Capítulo 16
El bosque cedió terreno poco a poco. Los pinos centenarios y los abedules dieron paso a tocones cortados a hachazos torpes.
El rastro implacable de la civilización apareció bajo sus botas.
La maleza virgen se transformó en senderos de tierra apisonada, endurecidos por la escarcha del otoño incipiente.
Habían caminado durante todo el día. En el estómago solo llevaban algunas ballas que Keziah había recolectado y algo de pescado que Ephraim consiguió sacar del agua valiéndose solo de su cuchillo.
El hambre apremiaba, pero no se atrevían a tomar la leche de la cierva por miedo a dejar a Feith sin su único sustento. Ellos podían aguantar.
Y su perseverancia parecía ser recompensada con la aparición de una aldea.
El sol emprendía su descenso hacia las colinas occidentales, oculto tras un espeso manto de nubes grises que amenazaban con descargar nieve antes de la medianoche. El frío arreció con una crueldad renovada.
Ephraim avanzaba con pasos largos y firmes.
El dolor de su espalda latía en un compás sordo, pero la medicina de Keziah mantenía a raya la fiebre y la infección.
Llevaba a Feith apretada contra el pecho, resguardada bajo la pesada chaqueta de cuero.
La niña dormía tras su última toma de leche.
El calor corporal de su padre la protegía del viento cortante, pero Ephraim sabía que la intemperie terminaría por matarla si no encontraban un techo pronto.
Keziah caminaba a su lado. La soga improvisada colgaba de su mano. La cierva cautiva la seguía con total sumisión, adaptada ya al ritmo de la marcha humana. Los cervatillos trotaban detrás, ajenos al peligro, unidos a la hembra por el instinto de supervivencia.
Divisaron los tejados de madera astillada a lo lejos. Una torre cuadrada, coronada por una cruz de hierro oxidada, despuntó por encima de una empalizada de troncos afilados.
Era una aldea fronteriza. Quizás un asentamiento maderero de pioneros ingleses, de esos que se aventuraban al límite de lo desconocido. El humo gris y ralo se elevaba desde apenas un par de chimeneas de piedra, una señal pobre para una colonia de ese tamaño.
Ephraim tensó la mandíbula. Preparó su mente para el juicio de sus iguales.
Sabía muy bien qué aspecto tenían. Él era un hombre enorme, vestido con harapos, con la cara cubierta de barba sucia y una cicatriz fresca en el labio.
Llevaba a una recién nacida marcada por una malformación, la marca del diablo a los ojos de los ignorantes.
A su lado caminaba una muchacha con el vestido destrozado, el cabello salvaje y la insolencia grabada en los ojos.
Y para colmo, arrastraban un séquito de animales salvajes que los seguían como mascotas dóciles.
Cualquier guardia apostado en la empalizada daría la voz de alarma al verlos. Los reverendos de aquel lugar los detendrían. Les exigirían nombres, propósitos y certificados de matrimonio. Los acusarían de herejía o de brujería al ver la sumisión antinatural de los ciervos.
—Prepara una buena historia, Holt —advirtió Keziah. Leyó la preocupación en las facciones tensas del cazador—. Oculta tu verdadero apellido. Si han oído hablar del gran Increase Holt y de su hijo prófugo, nos colgarán del primer roble que encuentren.
Ephraim asintió con lentitud. Miró las nubes oscuras que se arremolinaban sobre sus cabezas.
—No diré quiénes somos en realidad —concedió él. La rectitud puritana cedía ante la necesidad de supervivencia—. Pero debemos encontrar un techo. El aire huele a nieve. Wunnie no soportará otra noche a la intemperie, por mucho calor que yo le dé.
Keziah le dedicó una mirada de aprobación al oírlo usar el nombre mohicano.
Llegaron a los límites del asentamiento. Las grandes puertas de madera de la empalizada estaban abiertas de par en par. Una de las hojas colgaba torcida de sus pesadas bisagras de hierro, balanceándose con un crujido lastimero a merced del viento racheado.
Ephraim frunció el ceño. Algo no encajaba en absoluto.
—No hay guardias en la entrada —susurró él. Apretó el agarre sobre su hija, instintivamente—. Y no ladran los perros. En toda aldea hay mastines. Siempre ladran a los forasteros antes incluso de verlos.
Keziah se detuvo en seco. Levantó el rostro y olfateó el aire. La brisa sopló desde el interior del pueblo y trajo consigo un hedor insoportable.
No era el olor a humo de leña, ni el aroma a pan horneado o a estiércol de caballo típico de las granjas prósperas. Era un tufo ácido, dulzón y pútrido. Olía a entrañas podridas, a fluidos estancados y a muerte.
Ephraim se cubrió la nariz y la boca con el antebrazo. El olor era mil veces peor que los pañales sucios de Feith. Era la esencia misma de la descomposición.
—Dios santo —murmuró él, con la voz ahogada por la manga de su chaqueta—. ¿Qué es esta peste inmunda?
—Dios no tiene nada que ver con esto —replicó Keziah. Su rostro palideció y sus ojos celestes perdieron el brillo burlón—. Es la enfermedad.
Cruzaron el umbral de la empalizada con pasos sumamente cautelosos.
La calle principal de la aldea era un barrizal congelado.
Había carros abandonados en mitad del camino, con las ruedas hundidas en el lodo duro.
Herramientas oxidadas yacían sobre la tierra.
Las puertas de muchas cabañas colgaban abiertas, batiendo con un quejido fantasmal al compás del viento del atardecer.
El silencio era sepulcral, espeso, roto únicamente por algún gemido apagado que provenía del interior sombrío de las casas.
Vieron a los primeros habitantes.
Un hombre estaba sentado en el porche de madera de la herrería.
Tenía las piernas extendidas sobre el barro.
Sus ropas estaban manchadas de inmundicia oscura.
Su piel lucía de un tono amarillento, casi transparente, pegada a los huesos del rostro como si fuera un pergamino viejo.
Los ojos, hundidos en cuencas oscuras, miraban al vacío sin registrar absolutamente nada.
Una mujer salió de la casa contigua. Llevaba un cubo de madera en las manos. Caminaba arrastrando los pies, con la espalda encorvada. Su vestido estaba manchado. El cabello gris le colgaba en mechones grasientos sobre los hombros caídos.
Ephraim dio un paso al frente. El instinto de auxilio y su necesidad imperiosa de encontrar un hogar caliente para su hija lo impulsaron a hablar.
—Señora —llamó él en voz alta—. Buscamos posada. Tenemos a una recién nacida. Pagaremos con trabajo de mis manos o con la leche de esta cierva.
La mujer se detuvo. Giró la cabeza con una lentitud extrema, como si el cuello le pesara una tonelada.
Fijó su mirada en los recién llegados. Vio al gigante con la bebé, a la muchacha de belleza salvaje a su lado y a los ciervos cautivos, criaturas del bosque en plena calle.
Era una imagen sacada directamente de las pesadillas supersticiosas de cualquier colono temeroso del diablo, una estampa que en circunstancias normales habría desatado los gritos de brujería y el toque de campanas.
Ephraim tensó los músculos. Esperó el grito, la acusación, la turba armada con horcas y antorchas.
La mujer no gritó. Ni siquiera se persignó.
No mostró ni un ápice de terror reverencial, ni de bienvenida cautelosa, ni de rencor.
Sus ojos estaban huecos, vaciados por completo de cualquier emoción humana.
El agotamiento, la fiebre y la muerte constante habían devorado su alma hasta no dejar más que un cascarón vacío.
—No hay posada —respondió la mujer. Su voz era un susurro rasposo, carente de fuerza y de entonación—. Id a la iglesia si queréis un techo. El reverendo murió hace cuatro días. A él ya no le importa quién duerme en los bancos de madera.
La mujer vació el contenido del cubo en la cuneta profunda de la calle.
Era agua sucia, turbia, mezclada con sangre oscura y excrementos.
El tufo pestilente se intensificó hasta revolver el estómago.
Luego, dio media vuelta y regresó al interior de su casa.
Cerró la puerta tras de sí sin molestarse en echar la tranca ni en mirar atrás.
Ephraim sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con los copos de nieve que empezaban a caer del cielo gris.
Miró a Keziah. La joven se había cubierto la boca y la nariz con el cuello de su casaca de lana. Miraba las manchas oscuras en la cuneta con un horror absoluto, el horror de quien reconoce a un depredador letal.
—¿Qué maldición ha caído sobre esta gente? —preguntó él en un susurro.
—No es una maldición, Holt. Es el flujo de sangre —explicó ella.
Dio un paso atrás instintivo, alejándose del borde de la calle—.
Disentería. Se transmite por el agua mala, por la suciedad, por el contacto.
Te vacía por dentro hasta que no te queda nada más que sangre y dolor en las entrañas.
Te mata de sed mientras te desangras sin remedio.
Ephraim miró hacia la plaza central. Detrás de la iglesia, amontonados sin cuidado cerca del cementerio cercado, divisó bultos envueltos en sábanas sucias. Los vivos no tenían fuerzas ni para cavar las tumbas de los muertos. Los dejaban a la intemperie, a merced del hielo y de los carroñeros.
La aldea entera agonizaba de forma silenciosa.
Un muchacho joven, apenas un niño, cruzó la calle unos metros más adelante. Caminaba encorvado. Se apoyaba contra las paredes de troncos de las casas. Al ver a Keziah y a los ciervos, se detuvo un segundo. Sus ojos opacos se posaron en la leche que goteaba levemente de las ubres de la cierva atada.
El hambre atroz brilló en su mirada por un breve instante, pero no tuvo fuerzas ni para suplicar auxilio. Retomó su camino arrastrado y desapareció por un callejón oscuro.
Nadie más les prestó atención. El fanatismo religioso y el miedo a las brujas requerían energía. Requerían estómagos llenos y cuerpos sanos. Aquella gente estaba demasiado ocupada muriendo como para preocuparse por los supuestos pecados de unos forasteros.
—Si nos quedamos aquí, nos contagiaremos —sentenció Keziah.
Retrocedió otro paso hacia las puertas abiertas de la empalizada—.
Si respiramos este aire viciado, si bebemos una sola gota de sus pozos, acabaremos como ellos.
La disentería mata a los hombres fuertes en una semana.
A una recién nacida la matará en cuestión de horas.
Se secará como una hoja muerta. Debemos marcharnos de inmediato.
Ephraim bajó la vista hacia Feith. La niña dormía plácidamente, ajena a la desolación y a la plaga que los rodeaba. Un copo de nieve helado aterrizó sobre la frente de la pequeña y se derritió al instante por el calor de su piel.
El cazador miró el cielo. Las nubes se habían cerrado por completo. Un viento aullador bajaba de las montañas. La tormenta estaba encima.
—No podemos irnos, Keziah —afirmó él. Su voz sonó grave, firme, sopesando cada palabra—. Mira el cielo. La ventisca caerá con fuerza esta noche. Si volvemos al bosque, Feith se congelará antes del amanecer. La nieve sepultará nuestras huellas y moriremos de frío bajo los árboles.
Keziah siguió la mirada del hombre. La nieve caía ahora más densa. Los copos empezaban a cuajar sobre el barro helado de la calle. Ella conocía los inviernos de Massachusetts, ya había pasado demasiados en esas tierras. Sabía que una ventisca en campo abierto era una sentencia de muerte segura.
—Es una elección entre morir de frío o morir cagando sangre, Holt —replicó ella. La crudeza de sus palabras no ocultó el miedo en sus ojos azules—. Si esa niña se contagia, no habrá corteza de olmo en el mundo que pueda salvarla.
—Entonces no nos contagiaremos —decidió Ephraim.
Sus ojos oscuros recorrieron el perímetro de la aldea—.
No entraremos en el centro del pueblo. No nos mezclaremos con ellos ni tocaremos su agua.
Buscaremos una cabaña apartada, en los límites de la empalizada.
Herviremos nuestra propia agua con nieve limpia.
Nos aislaremos hasta que pase la tormenta.
Keziah apretó los labios. Evaluó los riesgos. El instinto le ordenaba huir lejos de la enfermedad, pero la lógica aplastante de la nieve le decía que el cazador tenía razón. En el bosque morirían seguro; en la aldea maldita, al menos tendrían cuatro paredes y una chimenea para luchar.
—Hay una casa allí —señaló ella.
Alzó el dedo hacia el extremo norte del asentamiento.
Apartada del resto de las viviendas por un pequeño prado cubierto de maleza congelada, se alzaba una cabaña solitaria.
No salía humo de su chimenea. La puerta estaba cerrada, pero las contraventanas permanecían atrancadas.
Parecía abandonada desde hacía semanas, antes incluso de que la peste diezmara el lugar.
—Iremos allí —dijo Ephraim.
Avanzaron bordeando la empalizada, por el interior, para evitar pisar la calle principal. Evitaron los charcos estancados. Esquivaron las casas de las que provenían los quejidos lastimeros. El silencio del pueblo se sentía más opresivo a medida que la nieve amortiguaba sus pasos.
Llegaron a la cabaña aislada. Ephraim entregó a Feith a los brazos de la muchacha.
El cazador empujó la puerta de madera gruesa, la cual cedió con un crujido agudo.
El interior olía a encierro y a polvo, pero no había rastro del hedor metálico de la enfermedad.
La chimenea de piedra estaba fría, llena de cenizas viejas.
Había una cama rústica en una esquina, sin mantas, y una mesa con dos sillas volcadas.
Estaba vacía. Completamente vacía.
—Alguien huyó antes de que llegara lo peor —dedujo Keziah. Cruzó el umbral y exploró la única habitación de la casa. Suspiró con alivio—. Aquí estaremos a salvo del viento.
Ephraim ató a la cierva en un poste bajo el pequeño voladizo exterior de la cabaña, protegido de la nevada directa. Los cervatillos se acurrucaron junto al vientre de su madre de inmediato.
El muchacho entró en la casa y cerró la puerta a sus espaldas, dejando el frío y la muerte fuera.
—Buscaré madera limpia para encender el fuego —dijo él—. Desmontaré las sillas si es necesario. No saldremos de aquí hasta que la tormenta amaine.
Keziah acomodó a Feith sobre la cama de cuerdas trenzadas.
Se frotó los brazos para entrar en calor.
Miró al hombre que aseguraba el pasador de madera de la puerta.
Estaban solos de nuevo, aislados del mundo entero, rodeados por un pueblo fantasma.
La tensión de la mañana en el arroyo regresó al pequeño espacio cerrado, mezclada ahora con la amenaza latente de la enfermedad.
Sobrevivirían a la ventisca. Eso era seguro. Lo que Keziah ya no tenía tan claro era si podrían sobrevivir a lo que vendría.