Capítulo 9 #2
Increase Holt se levantó de la silla con lentitud. Apoyó ambas manos sobre la madera del escritorio, hasta que los nudillos palidecieron por la fuerza de la presión que ejercía sobre la superficie.
—¿La salvaje? —preguntó el reverendo. Pronunció las palabras como si escupiera veneno—. ¿Esa vagabunda sin familia, sin respeto y sin Dios?
—Es una mujer blanca, padre. No tiene a nadie en el mundo. La mejor forma de integrarla en nuestra comunidad es mediante el sagrado matrimonio. Yo la guiaré. Seré un buen esposo para ella, le enseñaré el camino del Señor…
El patriarca rodeó el escritorio. Se acercó a su hijo. La diferencia de altura era mínima, pero la autoridad de Increase llenaba toda la habitación.
—No te engañes a ti mismo con falsas piedades, Ephraim —siseó su padre—. Y no intentes engañarme a mí. He visto cómo la miras.
Ephraim sintió un nudo en el estómago.
—La miro con respeto —se defendió él. Era cierto, lo hacía, aunque sabía que también había una dosis de deseo en su trato con ella.
—¡La miras con lujuria! —bramó el reverendo. Su voz retumbó en las paredes de madera—. La miras como un perro hambriento mira un trozo de carne cruda. Te ha tentado el diablo. Esa muchacha trae la semilla de la discordia, sus ojos desbordan insolencia. ¡No tiene pudor!
—Es hermosa, padre, y es inocente. Solo necesita un hogar. —Sabía que lo que diría sería peligroso, pero él había leído en la Biblia que era el mayor de los sentimientos y esperaba que eso ablandara el corazón de su padre—: Yo la amo.
La bofetada resonó en el despacho. El golpe fue brutal, seco y cargado de odio. La cabeza de Ephraim giró hacia un lado. El sabor a sangre metálica inundó su boca al instante, puesto que el impacto le cortó el labio inferior contra los dientes.
—¡Silencio! —rugió Increase—. ¡Blasfemo! Confundes la ponzoña de Satán con el amor. El amor verdadero nace de la fe y de la sumisión. Lo tuyo es la debilidad de la carne. Has dejado que esa ramera del bosque envenene tus pensamientos.
Ephraim se llevó la mano a la boca. Miró a su padre con rebeldía. El amor que sentía por Keziah le dio un valor suicida.
—Me casaré con ella —desafió el muchacho—. Soy un hombre libre. Si no nos bendices, nos iremos a otra aldea. Volveremos al oeste.
Los ojos del reverendo se abrieron con desmesura. La ira divina transformó su rostro en una máscara de pura furia. Caminó hacia el baúl de madera que descansaba en la esquina de la habitación y lo abrió con manos temblorosas. Extrajo de su interior la disciplina.
Era un látigo corto, trenzado con tiras de cuero endurecido y pequeños nudos ciegos en los extremos. Era el instrumento de castigo purificador, reservado para limpiar las faltas más graves contra el Altísimo.
—Quítate la camisa —ordenó su padre. La voz sonó ahora fría, implacable, desprovista de emoción.
—Padre... —intentó razonar Ephraim. El miedo antiguo resurgió en su interior.
—¡Desnúdate la espalda y arrodíllate ante tu Dios, bastardo pecador! —gritó el reverendo. Alzó el látigo en el aire—. ¡Vamos a expulsar a ese demonio de tu cuerpo!
Ephraim obedeció por inercia, quebrado por los años de obediencia ciega. Se quitó la camisa de lino y la dejó caer al suelo. Se arrodilló sobre las tablas de madera, frente a la ventana cerrada.
El primer latigazo cayó.
El cuero mordió la carne desnuda de su espalda con una precisión salvaje. El dolor fue una línea de fuego blanco que le atravesó el torso y le robó el aliento. Ephraim cerró los ojos con fuerza. Apretó las mandíbulas para no gritar.
—¡Renuncia a ella! —exigió Increase. Descargó un segundo golpe, aún más fuerte que el primero.
El cuero abrió la piel. La sangre caliente comenzó a correr por la espalda del muchacho.
—No —susurró Ephraim. La voz se le quebró.
—¡Ella es el diablo disfrazado! —gritó el reverendo. El tercer latigazo restalló en la habitación—. ¡Te ha embrujado! ¡Es una sierva de la oscuridad!
Los azotes continuaron. La piel se desgarró. El dolor superó el límite de la cordura. Cada golpe iba acompañado de una cita bíblica, de un insulto, de una acusación de hechicería.
Los castigos no terminaron esa noche.
Se repitieron durante semanas. Ephraim pasaba los días encerrado, rezando de rodillas sobre maíz crudo, con la espalda en carne viva.
Su padre le leía el Malleus Maleficarum .
Le hablaba de los súcubos, de las brujas que usaban su belleza antinatural para arrastrar a los hombres rectos a las calderas del infierno.
Le machacó el espíritu y la mente con la misma brutalidad con la que le destrozó la piel.
El aislamiento, el dolor extremo y la doctrina implacable hicieron su trabajo. La mente del muchacho no pudo soportar la contradicción. Para sobrevivir, para detener la tortura, su cerebro cedió.
Comenzó a creerlo.
Si la amaba tanto, si no podía arrancársela del corazón a pesar del sufrimiento, no podía ser un amor natural.
Tenía que ser obra de la magia negra. Ella no era una muchacha solitaria que buscaba refugio, era una bruja.
Lo había tentado con sus ojos azules y su sonrisa insolente.
Había conjurado un hechizo sobre él en aquel primer encuentro en el bosque.
La mañana que Ephraim Holt salió por fin de su encierro, anunció su compromiso oficial con Charity ante toda la congregación.
Keziah Brewster estaba presente en los últimos bancos de la iglesia. Lo miró a los ojos desde la distancia. Ephraim sostuvo su mirada. Ya no vio a la hermosa criatura del oeste, solo vio a la hechicera que lo había condenado. Vio al enemigo.
El amor se transformó en un odio amargo y venenoso. Pero en lo más profundo de su alma rota, bajo las cicatrices del látigo y las oraciones de su padre, el deseo primario nunca llegó a morir por completo. Solo se ocultó, agazapado en la oscuridad, a la espera de su momento.