La extraña dama del oeste Capítulo 15
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Capítulo 15

El canto agudo de un arrendajo azul rompió el silencio de la madrugada.

Ephraim abrió los ojos despacio. La luz de la mañana se filtraba a través de las ramas desnudas de los robles. La escarcha cubría las hojas caídas con un manto de plata brillante. El aire era gélido, cortante, pero el pecho del cazador subía y bajaba con un ritmo pausado y natural.

La fiebre había desaparecido.

El peso aplastante que le oprimía el cerebro la noche anterior se había desvanecido por completo.

La neblina oscura de los delirios ya no nublaba su vista.

Movió los hombros con suma cautela. Esperaba el latigazo de agonía insoportable, pero solo encontró un dolor sordo, lejano, como el eco de un golpe antiguo.

El ungüento de equinácea había obrado un milagro terrenal sobre su carne destrozada.

Ephraim pasó la lengua por sus labios. Estaban agrietados, secos como la yesca. La garganta le ardía como si hubiera tragado cenizas calientes. La fiebre le había robado hasta la última gota de humedad del cuerpo.

—Agua —graznó él. Su voz sonó rasposa, apenas un susurro roto en el claro del bosque.

Un leve crujido de ramas secas resonó a su izquierda. Keziah apareció en su campo de visión. La muchacha tenía el rostro manchado de hollín y tierra. Ojeras oscuras marcaban su piel pálida. No había dormido en toda la noche para mantener el fuego vivo y vigilar su respiración.

Ella se arrodilló a su lado sin decir una sola palabra. Sostuvo el cuenco de corteza con agua contra sus labios.

Ephraim bebió.

El agua helada golpeó el fondo de su garganta. Fue la sensación más pura y gloriosa que había experimentado en su vida. Tragó con ansia. El líquido se derramó por las comisuras de su boca, resbaló por su barbilla poblada de barba y trazó caminos húmedos por su pecho.

Bebió hasta que el estómago le dolió por la cantidad de agua fría. Keziah apartó el cuenco con firmeza.

—Despacio —advirtió ella—. Vomitarás si bebes más rápido de lo que tu cuerpo puede asimilar.

Ephraim soltó un suspiro largo. Dejó caer la cabeza sobre el musgo. Se sentía renovado. El instinto de supervivencia le exigió evaluar su estado físico para retomar la marcha. Movió las piernas bajo la gruesa casaca de lana que lo cubría.

El aire frío rozó su piel desnuda.

Ephraim frunció el ceño. Deslizó la mano derecha bajo la tela áspera.

Sus dedos encontraron la piel de su propio muslo.

Buscó la lana rústica de sus pantalones, pero no halló nada.

La tela gruesa de su jubón tampoco estaba.

Su cuerpo entero descansaba sobre la tierra, protegido del hielo únicamente por la casaca de Keziah y su propia chaqueta de cuero, que ahora descansaba seca sobre sus piernas.

Estaba completamente desnudo.

La comprensión lo golpeó con la fuerza de un garrote.

Abrió los ojos con desmesura. Miró hacia los lados.

Sus pantalones de lana, empapados el día anterior en el arroyo y luego empapados de nuevo por el sudor de la fiebre, colgaban de unas ramas cercanas al fuego.

Estaban rígidos, secándose al calor de las brasas.

Keziah lo había desvestido por completo durante la noche. Lo hizo para evitar que la ropa húmeda le provocara una pulmonía fatal.

El recuerdo de la madrugada regresó a su mente.

Las imágenes no llegaron ordenadas, sino como un torrente caótico.

Sintió de nuevo las manos de la muchacha sobre su piel.

Escuchó su propia voz, quejumbrosa y desesperada, reclamándola.

«Mía. Keziah es mía». Recordó el delirio, la farsa piadosa en la que ella fingió ser su esposa para calmar su agonía.

Y entonces, las imágenes del delirio se mezclaron con la realidad de la mañana anterior.

La visión de Keziah en el arroyo lo asaltó sin piedad.

Su espalda pálida en contraste con el cabello negro.

El agua resbalando por sus pechos firmes.

Los ojos celestes clavados en él, desafiantes, ofreciendo todo lo que la religión le prohibía mirar.

Los sueños febriles de la noche habían tomado esa imagen y la habían multiplicado.

Ephraim soñó con ella. Soñó que acortaba la distancia en la orilla.

Soñó que hundía las manos en ese cabello oscuro, que besaba la piel helada, que la tomaba allí mismo, sobre las rocas húmedas, lejos de los sermones y las condenas de la aldea.

El deseo reprimido durante dos largos años, alimentado por los sueños eróticos de la fiebre y la visión de la joven a escasos centímetros de él, estalló en su sangre.

El cuerpo de un joven de veinte años no atiende a rezos ni a lamentos. La respuesta fisiológica fue inmediata, brutal e imposible de disimular.

Ephraim sintió cómo su hombría se endurecía con una fuerza dolorosa. La sangre bombeó hacia su bajo vientre. La erección alzó la tela de la casaca de lana que lo cubría. Formó una tienda de campaña evidente, rígida y delatora en mitad de su regazo.

El pánico lo paralizó.

Ephraim intentó encoger las rodillas. Trató de girarse sobre su costado para ocultar su estado, pero el dolor sordo de su espalda le recordó que los movimientos bruscos estaban prohibidos.

Se quedó rígido, tumbado bocarriba. El calor le incendió las mejillas hasta las orejas.

Cerró los ojos con fuerza. Deseó que la tierra se abriera y lo tragara entero.

Keziah apartó el cuenco y lo dejó sobre la hierba. Su mirada descendió por el torso del muchacho y se detuvo en el bulto innegable que levantaba la tela.

El silencio en el claro se volvió denso, pesado, cargado de una tensión eléctrica.

Ephraim esperó la condena, las risas crueles. Apretó los puños y se preparó para el sermón burlón. Seguramente ella le recordaría su hipocresía. Le echaría en cara su debilidad carnal.

Keziah no rio. No apartó la vista con pudor.

Se inclinó ligeramente hacia adelante. Sus ojos azules, inescrutables y fieros, buscaron el rostro avergonzado del cazador. No había asco en su expresión. Había un reto profundo, maduro, que atravesaba todas las defensas del muchacho.

—¿Me culparás a mí por tu deseo? —preguntó ella. Su voz sonó clara, firme, desprovista de cualquier burla infantil—. ¿O por fin te harás responsable de tus pecados ?

La pregunta flotó en el aire helado. La forma en que ella dijo la palabra pecado parecía significar todo lo contrario. Ella no era el pecado, el único error había sido renunciar a Keziah.

Ephraim abrió los ojos. La miró. Vio a la muchacha que había cruzado las montañas sola. Vio a la curandera que le salvó la vida y lavó sus heridas infectadas, a la mujer que alimentó a su hija repudiada con su propio cuerpo.

El reverendo Increase Holt siempre le enseñó que la mujer era el recipiente del pecado.

Que el deseo masculino era una trampa tejida por el diablo y ejecutada por las hijas de Eva.

Según la ley de su aldea, si un hombre caía en la lujuria, la culpa recaía sobre la mujer que lo provocaba.

Esa era la excusa perfecta para azotar, para quemar, para destruir.

Ephraim sintió una revelación profunda. Todo era mentira.

Su padre mintió. Los ancianos de la iglesia mintieron.

El deseo que sentía en ese momento, la urgencia salvaje que endurecía su cuerpo, no provenía de ninguna brujería.

Provenía de él mismo. Era suyo. Él la deseaba.

La deseaba desde el primer día que la vio salir de la espesura de los pinos.

La deseó cuando le sonrió por primera vez.

Y la deseaba ahora, con la cara manchada de tierra y el vestido arruinado.

El peso de la culpa puritana, el yugo invisible que lo obligó a renunciar a ella años atrás, se rompió en mil pedazos en el interior de su pecho.

Ephraim no bajó la mirada. No balbuceó una disculpa patética.

Con un movimiento lento, aguantando el tirón en su espalda curada a medias, se incorporó hasta quedar sentado. Sostuvo la casaca de lana sobre su regazo para mantener un mínimo de decencia, pero no intentó encorvarse por la vergüenza.

Alargó la mano hacia la rama cercana. Tomó sus pantalones de lana. Estaban secos y ásperos por el calor del fuego.

—Date la vuelta —pidió él. Su tono fue grave, pero carecía de la ira o el desprecio que siempre usaba como escudo.

Keziah alzó una ceja. Sostuvo su mirada un segundo más y, con un movimiento elegante, se giró sobre sus talones. Le dio la espalda y miró hacia los cervatillos que pastaban cerca del arroyo.

Pero necesitó morderse los labios y contener la sonrisa de satisfacción. Y, debió reconocer para sí, accedió a volverse para no delatar que el deseo era mutuo.

Sintió el calor crecer en su centro. Sabía algo de lo que pasaba entre hombre y mujer, las tribus nativas eran más abiertas en el asunto.

Si bien también tenían el concepto de intimidad, nada era tan obsceno como le gustaba pensar a los blancos, tampoco eran tan remilgados.

Lo consideraban natural, y ella había aprendido que así era.

Aunque aún no lo había experimentado, sabía que podía ser placentero para ambos. Y no pudo evitar fantasear en cómo se sentiría estar con Ephraim.

El muchacho se vistió con rapidez. Se puso los pantalones. Subió la tela gruesa sobre sus piernas. Acomodó su erección, que aún no cedía, contra la lana rasposa. Luego tomó la pesada chaqueta de cuero limpia y se cubrió los hombros y el torso desnudo. Abrochó los botones de hueso con dedos ágiles.

El frío de la mañana le caló los huesos, pero el calor interior lo mantuvo firme.

—Ya está —anunció él.

Keziah se volvió despacio. Cruzó los brazos sobre su pecho. Esperó su respuesta, la diatriba religiosa. Esperó que el cazador volviera a esconderse detrás de los escudos de su padre para negar lo evidente.

Ephraim se puso en pie. Sus piernas temblaron ligeramente por la debilidad de la fiebre pasada, pero se afianzó en la tierra.

Caminó dos pasos. Se detuvo a menos de un metro de distancia de la muchacha.

La diferencia de altura los obligó a mirarse en ángulos distintos.

Él bajó la vista hacia su rostro; ella levantó la barbilla para sostenerle el duelo.

El cazador levantó la mano derecha. El movimiento fue tan inesperado que Keziah parpadeó.

Ephraim apartó un mechón de cabello negro que caía sobre la frente sucia de la joven. Sus dedos callosos rozaron la piel fría de Keziah. El contacto fue delicado, íntimo, desprovisto de cualquier brutalidad fronteriza.

Keziah contuvo la respiración.

—Ni siquiera estoy seguro ya de que desearte sea un pecado, Kezzy —dijo él.

La voz del muchacho no tembló. Las palabras salieron de sus labios con una certeza absoluta.

El apodo flotó entre los dos. «Kezzy». Era el nombre diminutivo que él usaba en aquellos escasos meses de inocencia, antes de los latigazos, antes del odio fingido. Pronunciarlo ahora, en medio de la huida, era una rendición total. Era la aceptación de su propia naturaleza.

Keziah sintió que las piernas le fallaban por un instante.

La sorpresa ensanchó sus ojos celestes. El hombre de piedra, el puritano severo, acababa de derribar el muro más grande de toda su existencia.

Se había hecho responsable. No la acusó.

No invocó al diablo. Asumió su deseo como algo propio y natural.

El aire del claro pareció detenerse.

Ephraim no retiró la mano de su rostro de inmediato.

Su pulgar acarició la línea de su mandíbula.

La tensión hostil y defensiva que los había acompañado desde que huyeron del acantilado se transformó en algo nuevo, denso y peligroso.

Ya no eran el carcelero y la prófuga. Eran un hombre y una mujer en el corazón salvaje del mundo, sin iglesias ni reverendos que dictaran las normas.

Un quejido diminuto rompió el encanto.

La pequeña Feith se removió en su lecho de musgo. El frío de la mañana la había despertado y el hambre reclamaba su atención habitual.

Ephraim apartó la mano con lentitud. Keziah parpadeó. Carraspeó para aclarar su propia garganta. El rubor, por primera vez en toda la maldita travesía, asomó tímidamente a las mejillas pálidas de la muchacha.

—Wunnie tiene hambre —murmuró ella. Su voz sonó un tono más agudo de lo normal.

Ephraim asintió con gravedad. Se apartó un paso para darle espacio.

—Encenderé el fuego —ofreció él—. Necesitas preparar su comida. Y nosotros debemos prepararnos para caminar.

Keziah caminó hacia la niña con pasos apresurados. Se arrodilló junto al bulto envuelto en lino y comenzó a hablarle a la bebé con su tono cantarín habitual. Pero mientras fingía absoluta normalidad, su corazón latía a un ritmo desbocado.

Ephraim Holt había despertado. El muchacho asustado bajo el yugo de su padre había muerto en las aguas del arroyo. El hombre que se arrodilló frente a la lumbre para golpear el pedernal era un cazador libre.