La extraña dama del oeste Capítulo 13
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Capítulo 13

El sol se hundió por fin tras la línea irregular de los pinos y la oscuridad reclamó su dominio absoluto sobre el bosque. El frío del atardecer no llegó de forma gradual; cayó a plomo sobre el claro, implacable y afilado como una guadaña.

Keziah alimentó el fuego con ramas gruesas de roble.

Las llamas naranjas se elevaron y proyectaron sombras temblorosas contra las rocas.

La pequeña Feith dormía ajena al mundo, envuelta en las telas y colocada a una distancia prudencial del calor directo.

Había tomado su ración de leche con mucílago y su respiración sonaba por fin tranquila, regular y fuerte.

Sin embargo, el silencio del campamento se rompió por un quejido ronco.

Keziah giró la cabeza. Ephraim estaba sentado contra el tronco de un abedul con sus rodillas pegadas al pecho.

Sus brazos rodeaban sus propias piernas en un intento desesperado por conservar el calor.

Pero no era el frío del otoño lo que lo hacía temblar.

El cuerpo entero del muchacho de veinte años se sacudía con espasmos violentos.

Ella se acercó de inmediato. Se arrodilló a su lado y llevó la mano a la frente del cazador.

El contacto la sobresaltó. La piel de Ephraim irradiaba un calor antinatural, parecía un horno humano.

—Eres un tonto, Ephraim —murmuró ella con el ceño fruncido—. Eres un completo tonto.

El joven no respondió a la provocación. Sus ojos oscuros estaban abiertos, pero su mirada vagaba perdida entre las copas de los árboles.

No veía el bosque. Veía los fantasmas de su pasado.

El sudor le perlaba la frente a pesar de los temblores gélidos que le sacudían los hombros.

La infección de los latigazos había alcanzado su sangre.

Keziah llevó las manos a los botones de cuero de la pesada chaqueta del hombre. Necesitaba ver las heridas, estudiarlas y ver cómo bajarle la temperatura antes de que la fiebre le cociera el cerebro por completo.

—Aleja tus manos... —balbuceó él. Su voz sonó pastosa, arrastrada—. Bruja. Tentación.

Él alzó un brazo débil. Intentó apartarla, pero apenas tenía fuerza para mover los dedos.

—Quédate quieto —ordenó ella. Tiró del primer botón—. Tienes fiebre. La espalda se te está pudriendo.

—No... no es bruja —murmuró Ephraim de pronto. Su tono cambió. La agresividad dio paso a una súplica infantil, cargada de una vulnerabilidad que Keziah jamás había escuchado en él—. Quiero hacerla mi esposa. Padre, por favor.

Keziah detuvo sus manos. El corazón le dio un vuelco en el pecho.

Ephraim cerró los ojos con fuerza. El delirio lo arrastró dos años atrás en el tiempo. Su cabeza cayó hacia un lado.

—Mía —susurró el muchacho. Una lágrima solitaria, caliente y salada, escapó por la comisura de su ojo y se perdió en la barba sucia—. Mía. Keziah es mía.

La muchacha se quedó petrificada. El viento aulló entre las ramas, pero ella solo escuchó el eco de esas palabras. «Quiero hacerla mi esposa».

El asombro dio paso a un torrente de recuerdos. Keziah cerró los ojos un instante. Viajó en su propia memoria hasta aquel frío día de invierno en el que llegó a la aldea.

Había caminado durante meses. Cruzó territorios hostiles, sobrevivió a las tormentas de nieve, a la amenaza de los lobos y al miedo constante a los tramperos franceses.

Su padre y su madre yacían bajo la tierra helada del oeste.

Ella llegó a los límites de la colonia de Massachusetts convertida en un animal acorralado, exhausta, hambrienta y muerta de miedo.

Y entonces lo vio a él.

Ephraim Holt cortaba leña. Era un gigante joven, fuerte y ancho de hombros.

Keziah esperó rechazo, el disparo de mosquete.

Todo aquello que los nativos habían advertido de los blancos.

Pero el muchacho bajó el hacha y le ofreció su cantimplora de agua.

Lo miró a los ojos y vio una nobleza pura, una bondad sin filtros.

Por primera vez en muchos meses, Keziah se sintió a salvo.

Sintió que había encontrado un hogar en la mirada de ese colono.

Durante las primeras semanas en la aldea, creyó que el sentimiento era mutuo. Ephraim la buscaba. Sus manos se rozaban por accidente. Él la miraba con una devoción que la hacía sonrojar. Keziah, la muchacha rebelde y pragmática, bajaba las defensas solo con él.

Había buscado su lugar en el mundo, errante.

Una blanca entre nativos, una pagana entre cristianos.

Construyó en esos pocos encuentros un mundo de fantasías junto al cazador, cuando él la ayudaba a construir su cabaña ella pensaba en cómo sería compartirla.

Había tallado la flor de lis en la ventana para que el sol se colara por ella en las mañanas y bañara con su luz el nuevo hogar.

Casi se sintió capaz de adaptarse a las normas puritanas. A ocultar su cabello, a bajar la mirada, siempre y cuando pudiera soltárselo frente a él y alzar sus ojos hacia los castaños de Ephraim. Construir un mundo privado a costa de renunciar al público.

Pero el sueño se rompió de un día para otro.

Ella se rompió también. Todas las penurias del oeste no la habían curtido tanto como esa decepción, porque aquella vino de un hombre y no de la naturaleza.

A esa desilusión podía conectarla con un culpable, no dependía de las leyes inexorables del universo.

Ephraim desapareció. No lo vio durante semanas.

Cuando el hijo del reverendo regresó a la luz pública, anunció su compromiso con Charity.

Keziah lo buscó con la mirada en la iglesia, pero él le devolvió un rostro de hielo.

La miró con desprecio. La llamó hereje. La trató como a una escoria, como a una tentación enviada por el diablo.

Keziah nunca lo comprendió. Construyó una coraza de sarcasmo y orgullo para proteger su corazón roto. Se convenció a sí misma de que todos los puritanos eran iguales. Hipócritas. Cobardes. Hombres débiles que se escondían detrás de la religión para no asumir sus propios deseos.

Hasta esa noche.

—La sangre... —sollozó Ephraim en su delirio. Su cuerpo entero se convulsionó por un escalofrío brutal—. Perdóname, padre. Quema. El cuero quema. No la miraré más. Lo juro.

Keziah abrió los ojos de golpe.

El dolor en las palabras del muchacho le perforó el alma. Miró la chaqueta de cuero. Pensó en la espalda destrozada de Ephraim, en los latigazos de la tarde anterior en la plaza del pueblo. Recordó la voz estruendosa y cruel del reverendo Increase Holt.

Las piezas del rompecabezas encajaron con una claridad devastadora.

Él nunca la despreció. Nunca dejó de desearla.

El reverendo descubrió los sentimientos de su hijo.

Keziah comprendió la atrocidad puritana en toda su magnitud.

El padre torturó al hijo. Lo azotó. Lo castigó con el látigo en la oscuridad de una habitación cerrada hasta quebrar su voluntad.

Lo obligó a renunciar a ella a base de sangre, dolor y terror al infierno.

Ephraim no dimitió por falta de amor. Dimitió porque su mente de dieciséis años no pudo soportar la tortura física y psicológica.

Le hicieron creer que su amor puro era una maldición demoníaca.

Una presión dolorosa le oprimió la garganta a Keziah. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

Ephraim Holt, el hombre grande y severo que la regañaba por cada palabra altisonante, era en realidad un niño roto. Un muchacho que había sacrificado su propia cordura bajo el látigo de su padre por desearla.

—No... no te acerques —balbuceó él de nuevo. Agitó los brazos en el aire con torpeza. Luchó contra las manos de la joven cuando ella intentó desabrocharle la chaqueta—. Pecado. Cúbrete. Charity... Charity es mi esposa.

Keziah respiró hondo. Se tragó las lágrimas, puesto que necesitaba que él cooperara. Si luchaba contra ella, perdería la poca energía que le quedaba y su corazón colapsaría por el esfuerzo de la fiebre.

Tenía que entrar en su delirio. Tenía que darle lo que su mente atormentada reclamaba para encontrar la paz.

Keziah se inclinó sobre él. Tomó el rostro ardiendo del muchacho entre sus manos frías y sucias. Lo obligó a mirarla.

—Sí, soy tuya, Ephraim —susurró ella. Su voz sonó dulce, firme y cargada de una convicción absoluta—. Soy tuya. Soy tu esposa.

Él dejó de agitar los brazos al instante. Los ojos oscuros, velados por el velo opaco de la fiebre, buscaron el azul de la mirada de la mujer. La confusión surcó sus facciones contraídas.

—¿Keziah? —preguntó él. Un hilo de esperanza se coló en su voz rota.

—Sí. Soy yo —afirmó ella. Acarició la mejilla cubierta de barba con el pulgar—. No hay pecado aquí. No hay castigo. Solo estamos tú y yo.

Ephraim soltó un suspiro largo y tembloroso. Toda la resistencia abandonó su cuerpo enorme. Sus hombros se hundieron.

—Déjame desvestirte —pidió ella con suavidad—. Déjame cuidarte en la salud y en la enfermedad, como juramos ante Dios.

El muchacho asintió con lentitud. Una sonrisa débil, la primera sonrisa de paz genuina que Keziah le veía en años, asomó a los labios resecos del cazador.

Ella no perdió un segundo. Desabrochó la pesada chaqueta de cuero. Retiró la prenda con sumo cuidado. Ephraim no llevaba camisa debajo, pues la había rasgado entera al amanecer para fabricar los pañales de su hija.

El torso del muchacho quedó al descubierto.

Keziah se llevó el puño cerrado a la boca y mordió la piel para ahogar el grito de furia que le nació al verlo.

La espalda de Ephraim era un mapa de puro horror.

Los latigazos recientes cruzaban su piel en líneas rojas, hinchadas y supurantes.

Los bordes de las heridas tenían un tono amarillento y oscuro.

El olor a carne infectada y a fiebre le golpeó las fosas nasales.

Pero lo que más le dolió a Keziah no fueron las heridas frescas.

Fueron las cicatrices viejas. Marcas blancas y gruesas, surcos de cuero curado que cubrían sus omóplatos y su zona lumbar.

El testimonio mudo del castigo que sufrió dos años atrás por atreverse a quererla.