La extraña dama del oeste Capítulo 14
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Capítulo 14

Keziah regresó al claro casi una hora después. El fuego languidecía, reducido a un montón de brasas rojas que latían en la oscuridad. La joven arrojó un par de ramas secas a la lumbre y se sentó sobre una raíz expuesta. Traía las manos manchadas de tierra negra y savia.

En el regazo de su vestido arruinado descansaba su botín: más corteza de olmo americano y un buen manojo de raíces y cabezas florales marchitas, una de ellas era equinácea. La planta de pétalos púrpuras perdía su color en otoño, pero su poder curativo residía intacto bajo la tierra helada.

Keziah no perdió un segundo. Utilizó la piedra plana y el pomo de su cuchillo.

Machacó las raíces con golpes secos y constantes.

El olor acre, a tierra cruda y medicina antigua, inundó el espacio alrededor de la fogata.

Añadió la corteza de olmo y unas gotas de agua para formar una pasta densa y pegajosa.

Ephraim se removió bajo la escasa cobertura de la casaca de lana de la muchacha.

El agua del arroyo había contenido la fiebre, pero el frío de la madrugada amenazaba ahora con congelarle los huesos.

Un escalofrío violento le sacudió el cuerpo entero.

El muchacho abrió los ojos. La lucidez había regresado a su mente, y con ella, el dolor punzante de las heridas.

Instintivamente, alargó el brazo tembloroso hacia la chaqueta de cuero que descansaba a su lado. Necesitaba abrigarse. Necesitaba cubrirse.

—Suelta eso —ordenó Keziah. Su voz resonó firme en el silencio del bosque.

Ephraim detuvo la mano a escasos centímetros de la prenda.

—Tengo frío —murmuró él. Le castañeteaban los dientes.

—Tienes veneno en la sangre, Holt. Y esa chaqueta está empapada de sudor sucio y sangre vieja.

Keziah se levantó. Llevaba el ungüento recién preparado sobre una hoja ancha de roble. Se acercó al cazador y apartó la chaqueta de cuero con el pie.

—No te pondrás eso —sentenció ella.

Ephraim intentó incorporarse. Sus músculos protestaron con un latigazo de agonía pura.

—Devuélveme mi ropa, mujer. Me congelaré aquí mismo si no me cubro la espalda.

—Te pudrirás aquí mismo si te pones ese cuero infectado sobre las heridas abiertas. Acuéstate boca abajo. Ahora.

El muchacho la miró con rebeldía. Sus ojos oscuros desafiaron la orden. Era un hombre de la frontera, el mejor cazador de la aldea. No recibía órdenes de nadie, y mucho menos de una muchacha de dieciocho años a la que todos consideraban una hereje.

Pero Keziah sostuvo su mirada sin parpadear. En sus ojos celestes no había burla esta vez. Había una determinación feroz, una voluntad inquebrantable de mantenerlo con vida a pesar de su propia terquedad.

Ephraim bajó la vista. Recordó su propio delirio. Recordó el agua helada y el alivio posterior. Ella le había salvado la vida dos veces en menos de veinticuatro horas.

Suspiró con pesadez. Cedió. Se giró con lentitud, apretó los dientes y se recostó boca abajo sobre el lecho de musgo y hierba húmeda. La humedad del suelo frío le provocó un nuevo estremecimiento.

Keziah se arrodilló a su lado. Dejó la hoja con el ungüento en el suelo. Frotó sus manos para calentarlas un poco antes de tocarlo.

—Esto escocerá —advirtió ella.

—Hazlo de una vez —masculló él. Hundió el rostro en sus brazos cruzados.

Keziah tomó una cantidad generosa de la pasta verdosa y acercó las manos a la espalda destrozada.

Sus dedos rozaron primero la piel sana, justo por encima de la cintura.

Ephraim contuvo la respiración. El contacto de la muchacha fue un choque eléctrico.

Su piel ardía; las manos de ella estaban heladas.

Ella extendió el ungüento sobre el primer latigazo.

Ephraim soltó un gruñido sordo. El dolor fue agudo. La equinácea penetró en la carne abierta con la fuerza de mil agujas diminutas, pero casi de inmediato, el escozor dio paso a un frescor analgésico y profundo.

Keziah continuó su labor. Sus movimientos eran precisos, firmes pero delicados. Untó la medicina en cada corte. Rellenó los surcos enrojecidos. Limpió los bordes infectados con la paciencia de una madre, pero con la pericia de una auténtica curandera.

—Es magia oscura —susurró él. Su voz sonó ronca contra la tierra—. Siento cómo la carne se adormece. Has conjurado un hechizo sobre el barro.

Keziah esbozó una media sonrisa.

—Es equinácea, pedazo de necio —respondió ella—. La misma planta de flores moradas que crece en los lindes de vuestra propia aldea. La misma que pisoteáis con vuestras botas pesadas todos los domingos cuando vais a encerraros a vuestra iglesia de madera. No hay hechizos. Hay conocimiento.

Ephraim guardó silencio. Sintió el roce de las yemas de sus dedos. Keziah no solo tocaba las heridas recientes, sus manos acariciaban también las cicatrices gruesas y blancas. Las marcas de la disciplina de su padre.

Ella recorrió uno de los viejos surcos con el dedo índice. El tacto fue increíblemente suave, casi reverencial.

—Te destrozaron la espalda —murmuró ella. Su tono perdió toda la dureza habitual.

Ephraim cerró los ojos con fuerza.

—Eran los castigos por mis pecados. Mi padre me limpió el alma.

—Tu padre te rompió el cuerpo porque no podía controlar tu mente —lo corrigió ella.

El muchacho tensó los músculos. No quería hablar de aquello. No quería que ella supiera la verdad, exponer la debilidad que lo llevó a renunciar a su propio corazón.

—No hables de lo que no entiendes —replicó él a la defensiva.

Keziah terminó de aplicar el ungüento. Cubrió las heridas más profundas con hojas limpias de bardana para que la pasta no se perdiera.

—Entiendo más de lo que crees, Ephraim.

La pronunciación de su nombre sin el tono de burla lo desarmó. Keziah se levantó. Tomó la casaca de lana y la acomodó sobre los hombros del muchacho, con cuidado de no rozar la zona tratada.

—Quédate ahí —ordenó ella—. El ungüento necesita tiempo para purificar la sangre. No te muevas hasta que yo regrese.

Ephraim giró la cabeza sobre sus brazos. Vio cómo la muchacha se agachaba y recogía su pesada chaqueta de cuero. La prenda estaba manchada, rígida por la sangre seca y el sudor de la fiebre.

—¿Adónde vas con eso? —preguntó él.

—Al arroyo. Si te vuelves a poner este nido de inmundicia, mi medicina no servirá de nada. La infección volverá antes del mediodía.

—Es cuero curtido. Pesa demasiado cuando se moja. No podrás lavarla tú sola.

Keziah se echó la chaqueta al hombro como si fuera un saco de plumas.

—He cruzado las montañas en invierno sola, Holt. Creo que podré lavar una estúpida prenda de vestir sin romperme las uñas. Descansa de una vez y vigila a tu hija.

Ella dio media vuelta y caminó hacia la oscuridad, en dirección al sonido del agua.

Ephraim se quedó solo junto al fuego. El alivio en su espalda era absoluto. La fiebre había cedido por completo y el dolor se transformó en un latido lejano y soportable. Respiró hondo. El olor a tierra húmeda y a equinácea lo rodeó como un abrazo protector.

No pudo evitar sonreír en la penumbra. Esa mujer era un torbellino. Una fuerza de la naturaleza imparable y terca. Lo insultaba, lo regañaba, ponía en duda toda su fe y sus costumbres. Y sin embargo, velaba por su vida con una fiereza que nadie en su propia aldea le había demostrado jamás.

A cien yardas de distancia, Keziah llegó a la orilla del arroyo.

La luna se reflejó en la superficie oscura del agua. La muchacha arrojó la pesada chaqueta de cuero al cauce. Se arrodilló sobre las piedras frías. Sumergió las manos en la corriente helada y atrapó la tela.

El cuero mojado se volvió rígido e increíblemente pesado, justo como él había advertido. Keziah apretó los dientes. Buscó un puñado de arena fina en el fondo del arroyo. Usó la arena como jabón natural y comenzó a frotar la parte interior de la prenda.

Restregó la sangre seca. Lavó el sudor. Frotó con una energía nacida de la furia y la compasión.

Pensó en la espalda de Ephraim. Pensó en las cicatrices blancas y gruesas. En los latigazos que soportó a manos del reverendo. Las lágrimas que había contenido frente al fuego acudieron por fin a sus ojos.

Lloró en silencio mientras lavaba la ropa del cazador.

Lloró por la injusticia, por la crueldad de los hombres que decían hablar en nombre de Dios.

Y lloró al comprender la magnitud del sacrificio de ese muchacho testarudo.

Él la amó. La amó tanto que su propia aldea tuvo que destrozarlo a golpes para arrancarle el sentimiento del pecho.

Keziah enjuagó la chaqueta en la corriente. La levantó con ambas manos. El peso casi la hizo caer de bruces al agua, pero se afianzó en las rocas. Retorció el cuero hasta extraer la mayor cantidad de agua posible.

Secó sus propias lágrimas con el dorso de su brazo mojado. Se puso de pie.

El odio hacia el reverendo Increase Holt ardió en su interior con una intensidad nueva.

Ya no era un simple desprecio hacia los puritanos.

Era una promesa de venganza silenciosa. Ella curaría a Ephraim, salvaría a la pequeña Feith, sobrevivirían al bosque, al invierno y a los lobos.

Vivirían por pura rebeldía, solo para demostrarle a ese pueblo fanático que la vida verdadera no habitaba en el terror a los demonios, sino en la valentía de proteger a los que se amaba.

Regresó al claro con la prenda limpia sobre los hombros.

Ephraim dormía profundamente. La respiración del muchacho era lenta y tranquila. El ungüento había surtido un efecto milagroso. La tensión desapareció de sus facciones; parecía años más joven, despojado al fin del dolor y la pesadilla.

Keziah buscó dos ramas fuertes. Las clavó en la tierra cerca del fuego y colgó la chaqueta de cuero para que el calor la secara durante el resto de la noche.

Se recostó en el suelo junto a él para dormir y brindarle su calor. Acercó a la pequeña Feith, envuelta en su lino limpio y entre los tres se dieron calor. Los cervatillos dormitaban junto a la cierva cautiva.

El campamento improvisado era un refugio herético a los ojos de la colonia. Pero para Keziah Brewster, en esa noche gélida de Massachusetts, aquel claro rodeado de pinos era el único templo verdadero que existía sobre la faz de la tierra.