Capítulo 19
El crujido seco de las botas sobre la nieve congelada rompió el silencio de la madrugada.
Ephraim se puso en pie de un salto. El instinto lo arrancó del sueño antes incluso de abrir los ojos por completo. Caminó hacia la ventana de la cabaña con pasos sigilosos. Apartó apenas una pulgada la madera de la contraventana y miró hacia el exterior.
La luz del amanecer teñía la nieve de un tono azulado. Cuatro hombres avanzaban por el prado blanco, en dirección a la puerta de su refugio.
El cazador reconoció al líder del grupo.
Era Abner, uno de los hombres más ancianos del pueblo, quien apoyaba su peso en un bastón grueso de fresno.
Lo acompañaban tres hombres más jóvenes.
Caminaban en silencio, con los rostros envueltos en bufandas de lana y las manos ocultas en los bolsillos de sus abrigos.
No llevaban antorchas. No empuñaban armas a la vista.
Sin embargo, en la frontera, la muerte rara vez anunciaba sus intenciones.
Ephraim soltó la contraventana y se giró hacia el interior de la habitación.
Keziah ya estaba despierta, se sentó en el borde de la cama con la misma agitación que el hombre. Tenía el cabello oscuro revuelto y los ojos celestes muy abiertos, alerta ante la tensión repentina. La pequeña Feith dormía a su lado, envuelta en las mantas de lana.
—Vienen hacia aquí —anunció Ephraim. Su voz sonó baja, tensa como la cuerda de un arco—. Cuatro hombres. Abner los lidera.
Keziah apartó las mantas. Puso los pies descalzos sobre las tablas frías del suelo.
—Escóndete —ordenó él. Caminó hacia la cama y la tomó por los hombros—. Toma a Feith y métete bajo la cama. O detrás de los troncos de leña en el rincón. No hagas ningún ruido.
Ella se zafó de su agarre con un movimiento brusco y alzó la barbilla.
—No me esconderé bajo una cama como un animal asustado —replicó ella—. Si vienen a por nosotros, daremos la cara.
—No seas testaruda ahora. Te lo suplico.
Ephraim la miró a los ojos. El muro de severidad y rectitud puritana había desaparecido por completo de su rostro.
Keziah no vio al hijo del reverendo, ni al gigante cazador de los bosques, vio a un hombre aterrado.
Pero el terror no era por su propia vida.
El miedo oscuro y profundo que ensombrecía su mirada era exclusivamente por ella y su hija.
—No puedo permitir que os pase algo —rogó él. Su voz se quebró en la penúltima sílaba—. Por favor, Kezzy. Sois demasiado importantes. No lo soportaría.
Bajó la mirada, entra angustiado y culpable por el contenido de su declaración.
El apodo volvió a desarmar a Keziah, quien sintió un nudo apretado en la garganta.
La vulnerabilidad en los ojos de Ephraim era una herida abierta.
Él estaba dispuesto a salir allí fuera, a recibir el primer golpe, la primera puñalada o el primer insulto, solo para darles a ella y a la niña una oportunidad de sobrevivir.
Recordó cada herida en su espalda, cada latigazo y sintió que el estómago le daba un vuelco; pero también entendió lo que le pedía. Era capaz de soportar muchos golpes más, su cuerpo no era el problema, su corazón lo era.
La muchacha asintió con lentitud, cediendo ante la súplica.
—Está bien —aceptó ella. Le acarició el rostro con adoración.
Ephraim soltó un suspiro de alivio. Le devolvió el roce, tocó su mejilla con los nudillos durante una fracción de segundo y dio media vuelta. Caminó hacia la puerta. Deslizó el pasador de madera con cuidado y salió al frío de la mañana, cerrando la puerta a sus espaldas.
Keziah se quedó sola en la penumbra.
Tomó a Feith en sus brazos. La niña se removió, pero no despertó.
La joven caminó hacia el rincón más oscuro de la cabaña, detrás de la pila de leña.
Sin embargo, antes de agacharse, su mirada se cruzó con la mesa de madera.
Allí descansaba su cuchillo de caza. La hoja de acero brillaba con la escasa luz de la ventana.
Keziah estiró la mano libre y agarró la empuñadura de cuero.
Se acuclilló en las sombras, pero no apartó la vista de la puerta cerrada.
Apretó el cuchillo contra su regazo. El metal frío le transmitió una certeza repentina y arrolladora.
Una verdad que había intentado ignorar desde que salieron de la aldea maldita, pero que ahora, en el silencio de la espera, la golpeó con toda su fuerza.
Ya no le importaba salvarse sola.
Durante años, su única meta fue la supervivencia propia.
Sobrevivió al viaje desde el oeste. Sobrevivió al desprecio de las mujeres de la aldea.
Sobrevivió al invierno y a los prejuicios.
Pero en ese instante, oculta en la oscuridad mientras Ephraim se interponía entre ella y el peligro, comprendió que su instinto había cambiado para siempre.
Si esos hombres derribaban la puerta y mataban al cazador, ella no huiría por la ventana trasera. No correría hacia el bosque.
Ella saldría y pelearía. Clavaría ese cuchillo en el cuello del primer hombre que cruzara el umbral. Se salvarían los tres, o no se salvaría ninguno.
Keziah bajó la mirada hacia el rostro dormido de la bebé.
Luego miró hacia la puerta de roble. Se dio cuenta de que lo amaba.
Se había enamorado de ese hombre grande, terco y consumido por la culpa.
Amaba su fuerza, su bondad oculta… amaba la forma culposa en que la había tomado en la sacristía, y hasta su torpe manera de intentar protegerla de un mundo que él mismo temía.
Afuera, el viento sopló con fuerza.
Ephraim se plantó frente al porche de la cabaña. El aire helado le mordió el rostro, pero él mantuvo la espalda recta. Cruzó los brazos sobre el pecho ancho de su chaqueta de cuero.
Los cuatro hombres se detuvieron a diez pasos de distancia. La nieve crujió bajo sus botas.
—Señor Holt —saludó Abner. El anciano apoyó ambas manos sobre el pomo de su bastón—. Buenos días tenga usted.
Ephraim no devolvió el saludo de inmediato. Evaluó a los jóvenes que acompañaban al anciano. Parecían sanos. Habían recuperado el color en las mejillas. Sus posturas no eran amenazantes, pero en la frontera la confianza era un lujo escaso.
—Abner —respondió Ephraim—. ¿Qué os trae por aquí tan temprano? La nieve aún está alta.
El anciano asintió con lentitud. El vaho blanco escapó de su boca al hablar.
—El pueblo se levanta poco a poco, gracias a su labor. Los calderos de sopa negra y las raíces han obrado un verdadero milagro entre nuestra gente. La fiebre ha desaparecido de casi todas las casas.
—Me alegra oírlo —dijo el cazador. Su tono se mantuvo cauto—. Pero el frío no es bueno para los convalecientes. Deberíais estar junto al fuego.
Abner sonrió. Las arrugas de su rostro se profundizaron.
—Hemos venido a saldar una deuda, muchacho. Usted y su esposa arriesgaron sus vidas por nosotros. Cazó en la nieve profunda. Nos alimentó. Nos limpió cuando ni siquiera nosotros mismos podíamos soportar nuestra propia presencia.
—Cualquier hombre de fe habría hecho lo mismo —aseguró Ephraim, aunque su fe pendía de un hilo. No solo la que sentía hacia Dios, la cual empezaba a reinterpretar, sino también la fe en los hombres. Ya no estaba tan seguro de la bondad en la tierra.
—No, no lo habría hecho —lo corrigió el anciano—. Muchos huyeron ante la primera señal de sangre. Nos abandonaron a nuestra suerte. Ustedes se quedaron.
Abner dio un paso al frente. Los jóvenes se mantuvieron en su sitio.
—Esta cabaña en la que se refugian es un lugar frío —continuó Abner. Miró las paredes de madera agrietada—. El viento se cuela por el techo y la chimenea tira mal el humo. No es un lugar adecuado para criar a una recién nacida.
Ephraim tensó los músculos. El instinto lo preparó para un desalojo forzoso.
—Tenemos a la niña abrigada. No causamos molestias. Partiremos en cuanto los caminos sean seguros.
—No queremos que partan —interrumpió el anciano. Su voz sonó clara y firme en el aire matutino.
Ephraim frunció el ceño. La sorpresa lo desarmó por un segundo.
—La casa del viejo Elias está vacía —explicó Abner—.
Elias murió el segundo día de la plaga. Dios lo tenga en su gloria.
Era un buen hombre, pero ya era mayor y no tenía hijos ni familia que reclame su herencia.
La casa está en el centro de la aldea. Tiene paredes gruesas, un techo nuevo y un hogar de piedra que calienta como un horno.
Abner extendió la mano derecha. Llevaba un manojo de llaves pesadas de hierro.
—La huerta está descuidada, claro está —añadió el anciano—. Elias ya no tenía fuerzas para arrancar las malas hierbas en verano. Pero la tierra es fértil. La casa es sólida. Y nosotros hemos decidido que os pertenece.
Ephraim miró las llaves. Luego miró los rostros de los hombres jóvenes. Esperaba encontrar envidia o recelo en sus miradas, pero solo halló un profundo y sincero agradecimiento.
—¿Es su forma de pedirnos que nos quedemos? —comprendió el muchacho.
—Es nuestra forma de rogarles que formen parte de nosotros —corrigió Abner—. Una comunidad necesita hombres fuertes que no huyan ante la adversidad. Y necesitamos a una mujer que conozca la tierra y sus remedios.
En el interior de la cabaña, Keziah escuchó cada palabra.
Bajó el cuchillo de caza. La hoja de acero descansó sobre su muslo. Una sensación extraña, cálida y desconocida, le inundó el pecho.
Ella siempre creyó que todos los colonos estaban hechos del mismo barro. Pensaba que la ignorancia y el fanatismo eran los cimientos de cada aldea al este de las montañas. Los puritanos habían perseguido a los nativos que sí la habían hospedado. Su propia aldea los quiso muertos.
Pero estos hombres, golpeados por la muerte y la peste, no veían herejía en sus hierbas.
Veían salvación. Les entregaban una casa, les pedían que se quedara.
Comprobó, con una emoción que le empañó los ojos, que no todos los devotos estaban forjados en el mismo yunque.
Algunos entendían que la gracia de Dios se manifestaba a través de las manos manchadas de tierra.