La extraña dama del oeste Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Uniremos ambas creencias —decidió Ephraim—.

Tomaremos su miedo y lo transformaremos.

Les probaremos que Dios se nos revela a todos a su propio modo.

Se revela en el saber antiguo de los indios mohicanos.

Se revela en la fuerza bruta de los pioneros.

Se revela en tus manos de bruja y en mi espalda de hombre.

Keziah dejó escapar un suspiro tembloroso.

—Cambiaremos las reglas desde adentro —prometió él—. Aquí. En este pueblo olvidado. Lo reconstruiremos juntos. Y te juro por mi vida, Kezzy, que entonces nunca más una mujer tendrá que temer por ser más lista que el resto de los hombres.

El silencio envolvió la sacristía.

Keziah lo miró. Vio las cicatrices en su cuello, vio la fuerza de sus hombros y la nobleza inquebrantable de su alma. Vio al muchacho que se dejó romper la espalda por amarla y al hombre que ahora estaba dispuesto a desafiar a toda una colonia para proteger su libertad.

Ya no había dudas. Ya no había sarcasmo, ni muros de orgullo entre los dos.

Ella avanzó el único paso que los separaba. Alzó las manos y aferró el cuello de la chaqueta de cuero del hombre. Tiró de él hacia abajo con urgencia.

Keziah lo besó con ardor.

Fue un choque violento, hambriento. También inocente. Su primer beso. Sus labios se encontraron con una desesperación acumulada durante años de rechazo y secretos. Ella abrió la boca bajo la de él, exigente, reclamando todo lo que el destino y los puritanos les habían robado.

Ephraim soltó un gruñido sordo en el fondo de la garganta. El instinto lo dominó por completo. Sus brazos enormes rodearon la cintura de la muchacha. La levantó del suelo en vilo y la apretó contra su cuerpo con una fuerza abrumadora. La aplastó contra la puerta de roble de la sacristía.

Él le devolvió el beso con una ferocidad salvaje.

Saboreó la sal de su sudor, el regusto a gualteriana y la dulzura inconfundible de su aliento.

Sus lenguas se enredaron en una danza primitiva.

Ephraim hundió una mano en el cabello negro y enredado de la joven.

Apretó los dedos contra su cuero cabelludo, desesperado por mantenerla anclada a él.

Keziah, que ya apenas llevaba enaguas, pues había sacrificado cada retazo en hacer paños, enredó las piernas alrededor de la cintura del cazador con apenas dos capas de tela de separación entre el cuerpo de él y el de ella.

Sintió la dureza del cuerpo de Ephraim, el calor abrasador que irradiaba a través del cuero y la lana.

Ella gimió contra su boca. Arañó la nuca del hombre, exigiendo más, entregándolo todo.

—Kezzy… —suspiró él. Los pies de ella volvieron al suelo, y él la atrapó contra la puerta.

Tiró de los lazos de la parte superior de su vestido y la camisa quedó sin sostén.

Con tanto hambre como el de su hija, desnudó los pechos de Keziah y se los llevó a la boca.

Succionó los pezones, los lamió, los proclamó por fin suyos.

La oyó gemir; el sonido de su placer fue melodioso en sus oídos.

La sacristía tenía una pequeña ventana a lo alto que dejaba pasar la luz del día, no había oscuridad ni recato.

Podía ver el cuerpo de la mujer, adorarlo como se merecía.

Sintió cómo su pene se endurecía, la punta sensible resultaba casi dolorosa contra la áspera tela de su pantalón.

Keziah pareció adivinarlo, porque buscó los botones que abrían la parte frontal y liberó su erección de la cárcel.

Ephraim sondeó la mirada azul de la muchacha.

—¿Kezzy? —preguntó. Parecía aterrada, ella tragó saliva y alzó sus ojos. Las mejillas se le colorearon.

Ephraim carcajeó, soltó una risa áspera y sensual, que ella cayó llevando su índice a la boca.

—Nos oirán.

—Es la primera vez que veo pudor en ti, hechicera.

Ella volvió a sonrojarse.

—No esperaba que fuera así, pero tiene sentido… supongo…

Ephraim la besó con más ternura, volvió a instarla a que lo rodeara con las piernas. Las faldas de ella, recogidas sobre su cadera, le cubrieron el pene y le hicieron olvidar a Keziah de la sorpresa ante la anatomía masculina.

Él buscó por debajo de las capas de tela la apertura de la ropa interior de ella. Al hacerlo, palpó la hendidura húmeda y descubrió que eso le provocaba placer a la muchacha. Volvió a acariciarla, a veces con torpeza y a veces con destreza.

Ephraim había estado casado, incluso fue capaz de engendrar una hermosa vida, pero en el terreno del placer era tan inexperto como Keziah.

Y debía reconocer que la idea de aprender juntos lo enardecía. Buscó la entrada con la punta de su pene y una corriente de gozo le recorrió la espina dorsal cuando su glande calzó en la hendidura femenina.

Keziah no sabía más que lo básico, lo que había visto hacer a los animales. Él había sido educado en otros preceptos. Cuando su naturaleza tomó el control y empujó, el dolor atravesó a Keziah y creyó que se partiría a la mitad.

—Ephraim… —soltó de manera ahogada. Él se quedó paralizado, enterrado en ella, tan muerto de deseo como de vergüenza por haberla herido.

—Lo siento, yo… yo pensé…

Ella cerró los ojos, una pequeña lágrima escapó de la comisura de su ojo izquierdo.

—Yo también lo pensé, era tan placentero hasta ese punto… lo deseaba tanto. Los nativos decían que había placer, pero supongo que tenían razón los puritanos…

Se mordió los labios. Ephraim se movió para intentar salir de dentro de ella sin herirla más. La cogió de las caderas y la elevó un poco, lo hizo lento, suave.

Cuando estaba a punto de abandonar el cuerpo de Keziah, los músculos de la muchacha se tensaron, como si quisiera retenerlo en su interior.

Era la naturaleza clamando su curso natural.

—Ephraim, vuele a hacerlo —ordenó ella.

—No, te haré daño.

—Creo que no, por favor, vuelve a intentarlo —pidió.

Ephraim estaba tenso, el miedo había aplacado su libido, pero no lo suficiente.

—Kezzy…

—Confía en mí.

Esos segundos de vacilación en él le habían dado el tiempo necesario a su cuerpo de adaptarse. En esa ocasión, el temor a herirla hizo que el muchacho se introdujera con una lentitud tortuosa, dispuesto a retirarse a la primera muestra de dolor.

Keziah se mordió los labios y sintió que el placer retornaba.

¡Los nativos tenían razón y no los malditos puritanos!

Sí había goce. Se mezclaba con una dosis de dolor, aún su canal estaba muy estrecho y Ephraim era demasiado grande, pero a cada segundo el dolor remitía más y más y el placer crecía en su interior.

Él la penetró hasta la empuñadura, la sostuvo contra la puerta y olvidó que detrás de esa capa de madera esperaba a por ellos un mundo que los mandaría a la hoguera si descubrían que se amaban de ese modo tan terrenal.

—Keziah…

—¿Sí?

—¿Te duele?

—Ya no —suspiró.

Él se atrevió a mover apenas las caderas y ella gimió. Ephraim decidió que debía abandonar su interior, interpretando mal el gemido.

—No me ha dolido, Ephraim, ha sido… —y entonces ella probó moverse, su posición le impedía hacerlo bien, solo pudo mover las caderas.

Fue el turno de él de gruñir. Luego rio, una risa de alivio.

—Entiendo, tu gemido no fue de dolor. —Se besaron y formaron dos sonrisas pegadas la una sobre la otra. Él apoyó la frente sobre la de ella y volvió a moverse.

Los dos gimieron a la par.

Sabían que no podían hacer más ruido o alertarían a los aldeanos. Unieron sus bocas para ahogar los sonidos de uno en los labios del otro y se prestaron al baile primitivo del placer.

Los senos de Keziah se balancearon en cada embiste, obsequiándole a Ephraim la visión más erótica de su vida. Él la recompensó con los movimientos suaves que había descubierto que le hacían cerrar los ojos de deleite.

No les llevó demasiado tiempo, el deseo reprimido se apoderó de ellos.

Keziah no tenía prejuicios, solo curiosidad, de su cuerpo y del de él.

Descubrió que su placer se incrementaba cuando la pelvis de Ephraim rozaba el botón sensible de su centro y no dudó en compartir su nuevo saber.

Él hizo lo mismo, le confesó que cuando llegaba hondo en ella el deleite lo volvía loco.

Y juntos hallaron el ritmo en el que los dos recibían del otro la más honda satisfacción.

—Ephraim… —advirtió ella cuando estaba al borde de la cima desconocida.

Él arremetió y la sintió deshacerse en sus brazos. Experimentar su orgasmo lo arrastró al propio y derramó su semilla en Keziah.

«Mi mujer».

En la nave de la iglesia, a escasos metros de distancia, los aldeanos sanados murmuraban sus oraciones temerosas y cantaban salmos al cielo.

Pero en la oscuridad de la sacristía, mientras se reacomodaban las ropas, Keziah y Ephraim daban fin a su propio ritual.

Uno basado en una fe de carne, sangre y rebeldía.

Se besaron, incapaces de saciarse, hasta quedarse sin aire.

Se besaron hasta que el miedo a las hogueras, a los juicios y a la peste se redujo a cenizas bajo el fuego infinito de su deseo.