Capítulo 12
Ephraim dejó a la pequeña Feith dormida sobre un lecho de musgo seco, a una distancia segura de la orilla. La arropó bien con su chaqueta de cuero. La niña descansaba por fin, ajena a la persecución, al frío y al tormento que devoraba el alma de su padre.
El cazador necesitaba mantener la mente ocupada.
Tomó su cuchillo y se adentró un poco más en la espesura.
Debía buscar ramas secas para encender un fuego pequeño y sin humo.
También necesitaba encontrar otro olmo americano.
La leche de la cierva no duraría para siempre y requerían más corteza para preparar el alimento del mediodía.
Caminó paralelo al arroyo. Sus botas aplastaron las hojas caídas.
El aire matutino era un cuchillo helado en sus pulmones.
El dolor de su espalda palpitaba con cada paso, un recordatorio constante de su condena.
Pero el frío exterior no lograba apagar el calor turbio que se había encendido en su pecho desde el amanecer.
Avanzó unas cien yardas río abajo. El cauce se ensanchaba allí, protegido por una barrera de sauces llorones y rocas grises.
Echó una mirada atrás para asegurarse de ver a su hija, tendría que desarrollar algún método para poder cargar con ella y tener ambas manos libres.
Pero lo cierto era que no contaban con nada, de hecho, pronto tendría que hacer otro paño con su camisa y con eso terminarían la ración de tela.
Ephraim se detuvo en seco.
Colgado de una rama baja, a escasos pasos del agua, vio el vestido de Keziah. La tela oscura de lana colgaba inerte. A su lado descansaban las enaguas manchadas de barro y su camisa de lino. Las ropas abandonadas parecían la piel mudada de una criatura salvaje.
Él quiso dar media vuelta. Su conciencia, forjada a base de sermones y castigos, le ordenó huir. Mirar a una mujer desnuda que no era su esposa constituía un pecado mortal. Lo condenaría al fuego eterno.
Pero sus pies no le obedecieron.
Avanzó un paso más. Apartó con lentitud la cortina de hojas de sauce.
El mundo entero desapareció.
Keziah estaba en el agua. La corriente le llegaba hasta la cintura.
El sol de la mañana se filtraba entre las copas de los árboles y bañaba su piel pálida con una luz casi irreal.
Estaba de espaldas a él. Su cabello negro, mojado y pesado, caía como una cascada de tinta sobre la blancura inmaculada de su espalda.
Las gotas de agua brillaban sobre sus hombros esbeltos.
Ephraim dejó de respirar. Se quedó petrificado, oculto tras la maleza. El hacha cayó de su mano, pero la hierba espesa ahogó el sonido.
La belleza de la muchacha lo golpeó con la fuerza física de una embestida. No había en ella ningún defecto. No había impureza. Era perfecta, salvaje y absolutamente prohibida.
Keziah alzó los brazos para exprimir el agua de su cabello. El movimiento tensó los músculos de su espalda y develó la curvatura de su perfecto trasero. Su rostro quedó medio vuelto, mostró el perfil de su pecho izquierdo.
Un calor denso y brutal se apoderó del cuerpo de Ephraim.
La sangre huyó de su cabeza y se concentró en su vientre con una violencia que lo dejó mareado.
El deseo estalló en sus venas. Sintió cómo su hombría se endurecía al instante.
Una erección dura, pesada y casi dolorosa tensó la tela húmeda de sus pantalones de lana.
El puritano cerró los puños. Las uñas se le clavaron en las palmas de las manos. Sintió el impulso de quitarse la ropa también, de sumar su desnudez a la de ella y tomarla.
Hacerla suya, hundirse en su carne y experimentar el goce entre sus piernas.
El recuerdo de Charity cruzó su mente por una fracción de segundo. Su esposa legítima, pálida y recatada en el lecho conyugal. Sus encuentros furtivos y silenciosos, envueltos en oscuridad, llenos de culpa y oraciones apuradas. Charity siempre cerraba los ojos. Charity cumplía un deber.
La mujer frente a él en el río no era un deber. Era la tentación más pura de la tierra.
Las heridas de los latigazos en su espalda latieron. La memoria del cuero abriéndole la piel regresó. La voz resonante y colérica del reverendo Holt le taladró los oídos. «¡Es una sierva de la oscuridad! ¡Te ha embrujado!».
Ephraim apretó la mandíbula y tragó saliva.
La nuez le subió y bajó por la garganta reseca.
Si el precio de mirarla era el infierno, lo pagaría con gusto.
Si ella era una bruja, si era un demonio enviado para arrastrar su alma al abismo, él ya no opondría resistencia.
Danzaría feliz con ella en las llamas. Ardería por toda la eternidad solo por tocar esa piel mojada una sola vez.
Keziah se detuvo. Sus manos soltaron el cabello negro.
El instinto agudo de la muchacha del bosque le advirtió de su presencia. Sentía la mirada del hombre clavada en su nuca, el peso del deseo en el aire helado de la mañana.
Se giró despacio.
El agua se agitó a su alrededor. Sus ojos celestes, tan claros y profundos como el hielo antiguo, buscaron la barrera de sauces. Encontraron los ojos oscuros y febriles de Ephraim en un instante.
El cazador fue descubierto. El pánico inicial le exigió retroceder, esconderse en las sombras como un cobarde, pedir perdón por su impudicia.
No lo hizo. No apartó la mirada. La sostuvo con un desafío nuevo, cargado de hambre atrasada y desesperación.
Keziah no gritó. No se cubrió los pechos con los brazos asustados.
No mostró ni una pizca de la vergüenza que las doctrinas exigían a las hijas de Eva.
En lugar de eso, una chispa indescifrable se encendió en su mirada.
Era desafío. Era orgullo. Y era, también, una respuesta directa al fuego que devoraba al hombre.
Mantuvo el contacto visual. Dio un paso hacia la orilla.
Ephraim sintió un temblor recorrerle las piernas.
No pudo mantener sus ojos clavados en los azules de ella, recorrió…
acarició con su mirada cada rincón de su piel.
Los pezones rosados y enhiestos por el frío, la cintura estrecha, la cadera redondeada y el triangulo oscuro que ocultaba su femineidad.
Las gotas resbalaban por sus clavículas, trazaban caminos húmedos por sus costillas y se perdían en la intimidad de su cuerpo.
Caminó hacia él con la majestad de una reina salvaje. No apartó los ojos de los suyos en ningún momento.
El aire helado chocó contra su piel desnuda, pero ella no tembló.
Se plantó en la orilla de piedra, a menos de cinco pasos del escondite de Ephraim.
Expuso su desnudez sin ningún pudor, sin ninguna reserva.
Se dejó ver por completo. Ofreció al puritano la visión de todo lo que la religión le había prohibido desear.
Y entonces los labios de ella se abrieron para respirar. Su inhalación fue lenta y cuando exhaló, sonó como un suspiro tibio que dibujó vaho a su alrededor.
La prueba de que ella también lo deseaba.
Ephraim soltó un gemido sordo. La tensión en su entrepierna se volvió insoportable. Su cuerpo entero se tensó como la cuerda de un arco a punto de romperse. El corazón le golpeó las costillas con una furia desmedida.
Nunca en su vida había visto algo tan hermoso. Nunca había deseado algo con tanta violencia.
Ella levantó la barbilla. Su mirada azul lo perforó. Era un reto mudo. Un desafío que decía: «Aquí estoy. Esto es lo que soy. ¿Te atreves?».
Ephraim sintió que iba a morir. El calor en sus entrañas alcanzó un punto crítico.
La excitación lo llevó al límite absoluto de su control.
Estuvo al borde del abismo, al borde del orgasmo allí mismo, de pie entre los matorrales, solo por la intensidad de mirarla y saberse correspondido en el desafío.
El bosque desapareció. El frío desapareció. Solo existían los ojos celestes de la bruja y el agua resbalando por su piel inmaculada.
Como un cobarde, se dio media vuelta y regresó al amparo del bosque.