista de un colchón grueso de plumas.

Sobre ella descansaba una manta de retazos de colores vivos, tejida con esmero y paciencia.

—Mira esto —susurró Ephraim. Señaló hacia el fondo de la habitación.

Una escalera de madera firme ascendía hacia el techo. Keziah caminó hasta allí y miró hacia arriba. Había un entrepiso espacioso, iluminado por una pequeña claraboya.

—¡Dos habitaciones! —exclamó ella. Su voz desbordaba asombro—. Es un palacio. Mi padre construyó nuestra vieja cabaña entera en el espacio que ocupa este salón.

Ephraim asintió. Inspeccionó la solidez de las paredes.

—Abner no mintió —dijo él—. Elias era un hombre que sabía cuidar de sus cosas. Y hay más. He visto el pozo de agua comunal al cruzar la calle. Está a solo doscientos metros de nuestra puerta. Eso nos ahorrará horas de esfuerzo en invierno.

Keziah dejó a Feith sobre la cama de plumas. La manta de retazos amortiguó el peso de la niña, que soltó un suspiro de absoluta comodidad en sueños.

La joven acarició la tela colorida. Nunca había tenido algo tan hermoso y delicado entre sus manos. Siempre durmió bajo pieles ásperas o mantas de lana burda que picaban en la piel. Ese lujo sencillo la conmovió.

—Echaré un vistazo a la huerta —anunció ella. La emoción le aceleraba el pulso—. Necesito saber qué nos ha dejado la nieve.

Ephraim la siguió al exterior.

Caminaron hacia la parte trasera de la casa.

La huerta era un rectángulo amplio cercado por una valla de madera baja.

Tal y como advirtió el anciano, era un desastre absoluto.

Las malas hierbas habían crecido a sus anchas durante el otoño.

Los tallos secos se enredaban con las plantas útiles en una maraña caótica cubierta de nieve.

Pero la tierra bajo la capa blanca era oscura, suelta y rica.

—Ve a por Wunnie, que ha quedado sola —pidió Keziah.

Ephraim regresó al interior un instante y volvió con la niña en brazos. La sostuvo con la torpeza y el cuidado extremo de un padre primerizo, acunándola contra su pecho ancho.

Keziah no perdió el tiempo. Se arrodilló en la nieve. Apartó el hielo con las manos desnudas y escarbó en la tierra blanda. Conocía los ciclos de las plantas mejor que las escrituras sagradas. Sabía dónde buscar y qué desenterrar.

Tiró de unos tallos verdes que asomaban tímidamente.

—¡Aquí están! —celebró ella. Arrancó un puñado de tubérculos firmes y sucios de tierra—. Nabos de invierno. La helada los vuelve más dulces.

Siguió escarbando con entusiasmo. Sus uñas se llenaron de lodo oscuro, pero no le importó en absoluto. Avanzó un par de metros a gatas y desenterró un buen manojo de cebollas grandes y bulbosas. Las raíces estaban perfectas, protegidas del hielo por la profundidad de la siembra.

Ephraim la miró desde el porche trasero. El viento le revolvía el cabello oscuro.

—Esa tierra es muy fértil —observó él. Acomodó la manta alrededor de Feith—. Tendremos que ararla a fondo cuando llegue la primavera. Cortaré madera para construir un arado nuevo. Y compraré esa mula tuya para que tire de él.

Keziah se puso en pie. Sacudió la tierra de sus manos y recogió el botín de hortalizas en el pliegue de su vestido.

Se giró hacia él. Su rostro estaba enrojecido por el frío, manchado de lodo en una mejilla, pero sus ojos azules brillaban con una felicidad intensa.

—Aún nos quedan los huesos del venado que cazaste ayer —dijo ella. Avanzó hacia el porche con una sonrisa radiante—. Con estos nabos y estas cebollas, tenemos para hacer una sopa suculenta esta noche. Nos daremos un banquete.

Ephraim le devolvió la sonrisa.

El cazador bajó la vista hacia Feith, que dormía ajena a todo. Luego volvió a mirar a la muchacha cargada de verduras. El sol de la mañana iluminaba el pequeño cuadro doméstico. La cabaña cálida a sus espaldas, la tierra prometedora bajo sus pies, la comida asegurada para esa noche.

Por un instante perfecto y suspendido en el tiempo, Ephraim olvidó la plaga, los juicios y las hogueras. Olvidó las cicatrices de su espalda y el miedo que lo perseguía desde Massachusetts.

Se sintió completo. Se sintió en casa.

Y, mientras Keziah subía los escalones del porche y le mostraba las cebollas con orgullo, ambos olvidaron por completo que no eran verdaderamente marido, mujer y una hija.

El viento aullaba contra los troncos macizos de la cabaña. El invierno golpeaba las contraventanas de madera con ráfagas de hielo, pero en el interior, el hogar de piedra irradiaba un calor reconfortante.

La sopa de venado, nabos y cebollas había sido un verdadero banquete. Hacía semanas que ninguno de los dos probaba una comida tan abundante y caliente. Ahora, los cuencos de madera descansaban vacíos sobre la mesa de roble.