Capítulo 17
El amanecer trajo consigo un silencio sepulcral.
El aullido fiero del viento había cesado poco antes del alba.
La tormenta de nieve descargó toda su furia sobre el valle durante la noche y dejó a su paso un mundo blanco, quieto y congelado.
La luz de la mañana se filtró por las rendijas de las contraventanas de madera.
Era una claridad fría, casi azulada, que iluminó el polvo en suspensión dentro de la cabaña aislada.
Ephraim estaba despierto. Sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra los leños de la pared, alimentaba las escasas llamas de la chimenea.
Había destrozado las dos sillas de la cabaña durante la madrugada para mantener el fuego vivo.
El calor era débil, pero suficiente para evitar que murieran congelados.
Iba a tener que salir a cazar, pero sabía que sería difícil encontrar un animal que no estuviera al resguardo de la nieve.
Keziah dormía en la cama de cuerdas, hecha un ovillo bajo su propia casaca y la chaqueta de cuero del cazador. A su lado, envuelta en las últimas telas más o menos limpias, descansaba la pequeña Feith.
El muchacho observó a las dos mujeres de su vida. El pensamiento cruzó su mente con una naturalidad que lo asustó. Ya no pensaba en su antigua aldea, ni en su padre, ni en Charity. Su mundo entero se reducía a esa habitación de madera y a las dos personas que respiraban a su lado.
Keziah se removió en el lecho. Abrió los ojos despacio y parpadeó ante la luz pálida.
—¿Ha dejado de nevar? —preguntó ella. Su voz sonó ronca por el sueño. Se incorporó con lentitud y se frotó los brazos para entrar en calor.
—Sí —respondió él. Echó el último trozo del respaldo de una silla a las brasas—. Hay al menos medio metro de nieve ahí fuera. La puerta está medio bloqueada. He tenido que empujar con fuerza hace un rato para salir a revisar a la cierva.
—¿Sigue viva?
—Viva y muy enfadada. Los cervatillos le dan calor, pero necesita pasto. Y nosotros también necesitamos leña de verdad. Esto no durará mucho más.
Keziah asintió. Apartó las mantas con cuidado de no despertar a la niña y caminó hacia la mesa volcada. Allí había dejado su morral improvisado con el delantal la noche anterior. Lo abrió y extrajo sus tesoros: los manojos de hierbas marchitas, las raíces envueltas en tela y los trozos de corteza.
Ephraim la observó desde el suelo.
—Ayer dijimos que nos aislaríamos aquí hasta que pasara el peligro —le recordó él—. La tormenta ha pasado. Pero la peste sigue ahí fuera.
Keziah esparció sus provisiones sobre los tablones de madera. Separó la corteza de olmo americano en un montón. Luego, extrajo unas tiras más oscuras y rugosas que Ephraim no había visto la noche de su fiebre.
—No podemos quedarnos aquí encerrados, Holt —afirmó ella. Ordenó las cortezas con movimientos precisos—. Si nos aislamos, moriremos igual.
—Podemos aguantar. Tenemos el fuego y tenemos la leche.
—No seamos ilusos. Abre los ojos. —Keziah se giró hacia él.
Su mirada era cristalina y pragmática—. No tenemos nada.
Esta cabaña está vacía. No hay grano en las despensas, ni carne salada en el techo, ni verduras enterradas bajo el suelo.
La cierva dejará de dar leche mañana mismo si no come nada fresco, y no puede escarbar bajo medio metro de nieve profunda atada a un poste.
Ephraim apretó la mandíbula. Sabía que ella tenía razón. El invierno de las colonias no perdonaba a los que no estaban preparados.
—Si salimos y nos mezclamos con ellos, nos contagiaremos de disentería —rebatió él. Se puso en pie para enfrentarla de igual a igual—. Lo dijiste tú misma ayer. Es una condena de muerte para Wunnie.
—Lo sé —concedió ella. Lo miró sin desafío, lo hizo como a un aliado.
Podían debatir qué era lo mejor, mas ya no discutían ni peleaban.
Estaban juntos en esa lucha. Tomó una de las tiras oscuras entre sus dedos finos—.
Pero si nos quedamos aquí de brazos cruzados, moriremos de frío y de inanición.
Es una certeza absoluta. Si salimos y ayudamos, al menos tenemos una oportunidad.
El joven frunció el ceño. Renegaba de lo que su padre le había enseñado que era la fe, pero aún recordaba las palabras de la Biblia sin contaminar. Jesús no había mirado hacia otro lado con los leprosos ni negado los peces y los panes.
Se acercó a la mesa y miró los montones de plantas secas.
—¿Quieres ayudar? —preguntó él, entendía sus sentimientos, pero no los de ella—. ¿Tú quieres salvar a esa gente? Son puritanos, Kezzy. Son como los hombres que querían quemarte viva hace dos días.
Keziah soltó un suspiro corto.
—No me importan sus rezos ni sus sermones.
Me importa que son brazos útiles. Me importa que tienen leña cortada, provisiones almacenadas y techos sin goteras.
Si ellos mueren, la aldea entera será un cementerio helado.
Si sobreviven, tendremos una comunidad, ya veremos si una amistosa o una animosa.
Pero, aun así, te recuerdo, yo pude vivir muchos años en una aldea que me detestaba, con que no nos acusen de brujería estaremos bien.
No necesitamos que nos amen, necesitamos pasar el invierno.
Y Wunnie, en especial, sobrevivir a los primeros meses.
Ephraim la miró con asombro. Su mente fronteriza admiró la frialdad de su cálculo.
La religión de su padre predicaba la caridad cristiana desde el púlpito, pero a menudo castigaba a los más débiles.
Keziah, la supuesta hereje, iba a salvar a todo un poblado movida por la simple y pura lógica de la supervivencia.
—La disentería los está vaciando por dentro —recordó él—. No tenemos medicinas para tantos. Solo tienes un puñado de hojas muertas.
—Tengo lo necesario. —Keziah señaló los montones sobre la mesa—. Tenemos la corteza de olmo americano. Ya sabes cómo funciona; calma el estómago y recubre las tripas irritadas. Pero también tengo esto.
Alzó la corteza oscura y rugosa.
—¿Qué es? —quiso saber él.
—Roble blanco —explicó ella. Le tendió el trozo para que lo oliera.
Olía a taninos fuertes y a tierra—. Lo recogí en el bosque antes de que empezara a nevar, por si acaso.
Es el astringente más potente que crece en estas tierras.
Corta el flujo de sangre de raíz. Seca las heridas por dentro y detiene la diarrea.
Mezclado con el olmo, puede frenar la enfermedad antes de que los mate de deshidratación.
Ephraim sopesó la corteza en su mano. Era ligera, casi insignificante, pero la confianza en la voz de la muchacha era absoluta.
—Y tenemos a la cierva —añadió Keziah. Sus ojos brillaron con una determinación feroz—.
Los que están más débiles no tolerarán la comida sólida.
Vomitarán cualquier caldo espeso. La leche de la cierva es suave.
Si la hervimos con el olmo y el roble, podremos dársela a los niños y a los ancianos para que recuperen fuerzas.
El plan era arriesgado. Si fallaban, se contagiarían y morirían junto a los aldeanos. Si los lugareños descubrían la identidad de Ephraim o la reputación de Keziah, podrían ahorcarlos antes siquiera de probar las medicinas.
Pero era la única salida real.
Ephraim miró hacia la cama. Feith bostezó en sueños y movió sus puños minúsculos. Su hija necesitaba calor. Necesitaba un lugar seguro donde crecer, lejos de las turbar iracundas y de los tribunales de reverendos. Si lograban curar a esa gente, tendrían su propia aldea.
—Está bien —decidió él. Dejó la corteza de roble sobre la mesa. Su voz no dejó lugar a dudas—. Lo haremos a tu manera, curandera.
Keziah asintió. Una sonrisa de alivio cruzó su rostro cansado.
—No será fácil, Holt. Tendremos que limpiar sus casas. Tendremos que sacar sus inmundicias, hervir toda su agua y enterrar a los muertos para que la peste no siga propagándose. Será un trabajo duro y asqueroso.
—He limpiado los establos de mi padre desde que tenía diez años —replicó él. Se encogió de hombros con una tranquilidad pasmosa—. Y tú limpiaste mis heridas infectadas anoche. No le temo al trabajo duro. Y ya he comprobado que el olor no me espanta.
Ella soltó una carcajada breve. El humor regresó al claro de sus ojos celestes.
—Bien. Porque apestarán mucho más que tus pañales sucios de ayer.
Ambos se movieron con rapidez. El miedo paralizante del día anterior había desaparecido, reemplazado por la urgencia de la acción. Keziah recogió sus medicinas y las guardó con sumo cuidado en el morral de cuero.
Ephraim se acercó a la cama. Tomó a Feith en sus brazos. La niña despertó y soltó un quejido bajo, pidiendo su alimento matutino.
—Tranquila, pequeña —murmuró él. Le besó la frente—. Ahora mismo iremos a ordeñar a tu nodriza.
Envolvió a la bebé contra su pecho y cerró su chaqueta de cuero. Luego, desatrancó la puerta de la cabaña. Tuvo que empujar con el hombro para apartar la nieve acumulada en el umbral.
El frío exterior los golpeó como un muro de hielo.
La aldea yacía sepultada bajo un manto inmaculado.
La blancura de la nieve contrastaba de forma brutal con la podredumbre y la desolación que escondían las casas de madera.
El cielo estaba despejado, de un azul intenso y brillante que dañaba la vista.
Caminaron hacia el poste del voladizo. La cierva los recibió con un bufido impaciente. Los cervatillos tiritaban a su lado.
—Lo primero es alimentar a Wunnie y ordeñar todo lo que podamos para los enfermos —indicó Keziah. Señaló un balde de madera vacío que colgaba de la pared exterior de la cabaña—. Coge eso. Tendremos que hervir nieve para purificarlo antes de usarlo.
Ephraim tomó el balde. Miró el camino principal de la aldea, que ahora era una sábana blanca e intacta, sin una sola huella humana.
—Tú irás por la calle de la derecha —organizó ella.
Se colocó el morral en bandolera—. Yo iré por la izquierda.
Haremos un recuento de los que aún respiran y los reuniremos en la iglesia.
Es el edificio más grande. Si encendemos la hoguera principal allí, podremos mantenerlos a todos calientes y controlados bajo un mismo techo.
—Los más débiles no podrán caminar hasta allí.
—Entonces los cargarás en tus grandes hombros, Holt. Para eso Dios te dio esa espalda ancha.
Ephraim sonrió. La mención de Dios ya no le sonó a reproche ni a herejía.
—Lo haré —prometió él.
Se miraron un instante bajo la luz deslumbrante de la mañana nevada. Estaban a punto de adentrarse en el mismísimo infierno, de caminar entre moribundos y miasmas venenosos. Pero ya no eran dos prófugos asustados huyendo del mundo. Eran un equipo.
Keziah dio el primer paso hacia la nieve virgen. Ephraim la siguió de cerca, dispuesto a dar la batalla por la vida de unos extraños.