Capítulo 10
El látigo restalló en la oscuridad de su mente.
Ephraim despertó de golpe. Un jadeo ahogado escapó de sus labios agrietados. El corazón le golpeaba el pecho con la fuerza de un martillo desbocado. Abrió los ojos en la penumbra y buscó el techo de madera del despacho de su padre, pero solo encontró el dosel infinito de las ramas de los pinos.
El frío de la madrugada le mordió el rostro. Tardó varios segundos en ubicar su propia existencia. Estaba en el bosque. Era un prófugo. Un hereje condenado a muerte por su propia sangre.
Un latigazo de dolor real y punzante le recorrió la espalda.
Las heridas abiertas en la plaza del pueblo ardían bajo la tela de su camisa.
Por un instante eterno, el dolor del presente se mezcló con el recuerdo brutal de la pesadilla.
La sangre de sus veinte años se confundió con la sangre de sus dieciséis.
El odio infundado, el miedo impuesto a golpes de cuero y citas bíblicas, todo regresó para envenenar su despertar.
Una neblina negra y turbulenta se instaló en su mente.
Cerró los ojos con fuerza. Deseó desaparecer. Deseó no haber nacido jamás.
Entonces, notó el peso cálido contra su cuerpo.
Ephraim bajó la vista con lentitud. Las brasas de la fogata agonizaban a pocos metros, pero la luz pálida y azulada del amanecer comenzaba a filtrarse entre los troncos de los árboles.
No estaba solo.
Sus brazos grandes y callosos rodeaban una figura más pequeña.
Keziah dormía acurrucada contra él. La mujer tenía la cabeza apoyada en el hueco del hombro de Ephraim.
Su respiración era suave, acompasada, y el aliento tibio acariciaba el cuello del cazador.
Entre ambos, protegida por el calor combinado de sus cuerpos, descansaba la pequeña Feith.
Ephraim observó la escena con el pulso alterado.
Su brazo derecho descansaba sobre la cadera de la muchacha.
La tela arruinada del vestido de Keziah era áspera bajo sus dedos, pero él podía sentir la firmeza de su cuerpo debajo.
Podía oler el aroma a tierra húmeda, a humo de leña y a algo dulce y salvaje que pertenecía solo a ella.
El pánico puritano intentó asaltarlo de nuevo. Era un hombre casado. Ella era la tentación encarnada, la mujer que desencadenó su ruina.
«Solo es para darles calor», se dijo a sí mismo.
Tragó saliva. Repitió la excusa en su mente como si fuera un salmo protector.
La noche de Massachusetts era implacable.
El hielo ya cubría las hojas secas en los bordes del claro.
Si no las hubiera abrazado, si no hubiera compartido su propio calor vital, la niña y la mujer habrían amanecido congeladas.
No era lujuria. Era supervivencia. Su deber como protector.
Ephraim desvió la mirada hacia un lado y notó un detalle nuevo.
El cuenco de corteza de olmo estaba vacío y tirado sobre el musgo.
Keziah se había despertado en mitad de la noche.
Preparó el fuego, calentó la leche sobrante y volvió a alimentar a la bebé mediante ese método íntimo y desesperado.
Y lo hizo sin despertarlo. Le permitió descansar, le concedió un respiro para que su cuerpo destrozado se recuperara.
Una punzada de culpa atravesó el pecho del hombre. Su padre la llamaba monstruo. Su pueblo quería quemarla viva. Y ella, en silencio, velaba por la vida de la hija de sus verdugos.
Keziah se movió.
Ephraim contuvo la respiración. Retiró su brazo de la cadera de la muchacha con suma lentitud, por miedo a asustarla.
Ella arrugó la nariz. Las pestañas oscuras temblaron contra sus mejillas pálidas y sucias.
Abrió los ojos despacio. El azul cristalino de su mirada se encontró con los ojos oscuros de Ephraim.
La distancia entre sus rostros era minúscula.
Él esperaba un reproche. Esperaba que ella se apartara con asco o le lanzara un comentario mordaz sobre su moralidad hipócrita.
En lugar de eso, Keziah parpadeó un par de veces. Olfateó el aire frío de la mañana. Una sonrisa lenta, divertida y absolutamente terrenal iluminó su rostro cansado.
—Creo que Wunnie necesita un cambio —dijo ella. Su voz sonó ronca por el sueño.
Ephraim parpadeó. La confusión lo desarmó por completo. Aspiró el aire por la nariz y, de pronto, el hedor lo golpeó sin piedad. Era un olor ácido, fuerte e inconfundible. La digestión de la leche de cierva había seguido su curso natural en las entrañas de la recién nacida.
La neblina oscura de la pesadilla se disipó al instante. El recuerdo de los latigazos de su padre se desvaneció ante la realidad aplastante y pestilente de su propia hija.
Ephraim no pudo evitarlo. Las comisuras de sus labios tiraron hacia arriba. Una sonrisa genuina, amplia y franca, rompió la dureza habitual de su rostro.
—Se llama Feith —corrigió él por puro hábito—. Y apesta a demonios.
Keziah soltó una carcajada breve. Se incorporó sobre el musgo y se frotó los ojos. Bostezó sin ningún tipo de recato.
—Vuestra fe apesta bastante, lo admito —bromeó ella. Miró el pequeño bulto envuelto en la chaqueta de cuero del cazador—. Y tú hablabas de monstruos y maldiciones divinas. El único peligro real aquí es que esta criatura nos asfixie a los dos antes de que salga el sol.
Ephraim se sentó a su lado. El movimiento le arrancó un gruñido de dolor, pero lo ignoró. El humor turbulento lo había abandonado.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó él. Miró a la niña con una mezcla de amor infinito y pavor absoluto—. No tenemos paños ni tenemos mantas limpias. Charity preparó un baúl entero con ropa de lino suave en casa, pero todo quedó atrás.
Keziah cruzó las piernas y evaluó los recursos disponibles.
—La ropa de lino suave es para la gente que vive bajo un techo y no huye de una turba enfurecida —sentenció ella—. Aquí nos apañamos con lo que hay. Desenvuélvela con cuidado. Iré a buscar agua al arroyo que cruzamos ayer. No está tan lejos.
—El agua estará helada. La vas a matar de frío.
—No la lavaremos entera, gran cazador. Solo le limpiaremos el trasero. Si dejas esa suciedad pegada a su piel, se le llenará de llagas. Y créeme, una llaga infectada en un infante es mil veces peor que un susto de agua fría. Abre esa chaqueta y enfréntate a tu obra.
Keziah se puso en pie. Tomó un pedazo de corteza algo profunda y desapareció entre los abedules sin hacer ruido.
Ephraim se quedó a solas con su hija. Suspiró.
Sus manos grandes y torpes apartaron los pliegues de su propia chaqueta.
Luego deshizo el nudo de la manta áspera de lana.
Feith dormía a pierna suelta. Su labio leporino, aquella marca que horrorizó a la aldea entera, le pareció a Ephraim el rasgo más hermoso del mundo.
La peste aumentó al retirar la tela. El cazador arrugó la nariz.
—Dios santo, niña —murmuró él—. Eres pequeña, pero tienes un gran talento para el desastre.
Keziah regresó en pocos minutos. Traía la corteza llena y un puñado de hojas grandes y verdes, gruesas como el cuero.
—Hojas de bardana —explicó ella. Las dejó caer junto a las botas del muchacho—. Son suaves y absorbentes. Nos servirán para lo peor.
Se arrodilló junto a él. Vertió un poco de agua helada sobre una de las hojas y comenzó la tarea de limpieza. Feith se despertó al instante. El contacto del frío en su piel desnuda le provocó un llanto agudo y molesto.
—Lo sé, Wunnie, lo sé —le habló Keziah con un tono cantarín—. Es una injusticia. El mundo es frío y cruel. Pero al menos olerás a hierba y no a ciervo digerido.
Ephraim observó las manos de la mujer. Se movían con una destreza admirable. Limpió la suciedad con rapidez y eficacia. El hombre se sintió inútil una vez más, relegado al papel de simple espectador.
—Necesitamos algo seco para envolverla después —indicó ella. Arrojó las hojas sucias lejos del improvisado campamento—. No podemos dejarla desnuda. Y la manta de lana le raspará la piel ahora que está limpia.
Ephraim comprendió la indirecta. Llevó las manos a los botones de madera de su camisa. Se desabrochó la prenda con movimientos rígidos por culpa del dolor de su espalda.
Keziah detuvo su labor un momento. Alargó la mano y sujetó la muñeca del hombre.
—Tu espalda está en carne viva, Holt. Si te quitas la camisa, el frío se te meterá en las heridas y la fiebre te matará antes del mediodía.
—Es mi hija —rebatió él. La miró a los ojos con determinación—. No dejaré que se congele. Además, es la única tela limpia que nos queda. Tu vestido tiene más barro que tela.
Keziah soltó su muñeca. No discutió más. Sabía cuándo un hombre terco había tomado una decisión irrevocable.
Ephraim se quitó la prenda. El frío del amanecer golpeó su torso desnudo y marcado por el látigo, pero no se inmutó. Tomó su cuchillo de caza y rasgó una gran porción de lino de la parte delantera de la camisa. Entregó el trozo de tela blanca a la mujer.
—Usa esto —ofreció él. Se volvió a colocar la camisa hecha jirones, aunque su vientre quedó al descubierto, luego se puso su pesada chaqueta de cuero directamente sobre la piel desnuda y la abrochó hasta el cuello para retener el calor corporal.
Keziah tomó el lino y envolvió a la bebé con maestría. Hizo un doblez ingenioso entre las piernas diminutas y ató los extremos a la altura de la barriga.
—Parece un paquete de correo enviado desde Boston —bromeó ella. Alzó a la niña en el aire.
Feith dejó de llorar. Se sintió seca, limpia y protegida por la tela suave que conservaba el olor de su padre. Soltó un bostezo enorme que le cerró los ojos de nuevo.
—Es un buen trabajo —admitió Ephraim. Tomó a la niña en sus brazos y la acomodó contra su pecho con una sonrisa satisfecha.
Keziah se limpió las manos en el musgo húmedo. Observó al joven padre durante unos segundos.
—Supongo que el reverendo diría que este olor es azufre directo del infierno —comentó ella con malicia. Alzó una ceja—. ¿O crees que buscaría un pasaje en el Levítico para prohibir la digestión humana?
Ephraim soltó otra carcajada corta. La imagen mental de su padre frente a los pañales sucios de una recién nacida era demasiado cómica.
—Seguramente convocaría a un jurado de ancianos para determinar la procedencia exacta del hedor —respondió él—. Y luego exigiría que yo confesara mis pecados en la plaza pública por haber alimentado a mi hija con leche pagana.
Keziah sonrió con franqueza. Por primera vez desde mucho tiempo, no había veneno en su respuesta ni superioridad en su mirada. Solo existía un momento de paz compartida en medio de la adversidad más cruda.
—Bueno, al menos tu hija está lista para el viaje —dijo ella. Se puso en pie de un salto ágil y revisó su pequeño morral de cuero—. Debemos marcharnos. La luz avanza rápido. Vuestra aldea despertará pronto y los perros tendrán hambre.
Ephraim asintió con gravedad. La tregua del amanecer había terminado. Se levantó con cuidado de no alterar el sueño de Feith. El dolor de su espalda le recordó que la cacería seguía abierta, pero ya no sentía el peso aplastante de la desesperación.
Tenía a su hija sana y salva. Y tenía a la mujer del bosque a su lado.
Ephraim echó un último vistazo a las brasas muertas y siguió los pasos ágiles de Keziah hacia la espesura, dispuesto a adentrarse en el oeste inexplorado que su padre tanto temía.