Capítulo 9
Ephraim Holt tenía dieciséis años el día que el bosque le entregó a Keziah Brewster.
Era una mañana fría de finales de invierno.
El viento soplaba directo desde el oeste y traía consigo el olor a pino y a tierra virgen.
El Oeste representaba un abismo insondable para los habitantes de la colonia.
Ningún pionero en su sano juicio se adentraba más allá de las colinas de granito.
Ese territorio inexplorado era el dominio exclusivo de los tramperos franceses, de los indios y de las bestias salvajes.
Para las buenas gentes del pueblo, aquel bosque infinito era el mismísimo hogar de Satán.
Ephraim cortaba leña en el límite de los árboles. Levantó el hacha por encima de su cabeza, el metal brilló bajo el sol pálido de la mañana. Descargó el golpe contra el tronco de roble y la madera se partió en dos con un sonido seco.
Entonces la vio.
Una figura emergió de entre la espesura oscura de los pinos. Ephraim soltó el mango del hacha de inmediato. Dio un paso atrás, por instinto, y llevó la mano al cuchillo que colgaba de su cinturón. Pensó en un ataque indio o en un espíritu del bosque.
Pero era una muchacha.
Caminaba sola. Sus pasos eran lentos, marcados por un agotamiento extremo, pero mantenía la espalda recta y la barbilla alta.
No vestía como las mujeres de la aldea. Llevaba unos pantalones de piel de ciervo ajustados a las piernas, unas botas indias de cuero suave y una casaca de lana burda que le quedaba grande.
Su cabello oscuro caía suelto, salvaje y enredado, sobre sus hombros.
Ephraim sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
A medida que la joven se acercaba a la luz del claro, el muchacho pudo detallar su rostro.
Tenía la piel pálida, aunque algo reseca por el sol y el viento, pero perfecta.
Sus labios estaban secos y agrietados. Y sus ojos…
Ephraim jamás había visto unos ojos de un azul tan intenso.
Eran como el cielo de enero reflejado en la superficie de un lago helado.
Era, sin lugar a duda, la criatura más hermosa que había pisado la tierra.
La muchacha se detuvo a un par de metros del tocón de madera. Lo examinó de arriba abajo con una mirada afilada, desprovista de cualquier recato o sumisión. Las muchachas de la colonia bajaban la vista ante los hombres. Ella lo sostuvo el duelo visual con fiereza.
—Agua —pidió ella. Su voz sonó rasposa por la sed, pero firme.
Ephraim reaccionó al fin. Tomó su cantimplora de cuero del suelo, se acercó a ella con pasos cautelosos, como si temiera asustar a un venado y le tendió el recipiente.
Ella lo tomó sin rozar sus dedos. Bebió con ansia. Un hilo de agua resbaló por su barbilla y se perdió en el cuello de la casaca. Ephraim observó el movimiento de su garganta. Una fascinación absoluta, pura e inocente, echó raíces en el centro de su pecho. Su corazón latió con una fuerza nueva.
—Gracias —dijo ella. Le devolvió la cantimplora y se limpió la boca con el dorso de la mano.
—¿Quién eres? —preguntó él. Su voz sonó más ronca de lo normal. Vestía como una india, pero era blanca. Lucía como una salvaje, pero hablaba inglés a la perfección.
—Keziah. Keziah Brewster.
—Vienes del oeste. Nadie vive en el oeste.
—Frunció el ceño. Le habían enseñado a temer el oeste, era un territorio al que se adentraban solo los valientes guiados en una misión divina.
Pero, si era honesto, no estaba muy seguro de que respondieran al plan de Dios, porque la mayoría de ellos perecía en el camino.
Ya habían dejado de creer que el mundo era plano y que más allá del límite de la tierra aguardaban unas tortugas gigantes a por ellos, sin embargo, el oeste se les presentaba como otra forma de límite. Hacia allí no los acompañaban los ojos de Dios.
—Yo vivía en el oeste —replicó ella. Su tono cerró la puerta a cualquier duda—. Hasta hace un mes, al menos.
Ephraim frunció el ceño. Repasó las ropas extrañas de la muchacha. La piel de ciervo y el corte de las costuras pertenecían a las tribus, pero sus facciones y el color de sus ojos eran innegablemente blancos.
—Viajas sola —observó él—. ¿Dónde están tus padres? —Tragó saliva al notarla su anatomía, no era una niña, aunque tampoco una mujer. Estaba en el estadio medio, al igual que él—. ¿O tu marido? —agregó en un murmullo, como si no quisiera hacer esa pregunta en realidad.
Una sombra fugaz cruzó la mirada cristalina de Keziah. No hubo lágrimas, ni un solo temblor en sus labios, pero el dolor endureció sus facciones por un instante.
—Mis padres murieron y no tengo esposo —respondió ella. No ofreció detalles escabrosos ni buscó piedad—. Las fiebres se los llevaron a los dos al comenzar el invierno. Estábamos con un grupo de tramperos. Cuando el hielo bloqueó los pasos, me quedé sola.
—Es un milagro que hayas sobrevivido en el bosque.
—No es un milagro. Es saber qué raíces comer y qué huellas evitar —dijo con altanería, y le sonrió apenas.
Quedó fascinado por esa sonrisa de dientes blancos y bastante parejos. Sus dos dientes frontales estaban apenas más separados que los demás, lo que le otorgaba al gesto un aire juguetón, aniñado e irónico.
Ephraim la miró con profunda admiración.
Las mujeres que él conocía escondían la fortaleza para no ofender a los hombres, habían sido inculcadas en el precepto de la sumisión y, aunque muchas eran osadas en el fondo, no lo mostraban jamás abiertamente.
Esta muchacha de apenas quince años había cruzado las montañas sola, en pleno invierno, armada únicamente con su instinto y su valentía.
—¿Por qué has venido aquí? —quiso saber él. Miró hacia la aldea, temeroso de que alguien más lo encontrara hablando con ella antes de poder determinar si era una amenaza o si debía recurrir a la generosidad cristiana y darle cobijo.
—Soy blanca —contestó Keziah con simpleza—. Los ancianos de la tribu amiga de mi padre me dijeron que lo mejor era buscar refugio en una aldea de los colonos. Dijeron que encontraría a mi propia gente. Que aquí estaría a salvo.
Keziah no entró en más detalles, aunque adivinó que Ephraim era más inocente de lo que su fortachón cuerpo parecía transmitir.
No sabía de qué debía ponerse a salvo ni por qué.
Desconocía lo que los hombres blancos les hacían a las tribus y lo que las tribus hacían a los blancos en represalia.
A unas millas de allí, el mundo se regía por las leyes del más fuerte y ella no era la más fuerte.
Aún.
Ephraim asintió con lentitud, de su parte solo había oído mitos. De igual modo, quiso protegerla de inmediato. Quiso ser el muro que se interpusiera entre ella y los peligros del mundo.
—Has llegado a Massachusetts —informó él—. Nuestra aldea está a un cuarto de milla por este sendero. Mi padre es el reverendo de la congregación. Él sabrá qué hacer contigo. Te daremos cobijo.
Keziah ladeó la cabeza. Lo evaluó una vez más.
—¿Y tú cómo te llamas, leñador?
—Ephraim. Ephraim Holt. Y soy cazador… —dijo con un deje de orgullo.
—Pues yo te veo con la leña.
—Sé hacer algunas otras cosas. —Notó que se sonrojaba por su propia vanidad. No sabía por qué había sentido el impulso de mostrar sus atributos.
—Bien, Ephraim Holt, llévame con tu reverendo. Me vendría bien un plato de comida de verdad y una cama que no esté hecha de ramas de pino.
Le sonrió una vez más. Keziah creyó haber llegado al sitio indicado, a un lugar en donde los hombres de bien eran como Ephraim, dispuestos a darle cobijo cristiano a cualquiera que estuviera en necesidad.
Como había enseñado Dios.
Se lamentó no haber tenido el tiempo de preguntarles a sus padres, por qué, entonces, se habían marchado al oeste si el este era tan acogedor.
Él recogió su hacha. Se colocó a su lado para guiarla por el camino de tierra.
Durante el trayecto, Ephraim no dejó de mirarla de reojo.
Su presencia alteraba el orden de su universo.
Olía a humo de leña, a lluvia… a libertad, supuso.
Cada vez que sus brazos se rozaban por accidente debido a la estrechez del sendero, una corriente eléctrica le subía por la espina dorsal.
Ese día, bajo el cielo gris del final del invierno, Ephraim Holt supo que Keziah Brewster estaba allí para cambiarle la vida. Por ese breve instante, los dos saborearon las promesas del futuro.
***
El despacho del reverendo Increase Holt olía a cera derretida y a pergamino viejo. Era una habitación lúgubre, forrada de madera oscura y libros de teología traídos desde Inglaterra.
Ephraim entró en la estancia y cerró la puerta a sus espaldas.
Habían pasado dos meses desde la llegada de Keziah a la aldea.
Dos meses en los que la muchacha causó un revuelo constante.
No usaba la cofia como correspondía (nadie le había enseñado a hacerlo, huelga decir), discutía las escrituras con los ancianos, curaba las heridas de los animales con hierbas y se ausentaba durante horas para caminar sola por el bosque.
Las buenas mujeres murmuraban a sus espaldas.
Pero Ephraim no veía sus defectos, solo su luz.
El reverendo levantó la vista de sus escrituras. Su rostro severo estaba marcado por arrugas profundas y una barba gris rala.
—¿Qué te trae aquí a estas horas, muchacho? —preguntó su padre. Dejó la pluma a un lado.
Ephraim se paró frente al escritorio de roble. Mantuvo la espalda recta. Había ensayado esas palabras durante semanas.
—Padre, quiero casarme.
Increase Holt arqueó una ceja espesa. Una sonrisa fugaz y aprobatoria asomó a sus labios delgados.
—Ya tienes edad para formar una familia, Ephraim. Es una decisión sabia. Hablaré con el padre de Charity mañana mismo. Es una muchacha piadosa, fuerte y...
—No hablo de Charity, padre —lo interrumpió él de inmediato.
El silencio cayó sobre el despacho con la pesadez de una lápida. La sonrisa del reverendo desapareció sin dejar rastro.
—¿De quién hablas, entonces? —exigió saber el hombre. Su voz bajó una octava.
Ephraim tragó saliva, pero mantuvo la mirada firme.
—Hablo de Keziah Brewster.