La extraña dama del oeste Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Keziah sintió que la sangre se le helaba en las venas.

El cuchillo resbaló de sus dedos y golpeó la madera de la mesa.

Retrocedió un paso por instinto. Buscó con la mirada la puerta de la cabaña.

Si aquella mujer daba la voz de alarma, si la acusaba abiertamente frente a la aldea recién recuperada, Ephraim no podría salvarla. La turba los destrozaría a los dos.

Pero Martha no hizo amago de gritar. Apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó sus dedos nudosos.

—No te asustes, muchacha —continuó la anciana.

Su tono fue confidencial, casi maternal—.

He vivido lo suficiente para distinguir a las verdaderas siervas del Señor de las que solo repiten las palabras por miedo.

Tú no rezas de verdad. Te he observado estos días.

Miras las cruces como si fueran de madera podrida.

Crees en Dios, sí, pero en un Dios de la naturaleza, de las plantas, de las raíces.

No crees en uno humano que juega a sus caprichos con nosotros.

Keziah no le respondió, apretó los labios.

Temía que fuera una trampa. Los puritanos eran maestros en el arte de sonsacar confesiones para luego usarlas en los juicios.

Sin embargo, la expresión de la anciana no era hostil.

No había fanatismo en su rostro, solo el cansancio de quien ha visto demasiada muerte justificada en nombre de los cielos.

El sonido de un tumulto alegre provino de la calle.

Keziah desvió la mirada hacia la ventana escarchada de la cocina. Limpió el vaho del cristal con la palma de la mano.

Afuera, en el barro de la calle principal, Ephraim caminaba hacia la plaza. Arrastraba un trineo de ramas con un venado enorme sobre él. Los aldeanos lo rodeaban. Lo palmeaban en la espalda, le ofrecían reverencias. Él asentía con la cabeza, pero Keziah lo conocía demasiado bien.

Lo miró a través del cristal.

Era alto, varonil, ancho de hombros. Su cabello oscuro caía desordenado bajo la luz del sol invernal. Parecía un rey salvaje entre hombres diminutos. La fuerza de su cuerpo, la determinación de su rostro, todo en él destilaba una protección absoluta.

Keziah se mordió el labio inferior con fuerza.

Desde su posición en la ventana, pudo leer la tormenta en los ojos oscuros del cazador.

Vio la tensión en sus mandíbulas, la rigidez antinatural de sus hombros ante los elogios.

Lo azotaba la culpa. La devoraba por dentro.

Ephraim sonreía a los vecinos, pero sus ojos estaban vacíos de alegría.

Se sentía un pecador asqueroso por haberla tomado. Por haberla deseado.

La muchacha cerró los ojos y apoyó la frente contra el cristal frío.

Algo había cambiado en su propio corazón durante esos días de encierro y muerte.

Ya no era tan contraria a la fe de los colonos.

Ya no despreciaba las creencias del muchacho.

Se dio cuenta, al verlo cuidar de los enfermos, cargar leña y lavar ropas manchadas, de que la bondad de Ephraim no era a pesar de su religión.

Era a causa de ella. Su forma de ser solidario, su necesidad de proteger, su generosidad inagotable, nacían de esas mismas creencias cristianas.

Comprendió la gran diferencia. No había que mezclar al padre con el hijo. Increase Holt usaba la religión como un arma de poder, como un látigo para dominar mediante el terror. Ephraim, en cambio, usaba su fe para generar comunidad, para construir refugio, para dar esperanza.

Pero ese mismo sentido del deber, esa fe inquebrantable en lo sagrado, era el muro que los separaba para siempre.

Keziah sintió un nudo opresivo en la garganta. La bronca le quemó los ojos y las lágrimas amenazaron con desbordarse.

Él nunca iba a ser suyo. Jamás.

Podrían sobrevivir juntos al invierno. Podrían engañar a la aldea y fingir que eran marido y mujer ante los ojos de los hombres.

Pero, en el fondo, Ephraim Holt nunca se entregaría a ella por completo.

Para ese Dios que tanto veneraba y que guiaba su corazón generoso, el cazador había hecho un juramento ante otra mujer.

Estaba casado con Charity. La atadura sagrada era eterna a sus propios ojos.

La culpa terminaría por alejarlo. Él elegiría el castigo y la renuncia antes que vivir en el pecado constante.

—Es un buen muchacho —habló Martha a sus espaldas.

Keziah abrió los ojos. Las lágrimas nublaban su visión, pero se las secó rápido con el dorso de la mano.

La anciana había vuelto a pelar zanahorias. No la miraba, pero sabía exactamente lo que pasaba por la cabeza de la joven.

—Tiene el corazón de un león y la carga de un mártir —añadió la mujer—. Sea cual sea la mentira que os trae a este pueblo, niña, cuídalo. Los hombres así se rompen por dentro antes de pedir ayuda.

Keziah asintió en silencio. Regresó a la mesa y tomó el cuchillo. Troceó los nabos con una violencia que no sentía. La anciana guardó su secreto, y ella también, de nada valía confesar el tormento de su corazón.

Cortó las verduras y preparó el vinagre, decidida a trabajar hasta el agotamiento. Cualquier cosa era mejor que enfrentarse a la certeza dolorosa de que el amor de su vida pertenecía, por ley divina, a la mujer que lo había traicionado.