La extraña dama del oeste Capítulo 13 #2
50%

Capítulo 13 #2

—Levántate —ordenó ella con dulzura. Pasó uno de los brazos fuertes y pesados del joven por encima de sus propios hombros—. Tenemos que ir al agua.

—Frío... —se quejó él.

—Lo sé. Yo te abrazaré. Confía en tu esposa.

Ephraim se puso en pie a duras penas. Se apoyó casi por completo en el cuerpo menudo de la mujer. Keziah apretó los dientes bajo el peso aplastante del muchacho y lo guio con pasos lentos hacia la oscuridad de los árboles.

Avanzaron a trompicones. La luna llena iluminó el camino de regreso al arroyo.

El rumor del agua se hizo más fuerte a medida que se acercaban.

Ella echaba la mirada atrás, al bulto que era Wunnie y rogó, elevó una plegaria a los cielos, a ese Dios en el que Ephraim creía, para que cuidara a la bebé de cualquier asecho.

No estarían lejos, pero los depredadores nocturnos podían arrebatársela en un santiamén.

Llegaron a la orilla. La corriente fluía rápida y negra en la noche.

—Siéntate aquí —indicó ella. Lo ayudó a acomodarse sobre una roca plana y lisa en el margen del agua.

Keziah no se lo pensó dos veces. Se quitó los zapatos gastados de cuero.

Se remangó la falda del vestido por encima de las rodillas y se metió en la corriente.

El agua helada le cortó la respiración, pero ignoró el dolor.

Hundió las manos en el cauce. Recogió agua a cuencos y la arrojó directamente sobre la espalda ardiente del joven.

Ephraim soltó un rugido ahogado. El choque térmico fue brutal. Su cuerpo entero saltó sobre la roca. Los músculos de su espalda se contrajeron en un espasmo de agonía pura.

—¡Quema! —gritó él. Trató de ponerse de pie.

Keziah apoyó las manos en sus hombros desnudos y lo empujó hacia abajo con todas sus fuerzas.

—Quieto —ordenó ella. Su voz recuperó un matiz autoritario, pero sin perder la dulzura de la farsa—. Es por tu bien. Necesito limpiar el veneno.

Volvió a arrojar agua helada sobre las heridas. Una. Otra vez. Otra más.

El cazador tembló con una violencia descontrolada.

Sus dientes chocaban entre sí con un castañeo ruidoso.

El frío lo penetró hasta la médula. Keziah usó sus propios dedos para limpiar los bordes de los latigazos.

Retiró la sangre seca. Lavó la supuración amarillenta.

Cada roce arrancaba un gemido de dolor de los labios del muchacho, pero ella no se detuvo.

Sabía que la piedad en ese momento significaba la muerte.

El agua fría y el dolor agudo parecieron despejar un poco la niebla del delirio. Ephraim parpadeó. Su cabeza dejó de tambalearse. Miró a la mujer que estaba de pie en el agua frente a él.

—Me vas a matar de frío, bruja —masculló él. Su tono volvía a ser brusco, pero carecía de fuerza real.

Keziah sintió un alivio inmenso al escucharlo protestar. La fiebre había bajado lo suficiente como para devolverle un poco de lucidez.

—Ya no soy tu esposa amantísima, por lo que veo —bromeó ella. Salió del agua y se sacudió las piernas mojadas—. Eres un paciente terrible, Holt.

Él bajó la mirada. El recuerdo de su propio delirio lo asaltó. Rememoró sus palabras, el modo de llamarla suya, dejarle desvestirlo. La vergüenza le tiñó las mejillas de rojo. No se atrevió a mirarla a los ojos.

—Vamos —dijo Keziah. Le ofreció la mano de nuevo—. El agua ha hecho su trabajo por ahora. Tienes que volver al fuego antes de que la escarcha te congele los pulmones.

Ella le sonrió, la sonrisa dejó de ser socarrona y pasó a ser amable.

Keziah disfrutaba de volverlo loco, de tentarlo.

Quizá sí tenía algo de bruja, pensó, tal vez sí deseaba arrastrarlo al pecado.

Pero es que siempre creyó que él la despreciaba, quería hacerlo reconocer que era tan pecador como la acusaba a ella de serlo.

Sin embargo, ahora sabía la verdad, él nunca dejó de anhelarla ni fue por decisión propia que acalló su deseo.

Ante la verdad, tentarlo ya no era un juego de desafío, pasaba a ser una estrategia para que volviera a reconocer los sentimientos acallados bajo el ardor de la disciplina.

Regresaron juntos al campamento. El camino de vuelta fue más silencioso y los dos soltaron el aire aliviado al divisar el bulto que formaba Feith en sus mantas. Ephraim caminaba por sus propios medios, aunque sus pasos eran lentos y arrastrados.

Llegaron al claro. La pequeña seguía sumida en su sueño plácido, la cierva también y los pequeños ciervitos dormían cerca de la madre y del fuego.

Keziah lo ayudó a tumbarse boca abajo sobre el lecho de hojas y musgo.

Tomó la gruesa chaqueta de cuero y lo cubrió hasta el cuello para retener el calor.

Luego buscó su propia casaca de lana y la echó por encima de las piernas del muchacho.

Ella se valdría del fuego, por una noche no moriría, ¿verdad?

Ephraim cerró los ojos. El agotamiento absoluto lo arrastró hacia el sueño casi al instante.

Keziah se quedó de pie junto al fuego. Miró la espalda cubierta del cazador.

El agua fría detuvo la fiebre por el momento, pero ella conocía demasiado bien la naturaleza de las infecciones profundas.

El veneno seguía en su sangre. La fiebre regresaría con más fuerza antes del amanecer. El agua no bastaría la próxima vez.

Necesitaba medicina de verdad.

Repasó mentalmente el terreno que habían cruzado.

El bosque de Massachusetts escondía sus propios remedios.

Necesitaba corteza de sauce blanco para el dolor y la inflamación.

Necesitaba milenrama para detener la infección de los cortes.

Y necesitaba barba de viejo, aquel liquen gris y esponjoso que crecía en las ramas muertas de los pinos, para crear un emplasto purificador.

Keziah comprobó que la cierva seguía bien atada. Revisó las mantas de la bebé. Todo estaba en orden en el campamento.

Tomó su cuchillo de caza. Miró hacia la espesura. La oscuridad era total más allá del círculo de luz de la fogata. Los lobos y los pumas cazaban a esas horas. Los bosques no perdonaban a los caminantes solitarios en la noche.

Volvió a mirar el rostro dormido de Ephraim y los sueños pueriles que la embargaron la primera vez que lo vio regresaron a ella.

—¿Dónde ha quedado tu pragmatismo, niña tonta?

—se dijo. Eran aliados en la adversidad, pero nada podía asegurarle que, una vez a salvo, a él le ganase su educación puritana.

Que volviese a desairarla y volviera a acusar de hechicería a ese deseo inmenso que los unía, que los ataba como hilos de fuego.

Keziah apretó el mango del cuchillo con firmeza. Una guerra por vez. No permitiría que los puritanos ganaran, no dejaría que ese muchacho muriera en medio de la nada por culpa del odio de su padre.

Dio media vuelta y se adentró en la negrura absoluta del bosque, dispuesta a robarle la vida de Ephraim Holt a la mismísima muerte.