La extraña dama del oeste Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Y, sobre todo, le devolvían a su Ephraim la fe en Dios y en su creación, los hombres.

Keziah guardó el cuchillo en la vaina de su cinturón. Acomodó la manta alrededor de Feith.

Se puso de pie y caminó hacia la puerta. Deslizó la madera hacia un lado y salió al porche.

Ephraim se giró al oír el crujido de las bisagras.

La miró con reproche por desobedecer su orden de esconderse, pero la reprimenda murió en sus labios al ver la expresión de la muchacha.

No había desafío en su rostro. En cambio, se adivinaba una dignidad tranquila, una paz que él jamás le había visto.

Abner se quitó el sombrero de lana al verla salir. Los jóvenes imitaron el gesto en señal de profundo respeto.

—Señora Holt —saludó el anciano. Hizo una leve inclinación de cabeza—. Nos alegra verla con bien.

Keziah avanzó hasta quedar al lado de Ephraim. El calor del cuerpo del cazador la reconfortó en medio del aire helado.

—Hemos escuchado su oferta, señor —dijo ella. Su voz sonó firme, sin el sarcasmo habitual—. Y les damos las gracias por su generosidad.

Abner sonrió. Ofreció las llaves al cazador. Ephraim las tomó con lentitud, sintiendo el peso del hierro frío en su palma. Era el peso de un hogar.

—Un matrimonio tan joven y fuerte merece un techo en el que prosperar —afirmó el anciano—. Su marido se lo ha ganado proveyendo al hogar como corresponde. Ha cazado para nosotros y ha cargado con nuestras miserias sin pedir nada a cambio.

Abner volvió su mirada hacia Keziah. Sus ojos grises, sabios y cansados, la evaluaron con profundo respeto.

—Y usted, señora, ha probado ser una esposa devota —continuó el viejo—.

No huyó cuando la peste llamó a las puertas.

Nos curó con sus manos y su conocimiento.

Ha permanecido junto a su esposo en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza.

Es un ejemplo para las jóvenes de esta comunidad.

Ephraim sintió una punzada aguda en el corazón. Las palabras del anciano eran el eco exacto de los votos matrimoniales que él pronunció ante Charity. La ironía del destino era cruel. La aldea alababa la devoción de una esposa falsa, mientras su verdadera esposa lo había condenado a la muerte.

Keziah no apartó la mirada. Soportó el elogio sin inmutarse, aunque conocía el tormento que esas mismas palabras provocaban en el hombre a su lado.

Abner dio un paso más hacia el porche. Subió el primer escalón de madera. Su atención se desvió hacia el bulto de mantas que Keziah sostenía en los brazos.

—¿Puedo ver a la pequeña? —preguntó él. Su tono fue suave, casi reverencial.

Ephraim se tensó de inmediato. Su postura cambió; sus hombros se arquearon y adelantó un pie.

El instinto protector resurgió con violencia.

Sabía lo que la gente veía al mirar a Feith.

Sabía que la hendidura de su labio desataba los peores temores de los ignorantes.

Su propio padre la llamó bestia. Charity la apartó con asco.

Keziah notó la rigidez de Ephraim. Le rozó el brazo con el codo para pedirle calma. Ella tampoco confiaba del todo, pero sostuvo la mirada del anciano y asintió.

Apartó el borde de la manta de lana blanca.

El rostro de Feith quedó al descubierto. La niña estaba despierta. Sus ojos oscuros, idénticos a los de su padre, miraban el cielo gris con curiosidad. La hendidura de su labio superior era evidente, cruda, partiendo su pequeña boca en dos.

El silencio cayó sobre el grupo.

Los tres hombres jóvenes estiraron los cuellos para mirar, pero no dijeron nada.

Abner observó el rostro de la bebé. Sus arrugas no se contrajeron en una mueca de espanto. No buscó la marca de la liebre, ni la señal del demonio, ni pronunció oraciones de protección contra el mal de ojo.

El anciano extendió una mano temblorosa, curtida por décadas de trabajo en la tierra y el frío. Acercó un dedo grueso y calloso a la mejilla de la niña. Feith giró la cabeza y rozó el dedo áspero con su labio partido.

Ephraim contuvo el aliento. Apretó los puños. Si aquel hombre profería un solo insulto contra su hija, le rompería el cuello allí mismo. Le daba igual la casa, la deuda o la aldea.

Pero Abner no la insultó. Una sonrisa inmensa, dulce y llena de una ternura infinita, iluminó el rostro cansado del anciano.

—Es una criatura hermosa —susurró el hombre. Retiró la mano con delicadeza para no asustarla.

El anciano levantó la vista. Miró a Ephraim y luego a Keziah. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas, recordando a los nietos que él mismo acababa de enterrar bajo la nieve. Para él, cualquier vida nueva en medio de tanta muerte era un milagro absoluto.

—Bienvenida tú también, Feith Holt —dijo Abner. Su voz sonó fuerte, clara, bendiciendo su presencia ante todos.

Ephraim sintió que las piernas le fallaban.

La presión en su pecho se aflojó de golpe, liberando un peso que no sabía que lo estaba ahogando desde la noche del parto.

Miró a Keziah. La joven tenía los ojos empañados por las lágrimas.

Ella le devolvió la mirada con sus ojos celestes brillando de conmoción.

Lo habían logrado. Encontraron un lugar donde el fanatismo no gobernaba cada aspecto de la vida. Un lugar donde su hija no sería llamada demonio.

El cazador tragó el nudo que le cerraba la garganta.

—Gracias, Abner —dijo Ephraim. Su voz resonó gruesa, cargada de una gratitud abrumadora—. Aceptamos su oferta. Haremos de esa casa un hogar. Y cuidaremos de esta tierra.

—Nosotros somos los agradecidos, señor Holt —respondió el anciano. Se dio la vuelta y bajó el escalón del porche—. Tómense el día para recoger sus cosas. Los esperaremos en el pueblo.

Los hombres se alejaron por el prado nevado, desandando sus propios pasos.

Keziah y Ephraim se quedaron solos en el porche. El viento sopló de nuevo, pero ya no se sentía tan helado. El cazador miró las llaves de hierro en su mano. Luego miró a la mujer que sostenía a su hija, a la mujer que se había ganado el respeto de un pueblo entero sin renunciar a ser ella misma.

Habían encontrado un refugio. Ahora, solo faltaba descubrir si eran capaz de llamarlo hogar.