La extraña dama del oeste Capítulo 17
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Capítulo 17

La iglesia de la aldea perdió su propósito sagrado para convertirse en un purgatorio terrenal.

Ephraim apartó los pesados bancos de roble hacia las paredes.

Despejó el centro de la nave de madera y encendió una hoguera enorme en el pasillo principal.

El humo escapaba por las ventanas altas, abiertas apenas una rendija para no dejar entrar la ventisca.

El lugar apestaba. La muerte tiene su perfume personal, pero el fuego al menos ofreció un refugio contra la nieve implacable del exterior.

Keziah no se detuvo un solo segundo. Salió a la nieve armada únicamente con su cuchillo y un saco de tela.

Escarbó bajo el manto blanco cerca de los linderos del bosque.

Su conocimiento de la tierra la guio hasta los arbustos espinosos que sobrevivían al invierno.

Extrajo raíces de zarzamora con las manos desnudas.

Luego buscó en las zonas más sombrías hasta encontrar las hojas perennes y los pequeños frutos rojos de la gualteriana.

Regresó a la iglesia con las manos enrojecidas por el hielo. No perdió el tiempo en quejas. Instaló su improvisada botica sobre la mesa del altar.

Machacó la raíz de zarzamora con fuerza.

—Esto cortará las hemorragias de sus estómagos —explicó ella—. Tiene la misma fuerza que la corteza de roble.

Preparó varios calderos de hierro sobre las llamas. En uno de ellos cocinó una sopa espesa de maíz. A esa mezcla amarillenta le añadió un ingrediente que escandalizó a los pocos aldeanos conscientes: carbón vegetal triturado.

—El carbón absorbe la inmundicia —sentenció Keziah ante las miradas de horror—. Entra en las tripas, atrapa el veneno de la disentería y lo arrastra fuera del cuerpo. Comed la sopa negra o morid de flujo de sangre. Vosotros elegís.

El miedo a la muerte superó al asco. Los enfermos engulleron la sopa oscura.

Pero la batalla principal se libró en el pozo. Keziah descubrió que la aldea entera bebía de un pozo cercano a las letrinas desbordadas. La infección provenía de allí. Prohibió beber una sola gota de agua cruda.

Ephraim acarreó baldes enteros de nieve, sería más segura, incluso mezclada con barro.

Keziah obligó a hervir cada cubo de agua hasta que borboteó con violencia.

Solo después de enfriarse permitía que los moribundos calmaran su sed.

El vapor constante convirtió la iglesia en un baño caliente, pero la deshidratación comenzó a frenarse.

Ephraim trabajó sin descanso. Cargó a los enfermos desde sus cabañas heladas hasta la nave del templo.

Soportó el hedor de las ropas manchadas.

Limpió los suelos, lavó los harapos de los niños y alimentó el fuego durante tres días y tres noches.

Su gran tamaño y su fuerza resultaron vitales.

Sin él, la mitad del pueblo habría muerto de frío en sus camas antes de probar las medicinas.

La pequeña Feith descansaba en una cesta improvisada cerca del altar. La leche de la cierva, hervida y rebajada con mucílago de olmo, la mantenía fuerte y ajena a la plaga que consumía a los adultos.

Al cuarto día, el milagro se hizo evidente.

La fiebre cedió en la mayoría de los aldeanos. Los rostros cadavéricos recuperaron un leve tono rosado. El flujo de sangre se detuvo gracias a las raíces de zarzamora y a la sopa de carbón. Algunos hombres y mujeres lograron ponerse en pie por sus propios medios.

Keziah estaba en el atrio, machacando más hojas de gualteriana para calmar los dolores musculares de los convalecientes. El aroma mentolado y dulce de la planta llenaba el aire.

De pronto, un murmullo colectivo resonó en el interior de la iglesia.

Keziah limpió sus manos en el delantal improvisado y se asomó a la puerta de la nave.

Ephraim había reunido a los aldeanos sanos en el centro del templo. Hombres, mujeres y niños se arrodillaron en círculo alrededor de las brasas. El cazador estaba de pie frente a ellos. Tenía las manos alzadas hacia el techo de madera. Su voz grave y resonante llenó el espacio.

—Oh, Señor Todopoderoso, te damos gracias por tu piedad infinita —entonó Ephraim con solemnidad—. Te damos gracias por enviar la salvación a este humilde pueblo. Bendice a estos tus siervos y aléjalos de la tentación del maligno.

Los aldeanos respondieron con un «Amén» ronco y devoto.

Keziah sintió que la sangre le hervía en las venas. El rojo de la furia le tiñó las mejillas. Apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.

Él volvía a hacerlo. Volvía a caer en la trampa.

Era lo que más había temido y quiso llorar de la bronca.

Él la despreciaría una vez más, se había permitido aceptar su deseo y anhelo en el salvajismo del bosque, pero una vez de regreso a la civilización, volvía a ser un puritano que despreciaba lo que ella era y adoraba a un Dios vengativo que en nada se parecía al del Nuevo Testamento.

Se refugiaba en los rezos vacíos, en la misma religión fanática que lo había azotado y que la había condenado a ella a la hoguera. Después de todo el esfuerzo, de todo el conocimiento volcado en salvar a esa gente ignorante, él le daba el crédito a un cielo invisible.

La muchacha cruzó el pasillo a zancadas. No respetó el recogimiento. Ignorando las miradas escandalizadas de los fieles, llegó hasta Ephraim, lo agarró por el brazo de cuero de su chaqueta y tiró de él con una fuerza salvaje.

—Ven conmigo. Ahora —exigió ella.

Ephraim no opuso resistencia, se dejó arrastrar. Keziah lo llevó a empujones hasta la pequeña sacristía de la iglesia. Cerró la puerta de roble de un portazo que hizo temblar los marcos.

La habitación estaba oscura y fría. Le dolía el corazón y odiaba admitirlo. Se había vuelto a ilusionar con él, como la tonta jovenzuela que lo vio por primera vez, y volvía a experimentar la decepción.

Quería llorar, pero mejor que llorar era gritar. La furia escondía el dolor, que la viera arder antes que llorar por él.

—¡Deja a ese Dios malentendido en paz! —estalló Keziah.

Su voz era un siseo furioso, cargado de decepción—.

¡No ha sido tu Dios quien los ha salvado!

¡He sido yo! ¡Han sido mis raíces, mi sopa negra y tu lomo roto acarreando agua!

¿Por qué vuelves a arrodillarte frente a ellos?

¿Por qué les das la razón a estos hipócritas?

Ephraim se mantuvo firme. No alzó la voz. Sus ojos oscuros brillaron en la penumbra de la sacristía con una calma aplastante.

—No lo hago por eso, Kezzy —respondió él. Dio un paso hacia ella.

—¡No me llames así! Eres igual que tu padre. En cuanto el peligro pasa, vuelves a esconderte detrás de la Biblia.

Ephraim levantó las manos. Atrapó los brazos de la muchacha. El agarre fue suave, pero lo bastante firme para detener su arrebato.

—Lo hago porque así te protejo —dijo él. Las palabras cayeron con un peso definitivo en la habitación.

Keziah se quedó quieta. Su respiración agitada chocó contra el pecho del cazador. Todo su mundo interior vibró. ¿Podía ser…?

—Digo que eres mi esposa —continuó Ephraim—. Digo que eres obra de Dios. Digo que el Señor guio tus manos cristianas para encontrar las raíces de zarzamora y la gualteriana en la nieve. Y así no te acusarán de brujería cuando recuperen las fuerzas.

La muchacha parpadeó. La ira se desvaneció un poco, reemplazada por la confusión y, sobre todo, la ilusión.

—Ellos han visto cómo hierves la corteza. Han visto a la cierva atada.

—Y precisamente por eso tienen miedo —le recordó él—.

Tienen miedo de lo que no comprenden. Saben que los has curado, pero en sus mentes enfermas, una curación sin rezos es un pacto con el diablo.

Si yo dirijo las oraciones, si yo los uno bajo el nombre de Dios y te presento como una esposa piadosa enviada por los cielos, nadie se atreverá a levantar un dedo contra ti.

Ephraim soltó sus brazos. Acarició las mejillas sucias de la joven con los nudillos. Su mirada se volvió profunda, cargada de una madurez que desbordaba sus veinte años.

—Ya no creo en el Dios de mi padre, Kezzy —confesó él. Su voz sonó ronca, íntima—. Mi padre adora a un tirano que castiga con látigos y fuego. Yo creo en Él de otra manera.

—¿De qué manera? —susurró ella.

—Creo que nos dio la razón no como parte del pecado original, sino como medio para saber el bien y el mal.

—Ephraim se acercó un poco más. Su aliento cálido rozó el rostro de la muchacha—.

Nos enseñan que pensar demasiado es caer en la tentación.

Nos dicen que las mujeres curiosas son presas de Satán.

Pero eso es una mentira de los hombres cobardes.

Keziah lo escuchó sin parpadear. El cazador de la frontera, el muchacho rudo de Massachusetts, acababa de formular la idea más revolucionaria que ella había escuchado en toda su vida.

—Creo que si piensas, si eres lista, y sí, eres mil veces más lista que yo, es porque Dios lo quiso así —afirmó Ephraim con devoción—.

Dios te hizo brillante. Dios quiere que sanemos.

Quiere que curemos a los enfermos. Quiere que erradiquemos el mal verdadero, que es la ignorancia y la peste.

Y eso no se puede hacer de rodillas sobre el suelo de una iglesia.

Se hace trabajando en el barro, hirviendo agua y machacando carbón.

Keziah sintió un nudo en la garganta.

—Si crees eso, ¿por qué les rezas ahora? —preguntó ella.

—Porque aún hay mucha superstición ahí fuera —respondió él.

Su rostro se ensombreció—. Los juicios de Salem fueron hace diez años, Keziah.

Diez miserables años. La sangre de los inocentes aún está fresca en la tierra de esta colonia.

La gente es ingenua y tiene miedo. Y yo no permitiré que te hieran.

No permitiré que te aten a un poste jamás.

El hombre alzó la barbilla. Su determinación era absoluta, forjada en la culpa de su pasado y en el amor de su presente.