Capítulo 8
Keziah emergió de las sombras del bosque.
Traía un puñado de tiras pálidas en las manos y un cuenco improvisado con lo que halló curvo en el camino.
La corteza interior del olmo americano desprendía un olor terroso y dulzón, un aroma a vida secreta que el invierno aún no lograba marchitar.
Se sentó junto al fuego con movimientos ágiles y colocó las tiras sobre una piedra plana.
Con el pomo de su cuchillo de caza, machacó la fibra vegetal mediante golpes precisos y rítmicos.
Añadió unas pocas gotas de agua de lluvia que había recogido en el cuenco improvisado. Pronto obtuvo una pasta gelatinosa, densa y translúcida.
Ephraim la observó desde el otro lado de la lumbre.
Mantuvo a la pequeña Feith arropada contra su pecho.
La niña ya no emitía sonido alguno. Ese silencio absoluto le aterrorizaba mucho más que los llantos desgarradores de horas atrás.
El pequeño bulto apenas pesaba en sus brazos. Su calor vital se apagaba.
—Date prisa —suplicó él. Su voz sonó ronca, quebrada por el miedo a la muerte—. Apenas respira.
—Retira el cuenco del fuego —ordenó ella. No levantó la vista de su labor—. Si hierve demasiado, perderá el poco sustento que tiene. Hazlo con cuidado.
Ephraim obedeció. Buscó dos ramas gruesas. Las usó a modo de pinzas improvisadas. Atrapó los bordes curvos de la corteza y apartó el recipiente humeante de las brasas. Lo depositó sobre una zona lisa de musgo fresco para apresurar el descenso de la temperatura.
Keziah vertió el mucílago del olmo en la leche caliente. Removió la mezcla con una varilla de madera pelada. El líquido blanco adquirió una textura más espesa y consistente. Ella acercó el dorso de su mano a la superficie. Evaluó el calor irradiado con la experiencia de mil noches a la intemperie.
—Ya está —anunció ella—. Tiene la consistencia adecuada y no quemará su boca. Tráela.
Ephraim se arrastró sobre sus rodillas hasta quedar frente a la mujer. Descubrió el rostro arrugado de su hija. La recién nacida tenía los ojos cerrados. Su piel lucía de un tono cetrino y enfermizo a la luz de las llamas.
El cazador untó su dedo índice en la mezcla tibia. Lo acercó a los labios de la niña con pulso tembloroso.
Feith apretó la boca. Giró la cabeza hacia el lado contrario con un movimiento débil pero decidido. Su instinto primitivo rechazó el dedo áspero y calloso del hombre. Buscaba la suavidad de un pecho materno. Buscaba el origen natural de la vida, el único consuelo diseñado para su frágil existencia.
Ephraim lo intentó de nuevo. Frotó el líquido blanco contra los labios sellados de la niña. Trató de forzar la entrada. La leche se derramó por la comisura de la pequeña boca. Trazó un surco blanco sobre la mejilla pálida y ensució la manta de lana.
—No quiere —susurró él. La desesperación le desfiguró las facciones—. La rechaza. Intenta beber, maldita sea, intenta beber.
—No la fuerces —le reprendió Keziah—. La ahogarás.
—Se muere, Keziah. No tiene fuerzas para tragar. Busca el pecho de su madre.
La imagen de Charity inundó la mente del hombre.
Su esposa legítima apartó su cuerpo con asco en la cama de la cabaña.
Condenó a su propia sangre al hambre por culpa de una simple marca de nacimiento y de los delirios de un reverendo fanático.
Charity le negó la vida a su propia hija por miedo a la mirada censuradora del pueblo.
—Dame a la niña —exigió Keziah.
Ephraim entregó a su hija con suma reticencia. El miedo le paralizaba las manos.
Keziah acomodó a la bebé en el hueco de sus piernas cruzadas. Evaluó la situación en una fracción de segundo. Comprendió el problema de inmediato. La niña necesitaba el engaño perfecto o se dejaría morir de inanición en ese mismo instante.
Sin dudar un momento, Keziah llevó las manos al escote de su vestido. Sus dedos finos tiraron de los cordones de cuero del corpiño. Separó la tela gruesa y manchada de barro. Deslizó el lino áspero de su camisa interior hacia abajo y dejó al descubierto su seno izquierdo.
La luz anaranjada del fuego bañó su piel pálida, acentuó la redondez de su pecho y el tono rosado de su pezón expuesto al aire helado de la noche.
Ephraim abrió los ojos con desmesura. El terror puritano lo golpeó con la fuerza de un mazo de hierro. Giró el rostro de inmediato. Clavó la mirada en la oscuridad impenetrable de los árboles. Un calor asfixiante le subió a las mejillas. La sangre le latió con fuerza en las sienes.
—¡Por el amor de Dios, mujer! —exclamó él. La indignación y el pudor moral le estrangularon la voz—. ¿Qué locura haces? Cúbrete de inmediato. Esto es una indecencia intolerable.
Keziah no respondió a la reprimenda. Ignoró por completo los escrúpulos exacerbados del cazador.
Ephraim apretó los puños contra sus propios muslos. Su padre le enseñó desde la infancia que la desnudez femenina era la puerta directa a todos los pecados de la carne. De hecho, hasta había yacido vestido con su esposa, solo desnudando bajo las mantas las partes necesarias para el acto.
Un hombre temeroso del Señor debía apartar la vista ante la tentación mundana. Debía castigar la impudicia con firmeza y rigor.
—Si te pones remilgado ahora, tu hija morirá —sentenció Keziah a sus espaldas. Su tono sonó frío, pragmático, desprovisto de cualquier atisbo de vergüenza—. Tú decides, Holt. ¿Tu moral estricta o la vida de Feith?
Ephraim no se movió. Mantuvo la vista clavada en la silueta oscura de un pino lejano. La tensión le entumeció los músculos de la espalda. Esperó oír el último suspiro de la pequeña. Esperó el fin de su mundo.
Pero el silencio sepulcral del claro se rompió por un sonido nuevo. Un leve chasquido húmedo. Un sonido de succión rítmica y constante.
Los quejidos lastimosos de Feith desaparecieron por completo.
La curiosidad venció a la doctrina religiosa. El amor de padre superó al miedo al castigo divino. Ephraim giró la cabeza despacio y miró por encima de su hombro con suma cautela.
La escena frente al fuego lo dejó petrificado.
Keziah sostenía a la niña contra su piel desnuda. La mujer introdujo dos dedos en el cuenco rústico de corteza. Atrapó una cantidad generosa de la mezcla tibia. Luego llevó los dedos sobre su propio pecho. Dejó caer las gotas de leche espesa justo sobre su pezón.
La bebé sintió el contacto con la piel humana. Reconoció el calor maternal, la textura suave que su instinto reclamaba a gritos. Feith abrió la boca de inmediato y se aferró al pecho de la mujer. Succionó con desesperación la leche de cierva que resbalaba por la piel de Keziah.
Gota a gota. Keziah repitió el proceso con infinita paciencia. Untó sus dedos en la corteza. Regó su seno. Permitió a la criatura alimentarse de la ilusión de un cuerpo de madre.
Ephraim no pudo apartar la vista.
La verdad lo inundó como una epifanía. Aunque estaba viendo una parte de Keziah desnuda, pese a saber el deseo que esa mujer era capaz de despertar en él y el poder de sus hechizos de bruja, no lo consumía la lujuria, sino la ternura.
El fuego iluminaba el perfil concentrado de la mujer.
Proyectaba sombras doradas sobre su cuello y su pecho expuesto.
El cabello oscuro y alborotado caía sobre uno de sus hombros.
La belleza de Keziah en ese instante superó cualquier concepto terrenal.
No era una imagen demoníaca. Era la naturaleza en su estado más puro y fiero.
Era la vida imponiéndose a la muerte en mitad de la noche más oscura.
Una hereje insolente, pensó Ephraim. Una paria despreciada por todos.
Y, sin embargo, ella ofrecía su propio cuerpo.
Brindaba su calor a una criatura ajena sin pedir absolutamente nada a cambio.
Su esposa cristiana, bendecida por la iglesia, le negó el sustento.
La bruja del bosque le otorgó la salvación.
Él tragó saliva. La nuez le subió y bajó por la garganta con dificultad.
Miró la gota de leche blanca resbalar por la piel inmaculada. Observó el leve ascenso y descenso del pecho de Keziah al compás de su respiración sosegada. Y de pronto, sin buscarlo, sin quererlo, un tirón traicionero le sacudió el bajo vientre.
Un calor denso e impropio le recorrió la sangre. Los latidos de su corazón cambiaron de ritmo.
La deseó.
En medio de la desgracia absoluta, del frío polar, de la condena a muerte y de la persecución implacable, el cazador sintió un impulso primario y salvaje hacia esa mujer indomable.
Quiso acortar la distancia. Quiso tocar esa piel iluminada por el fuego.
Quiso hundir el rostro en el hueco de su cuello y olvidar al mundo entero.
Para su total terror, la ternura no había remitido, solo se había mezclado con la lujuria. Lo peor era que le resultara tan natural desearla, anhelar formar parte de ese cuadro que conformaba su hija, él y… su mujer.
No, no era su mujer. No era Charity, desearla era profanar un sacramento sagrado.
Keziah levantó la vista en ese preciso instante. Sus ojos azules se encontraron con los oscuros del hombre. Ella sostuvo la mirada. No hubo rubor en sus mejillas. No hubo un solo gesto para cubrirse. Solo existió una intensidad abrasadora que dejó al hombre sin defensas.
Y entonces, el martillo de la culpa lo aplastó sin piedad.
El peso de veinte años de sermones dominicales, de amenazas de fuego eterno y de castidad impuesta cayó sobre sus hombros con la fuerza de un alud de nieve.
Retiró la mirada de inmediato. Clavó los ojos en el musgo bajo sus botas. La vergüenza le quemó las entrañas.
Era un hombre casado, se recordó a sí mismo con severidad.
Había pronunciado sus votos ante Dios y ante los hombres.
Su esposa Charity yacía en una cama de la aldea, pálida y convaleciente por el tormento del parto.
Él no tenía derecho a albergar esos pensamientos inmundos.
No tenía derecho a sentir el fuego del deseo en una noche marcada por la tragedia.
Apretó los dientes hasta que la mandíbula le dolió.
Esa mujer es una bruja, se repitió en silencio. Es una bruja enviada para destruir mi alma inmortal.
El reverendo Holt tenía razón. El diablo era astuto. El demonio no se presentaba con cuernos y olor a azufre. El maligno utilizaba la belleza terrenal para corromper los corazones puros. Utilizaba la compasión como un disfraz perfecto para sembrar la lujuria y la perdición en los hombres débiles.
Keziah continuó su labor rítmica ajena a la tormenta interior del puritano. Gota a gota, la bebé tragó el alimento con avidez. Los minutos transcurrieron lentos y pesados en el claro. La tensión entre ambos adultos podía cortarse con la misma hoja del cuchillo de caza.
Por fin, Feith soltó el pecho de la mujer. La niña soltó un pequeño suspiro de saciedad. Su rostro perdió el color cetrino y recuperó un leve tono rosado. El agotamiento venció su resistencia. Cerró los ojos y se sumió en un sueño profundo y reparador.
Keziah limpió los restos de leche de su piel con el dorso de la mano. Acomodó la tela interior. Tiró de los cordones de cuero de su corpiño y cerró su vestido con la misma naturalidad con la que lo abrió.
—Ya está —susurró ella. Su voz rompió el silencio de forma suave—. Ha comido lo suficiente para aguantar hasta mañana.
Ephraim no se atrevió a levantar la vista del suelo. El corazón aún le golpeaba el pecho con fuerza desmedida. Asintió en silencio.
—Tómala —ofreció Keziah. Extendió los brazos hacia él con la niña dormida.
Él se acercó de rodillas. Extendió sus manos temblorosas. Sus dedos rozaron la tela del vestido de la mujer al tomar a su hija. Un chispazo eléctrico le recorrió el brazo entero ante el leve contacto físico. Ephraim apartó las manos de inmediato y acomodó a la pequeña contra su pecho.
Keziah notó el rechazo abrupto. Una sonrisa amarga se dibujó en la comisura de sus labios.
—Tranquilo, Holt —murmuró ella. Se puso en pie con lentitud y sacudió los restos de tierra de su falda—. La magia oscura no se contagia por un simple roce. Tu alma puritana sigue a salvo por esta noche.
Ephraim guardó silencio. Abrigó a Feith con su chaqueta de cuero. La culpa le impedía pronunciar una sola palabra de agradecimiento. Se sentó junto al fuego y fingió vigilar las llamas.
Ella es una tentación del diablo, se repitió el cazador una y otra vez en la penumbra. Una tentación del diablo.
Pero mientras observaba a Keziah Brewster alejarse unos pasos para buscar un rincón limpio de musgo donde descansar, Ephraim supo una verdad terrible. Si ella era verdaderamente el infierno prometido, él estaba dispuesto a arder en sus llamas sin oponer resistencia.