Capítulo 11
El sol asomó por encima de las colinas del este. La luz pálida de la mañana iluminó el bosque y disipó las sombras más densas, pero el frío se mantuvo aferrado a la tierra con garras de hielo.
Retomaron la marcha antes de que la aldea entera despertara. Keziah caminaba por delante. Llevaba a la cierva atada con la soga improvisada de sus enaguas. El animal avanzaba con pasos dóciles, resignado por completo a su nueva condición de cautivo.
De la espesura surgieron dos crías de ciervo. Los cervatillos, delgados y con manchas blancas sobre el lomo marrón, trotaron tras su madre sin mostrar el menor temor hacia los humanos.
Ephraim caminaba unos pasos por detrás. Llevaba a la pequeña Feith envuelta contra el pecho y no podía apartar la vista del extraño cortejo que los seguía.
El gran cazador de la colonia observó la escena en absoluto silencio.
Cualquier animal salvaje habría huido en estampida al sentir el olor del hombre, pero allí estaban.
—Es magia negra —murmuró él—. Ningún animal del bosque actúa así sin un encantamiento de por medio. Los has embrujado.
Keziah no detuvo el paso. Apenas giró un poco la cabeza para mirarlo por encima del hombro.
—Es la naturaleza, Holt —respondió ella—. La hembra está atada y ellos tienen hambre. El instinto es más fuerte que el miedo a tu presencia. No hay brujería, solo necesidad pura.
Ephraim miró a la cierva y a sus crías. La hembra les permitía acercarse a sus flancos mientras caminaba.
—La naturaleza es más sabia que nosotros, entonces —admitió él. Una nota de amargura le rasgó la garganta—. Esa bestia cuida de los suyos incluso en el cautiverio. Charity abandonó a su propia hija en la comodidad de una cama caliente. La condenó a morir de hambre por una simple marca en el rostro.
Keziah frenó en seco. Se giró por completo hacia él. Los cervatillos chocaron contra las patas de su madre y se quedaron quietos, expectantes.
—Las bestias también abandonan a sus crías en el bosque —lo corrigió ella—. Ocurre a diario en la naturaleza cuando nacen débiles o enfermos. Lo hacen para salvar al resto de la camada. Lo que falló en tu esposa no fue su lado salvaje.
—¿Qué falló entonces?
—La razón —sentenció Keziah—. Tu esposa dejó que el miedo ciego a tu padre y a las lenguas de la aldea aplastara su raciocinio. Los animales actúan por mera supervivencia. Vosotros actuáis por terror a lo que no entendéis.
Ephraim no supo qué responder. Apretó la mandíbula y bajó la mirada hacia Feith. Keziah tenía razón una vez más. La cobardía de los hombres de su pueblo era mucho peor que cualquier instinto animal.
Retomaron la marcha en un silencio tenso pero reflexivo. El rumor del agua rompió la quietud del bosque poco después.
Llegaron al arroyo. La corriente bajaba rápida y cristalina desde las cumbres nevadas. El agua golpeaba contra las piedras lisas con un sonido alegre.
Keziah ató la cuerda de la cierva a la rama baja de un fresno. Los cervatillos se dispusieron de inmediato a mamar.
La mujer se acercó a Ephraim y extendió los brazos.
—Dámela —pidió ella.
Él le entregó a Feith con cuidado. Keziah acomodó a la niña en un brazo.
Con la mano libre, comenzó a mover las piedras grandes de la orilla.
Arrastró rocas planas y redondas. Las apiló en el borde del arroyo.
Creó un semicírculo perfecto contra el margen de tierra.
Luego, recogió puñados de barro arcilloso y selló los huecos entre las piedras.
Ephraim la observó desde la distancia. El dolor de su espalda le exigía descanso, pero la curiosidad superó al agotamiento.
El agua del cauce principal se filtró despacio a través de las rocas. En pocos minutos, Keziah formó una pequeña pileta natural, aislada de la corriente fuerte, con apenas un palmo de profundidad.
—¿Qué haces? —preguntó él. Se acercó a la orilla y miró el pozo improvisado.
Keziah desató los nudos del improvisado pañal hecho con la camsia de Ephraim. Desenvolvió a la niña con movimientos rápidos.
—Preparo un baño decente —respondió ella—. La limpiamos con un par de hojas antes, pero eso no es suficiente. Necesita agua fresca para no enfermar.
—Podrías lavarla en la orilla, directamente en la corriente. Pierdes el tiempo con esas piedras.
Keziah se detuvo. Lo miró desde abajo con una expresión de infinita paciencia.
—Si la lavo en la corriente, el agua helada se la llevará de las manos. Además, la suciedad de tu hija viajará por el cauce y contaminará todo. Porque de esa agua beberemos nosotros, tonto.
Ephraim frunció el ceño.
—¿Sigues pensando que soy bruja o aceptas de una vez que es que tú eres muy tonto? —insistió ella. Una sonrisa mordaz asomó a sus labios.
El puritano apretó la mandíbula, mantuvo la boca cerrada, sin caer en la provocación. Sabía que cualquier respuesta iniciaría una batalla dialéctica en la que tenía todas las de perder.
Keziah puso los ojos en blanco ante su silencio obstinado.
—El viaje será muy aburrido si sigues con esa cara de pocos amigos, Holt —declaró ella.
Sumergió a Feith en la pileta de piedra con sumo cuidado. El agua estaba helada. La bebé soltó un alarido de protesta. El llanto resonó en los árboles y asustó a los cervatillos, que levantaron las orejas alerta.
Keziah ignoró los gritos. Frotó la piel diminuta con agilidad.
Usó un poco de arena fina del fondo para limpiar la suciedad más persistente.
Fue un baño rápido y superficial, a los bebés no se los bañaba tan pronto cuando estaban en un espacio cuidado.
Pero bueno, tampoco se les limpiaba el meconio con hojas.
En menos de un minuto, sacó a la niña del agua y la envolvió de nuevo en el lino blanco de la camisa rasgada de Ephraim.
Frotó la tela contra la piel para devolverle el calor.
Feith dejó de llorar. El contacto tibio la calmó.
Keziah acomodó las mantas a su alrededor. Cubrió su cabeza con los bordes de lana para protegerla del viento.
—Tendremos que alcanzar alguna aldea pronto —dijo ella. Su tono perdió la burla y se volvió sombrío—. Las colonias holandesas del oeste o algún asentamiento de los franceses. O incluso algún campamento de invierno de los mohicanos.
—Los indios nos arrancarán la cabellera —afirmó él.
—Los indios nos darán una tienda caliente y sopa de maíz. Tus hermanos cristianos son los que quieren prenderte fuego, te lo recuerdo.
Ephraim no pudo rebatir la evidencia. Las heridas de su espalda latieron en respuesta.
—No nos bastarán estas ropas para una nevada seria —continuó ella. Acomodó a la niña en sus brazos—. Mi vestido no soportará muchos más tirones. Y tú vas medio desnudo bajo esa chaqueta de cuero. Moriremos congelados antes de llegar al gran río si no encontramos refugio.
Él asintió. Se acercó a la orilla del arroyo. El viaje exigía resistencia, y él se sentía cubierto de mugre, sudor frío y sangre reseca. Apestaba a miedo y a huida. Necesitaba limpiarse para evitar que las heridas se infectaran del todo.
Se arrodilló frente a la corriente principal.
Hundió las manos en el agua cristalina. El frío le cortó la respiración.
Llevó el agua a su rostro. Se frotó las mejillas ásperas, cubiertas por una barba de varios días.
Luego salpicó agua sobre su cuello. Intentó limpiar el sudor bajo la chaqueta de cuero, pero la ropa mojada se pegó a su piel y aumentó la sensación de frío.
Comenzó a frotar los bordes de la chaqueta y los restos de su camisa interior. Empapó la tela sobre sus brazos sin atreverse a desabotonar el cuero.
Keziah lo observó desde la orilla. Cruzó los brazos sobre su pecho. Una carcajada incrédula brotó de su garganta.
—¡Así no te limpiarás en la vida! —exclamó ella. Arqueó una ceja y negó con la cabeza—. Solo estás consiguiendo congelarte la ropa puesta. Eres un verdadero desastre para la supervivencia en la naturaleza.
Ephraim se detuvo. El agua le goteaba por la barbilla y la nariz.
—Quitarse las ropas a la intemperie es tentar al demonio —respondió él con severidad.
Trató de sonar autoritario. Trató de invocar la dignidad de sus veinte años y la rectitud de su crianza puritana.
Keziah soltó otra carcajada. El sonido resonó alegre en el claro del bosque. Su risa era un insulto directo a las estrictas leyes de Dios, pero a Ephraim le pareció el sonido más vivo del mundo.
—¡Tentar al demonio! —repitió ella entre risas—. Oh, gran cazador. Te aseguro algo con total certeza que no lo seducirás con tu cuerpo de hombre sensual.
Ephraim sintió que la sangre le hervía en las venas.
El calor le subió a las mejillas a pesar de la temperatura glacial del agua.
«Cuerpo de hombre sensual». Las palabras salieron de su boca con una naturalidad pasmosa.
Ella lo decía para burlarse de él, para avergonzarlo.
Y, sin embargo, el efecto en el muchacho fue devastador.
La imagen de la piel pálida de Keziah a la luz del fuego la noche anterior regresó a su mente con una fuerza abrumadora.
—Lo espantarás con el olor —remató ella. Se tapó la nariz con los dedos en un gesto teatral—. Apestas a sudor, a sangre seca y a miedo. El diablo olerá eso a cinco millas y saldrá corriendo en dirección contraria.
Él se puso en pie con brusquedad. El agua helada le empapó los pantalones de lana por encima de las rodillas. Estaba indignado, furioso. Y estaba, sobre todo, terriblemente atraído por la insolencia de esa muchacha.
Caminó hacia ella con grandes zancadas. Keziah no retrocedió ni un milímetro. Mantuvo su postura altiva, con la bebé dormida en los brazos y la sonrisa burlona intacta en los labios.
Ephraim se detuvo justo frente a ella. Tomó a Feith con brusquedad, pero sin hacerle daño. Acomodó a su hija contra su pecho. Clavó sus ojos oscuros en los ojos azules de la mujer. El rencor y el deseo se mezclaron en su mirada.
—Ve a bañarte tú también —refunfuñó Ephraim. Su voz sonó más áspera que de costumbre—. O el diablo romperá tu pacto, bruja. No hueles a rosas precisamente.
No, olía a algo mucho más tentador. A mujer. Qué tortura era seguir a su lado.
Giró sobre sus talones. Caminó hacia el árbol donde la cierva y los cervatillos descansaban. Se sentó sobre una raíz sobresaliente, le dio la espalda al arroyo y clavó la vista en los árboles espesos.
Escuchó el roce de la tela detrás de él. Le pareció que se alejaba, al menos buscaba un sitio privado para apiadarse de su alma mortal.
Ephraim apretó los ojos con tanta fuerza que vio destellos blancos.
Tragó saliva. Se negó a mirar hacia atrás.
Se obligó a concentrarse en la respiración suave de Feith.
Murmuró un salmo en silencio, pero las palabras sagradas perdieron todo su significado cuando el sonido de la muchacha sumergiéndose en el agua helada llegó a sus oídos.
El viaje sería largo. Demasiado largo. Y Ephraim Holt no estaba seguro de poder sobrevivir a él con su alma intacta.