Capítulo 18
La nieve ahogaba el sonido de sus propios pasos.
Ephraim avanzó por el bosque con la lentitud de una sombra.
El frío de la mañana le escocía en las mejillas, pero el esfuerzo de abrirse camino a través de los ventisqueros le mantenía el cuerpo caliente.
Llevaba el pesado mosquete cargado y listo en las manos.
Sus ojos oscuros rastreaban las marcas frescas en la blancura del suelo. Un rastro claro de pezuñas hundidas.
Un venado grande.
Su mente, sin embargo, no estaba en la cacería.
Eso no le había pasado nunca.
Aunque no le agradaba infringir una herida mortal en un animal, lo sabía necesario. Era el ciclo de la vida, del polvo venimos y al polvo regresamos. Pero sí le gustaba la sensación, que su cerebro necesitara analizar la situación, trazar estrategias, acechar con más inteligencia que fuerza.
Los hombres no eran los animales más fuertes del reino por sus cuerpos, los cuales eran débiles. Muy débiles. Lo eran por sus mentes capaces de encontrar soluciones donde otras especies perecerían.
Como fue con Feith. Feith debió morir, la naturaleza así lo demandaba. En cambio, la razón no. El hombre iba más allá de los instintos: pensaba, amaba, cuidaba…
Pecaba.
El recuerdo de lo sucedido en la sacristía lo atormentaba con una persistencia cruel.
Sentía aún el calor de la boca de Keziah contra la suya.
Recordaba la urgencia de sus manos, la forma en que ella enredó las piernas alrededor de su cintura y la entrega absoluta de su cuerpo.
El deseo había estallado con una violencia que jamás creyó posible.
En aquel cuarto oscuro, acorralados contra la puerta de roble, él fue completamente suyo.
Y eso era un pecado imperdonable.
Ephraim apretó la mandíbula. La culpa le oprimía el pecho con más fuerza que la correa de su cuerno de pólvora. Era un hombre casado. Había pronunciado un juramento sagrado ante Dios y ante la congregación entera. Juró fidelidad a Charity, amarla y respetarla hasta el final de sus días.
«Ella abandonó a tu hija», le susurró una voz traicionera en su cabeza. «Ella la despreció y la dejó morir».
También a él. Lo abandonó y entregó a la furia del pueblo en lugar de permanecer a su lado como decían las Sagradas Escrituras.
Pero las justificaciones terrenales no aplacaban el tormento de su alma puritana.
El juramento no se basaba en el comportamiento de su esposa.
Se basaba en su propia palabra ante el Señor.
Romper ese vínculo, entregarse a la lujuria con otra mujer, lo convertía en un adúltero.
Su padre siempre le advirtió sobre la debilidad de la carne, y él había caído de lleno en la trampa en el momento exacto en que creyó ser libre.
Se detuvo tras el tronco de un gran abedul. Expulsó el aire en una nube de vaho blanco.
Quería a Keziah. La deseaba con una intensidad que le robaba la razón.
Pero cada vez que cerraba los ojos, el peso de su propia moral lo aplastaba.
Era un hipócrita. Había criticado el fanatismo de su aldea, se había levantado contra la tiranía de su padre y, aun así, no podía escapar de las leyes divinas que llevaba grabadas a fuego en el corazón.
Un leve chasquido de ramas rompió el silencio.
Ephraim abandonó sus pensamientos de golpe. El instinto del cazador tomó el control absoluto. Se asomó con suma cautela por el borde del abedul.
A unas cincuenta yardas, en un pequeño claro donde el viento había barrido la nieve, un ciervo de gran tamaño escarbaba la tierra en busca de liquen y raíces. Era un macho fuerte, de pelaje oscuro y cornamenta imponente. Tenía carne suficiente para alimentar a medio pueblo durante una semana.
El muchacho apoyó el cañón del mosquete que había cogido de uno de los difuntos de la aldea contra la corteza del árbol. Apuntó con pulso firme. No dudó, solo elevó los ojos al cielo en agradecimiento. Contuvo la respiración y apretó el gatillo.
El estruendo del disparo hizo temblar la nieve de las ramas. Una nube de humo gris y espeso bloqueó su visión por un instante.
Cuando el humo se disipó, el ciervo yacía inerte sobre el manto blanco. Fue un tiro limpio, directo al corazón. Una muerte sin sufrimiento.
Ephraim caminó hacia el animal caído. Sacó su cuchillo de caza y realizó el trabajo rudo con movimientos automáticos. Preparó unas ramas gruesas de pino a modo de trineo improvisado, ató las patas de la bestia con cuerdas de cuero y comenzó el arduo camino de regreso al asentamiento.
El sol estaba alto cuando cruzó las puertas abiertas de la empalizada.
El paisaje de la aldea había cambiado. La muerte ya no campaba a sus anchas por la calle principal.
El humo denso y blanco subía por las chimeneas de las cabañas.
La nieve derretida en los tejados caía en grandes goterones.
Los aldeanos, débiles pero vivos, comenzaban a asomarse a los porches de madera.
El ruido del trineo de ramas arrastrándose por el barro helado atrajo las miradas.
Un grupo de hombres y mujeres salió a su encuentro. Sus rostros estaban demacrados, pálidos y consumidos por la disentería, pero sus ojos brillaban con una luz nueva.
—¡Carne fresca! —exclamó un hombre mayor. Se apoyaba en un bastón grueso—. ¡El Señor sea loado!
Ephraim soltó las cuerdas del trineo. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano.
La gente rodeó al joven gigante. No lo miraban como a un forastero.
No buscaban herejías ni hacían preguntas incómodas sobre su procedencia.
Lo miraban con adoración. Él había acarreado el agua, limpiado los suelos sucios, mantenido el fuego vivo en la iglesia.
Y ahora, él traía el sustento que necesitaban para recuperar las fuerzas.
—Eres un salvador, muchacho —dijo una mujer de mediana edad. Se acercó a él con pasos temblorosos y le tocó el brazo de la chaqueta—. Has sido el brazo derecho de la Providencia. Dios te bendiga a ti y a tu virtuosa esposa.
Ephraim sintió que el estómago se le encogía.
—Lo asaremos esta noche en la plaza —anunció él. Su voz sonó más brusca de lo que pretendía—. Hay comida para todos. Organizaré las hogueras.
Trató de apartarse, pero las miradas de gratitud lo perseguían.
Lo veneraban. Lo consideraban un hombre justo, un líder enviado por los cielos en su hora más oscura.
Y él solo podía pensar en la mentira que vivía.
Aceptaba las alabanzas de esa gente mientras su alma cargaba con el pecado del adulterio.
Se sentía un fraude absoluto. Un cobarde incapaz de hacer frente a las reglas de su propio Dios y, al mismo tiempo, incapaz de renunciar a la mujer que amaba.
Escapó hacia la zona de las hogueras con la excusa del trabajo, deseando que el cansancio físico acallara de una vez por todas la tormenta de su conciencia.
***
Keziah sumergió las manos en el agua fría del balde. Limpió los restos de tierra de los nabos y las zanahorias arrugadas.
La cocina de la cabaña estaba caliente. El fuego del fogón crepitaba con alegría.
A su lado, sentada en una silla de madera tallada, una anciana de rostro surcado por mil arrugas pelaba las verduras con manos lentas pero precisas.
Su nombre era Martha. Había perdido a dos hijos y a un nieto durante los primeros días de la peste, antes de que Keziah y Ephraim llegaran a la aldea.
—Corta las raíces más pequeñas, niña —indicó la anciana. Señaló el cuenco de cerámica sobre la mesa—. Si no las metemos en vinagre hoy mismo, se pudrirán antes del próximo domingo. El hielo de la despensa se derritió durante la tormenta.
Keziah asintió en silencio. Tomó el cuchillo y acató la orden. Llevaba a Feith, o Wunnie, como seguía llamándola, anudada al pecho como había visto hacer a las mujeres de los pueblos originarios. Eso le permitía trabajar y no descuidar a la bebé.
Había pasado la mañana entera yendo de casa en casa.
Ayudó a las mujeres mayores y a las madres a organizar los escasos víveres que quedaban en las despensas tras los días de enfermedad.
Sin la fuerza necesaria para recolectar o preservar, muchas familias perderían sus cosechas de invierno.
Ella aportaba la energía que a ellos les faltaba.
Martha dejó el cuchillo sobre la mesa. Soltó un suspiro largo y tembloroso. Sus ojos grises se perdieron en las llamas del fogón.
—No lo entiendo —murmuró la anciana. Su voz era un crujido frágil—. Cincuenta años llevo viviendo en esta frontera. He visto inviernos donde la nieve tapaba las ventanas. He visto ataques de indios. Y ahora, esta plaga.
Keziah detuvo su labor. Miró a la mujer con respeto.
—Usted es fuerte, Martha —dijo la muchacha.
—Soy vieja —corrigió ella. Negó con la cabeza y una lágrima solitaria resbaló por su mejilla arrugada—.
Mi nieto Thomas tenía quince años. Fuerte como un roble.
Sano. Y la enfermedad se lo llevó en tres días.
Yo estuve a punto de morir, pero aquí sigo, pelando nabos.
No puedo creer haber sobrevivido cuando otros tan jóvenes no lo han logrado. No tiene sentido.
Keziah tragó saliva. Conocía muy bien la respuesta que esperaba una mujer de esa aldea. Conocía el guion de consuelo que los puritanos usaban para justificar las tragedias más crueles.
—Es la voluntad de Dios —respondió Keziah. Mantuvo el tono solemne y bajó la vista hacia las zanahorias—. Sus designios son inescrutables. Él sabe por qué hace las cosas, debemos aceptar su plan sin hacer preguntas.
Un silencio extraño llenó la cocina.
Keziah esperaba un «Amén» o un asentimiento devoto. En cambio, escuchó una risa. Fue una risa corta, ronca y cargada de una astucia inesperada.
La joven levantó la mirada de golpe. Martha la observaba con una media sonrisa en los labios. Los ojos grises de la anciana, antes nublados por el dolor, ahora brillaban con una lucidez aguda e incómoda.
—Niña, sé que eres una hereje —dijo la mujer con absoluta tranquilidad.