Capítulo 7
—Haz fuego —ordenó ella. Sostuvo el cuenco de corteza con cuidado supremo para no derramar una sola gota de su valioso contenido.
Ephraim asintió sin dudar. El frío del otoño norteamericano comenzaba a calar los huesos.
La humedad del claro helaba la piel de ambos.
Buscó de inmediato un rincón protegido por unas rocas medianas, a resguardo de la brisa helada que bajaba de la montaña.
Acostó a su hija sobre el musgo blando y le colocó su propia chaqueta de cuero por encima para protegerla.
La niña protestó con un gemido débil. Apenas le quedaban fuerzas para llorar.
Ephraim sintió una punzada de terror en el pecho al oír ese sonido apagado.
Rebuscó en la pequeña bolsa que llevaba atada al cinto, la llevaba siempre y, por fortuna, no se la habían quitado en el arresto.
Se notaba que la turba enardecida no podía pensar, solo se había guiado por el miedo.
De lo contrario, lo hubieran desposeído de cualquier potencial arma.
Agradeció el descuido y extrajo su eslabón de hierro y un pedazo de pedernal negro.
Luego apartó con las manos desnudas la hojarasca húmeda hasta encontrar ramas secas y agujas de pino de la temporada anterior.
Amontonó todo en un pequeño nido. Las heridas de su espalda tiraron de su piel con rabia, un recordatorio cruel de los latigazos de la tarde.
Ephraim ignoró el dolor, se concentró en agradecer su menguada suerte y golpeó el hierro contra la piedra con golpes secos y precisos.
Keziah lo observó en silencio desde unos pasos de distancia. El cuenco de leche descansaba seguro entre sus grandes manos.
Aún recordaba el impacto que le provocó aquel primer encuentro, cuando ella llegó a la aldea. Ephraim Holt era imponente, con su altura por encima de la media, sus ojos marrones expresivos y su cabello oscuro y espeso.
Rememoró las sensaciones que despertó en ella, esa mezcla de miedo y fascinación.
Ephraim podía matarla con facilidad, destrozarla con sus propias manos, pero también protegerla.
Los primeros días había mostrado su faceta protectora, le había ayudado con la cabaña y la había presentado a los aldeanos con el escudo de su apellido por delante.
Pero eso cambió de la noche a la mañana. Empezó por dejar de ir a visitarla y preguntarle sin necesitaba algo, luego la evitaba en la aldea y después, llegó el abierto desprecio. Sus labios acusándola de bruja.
Era el hijo del reverendo y la severidad de su educación pesaba más.
Una chispa saltó y atrapó la yesca de inmediato.
Ephraim se inclinó y sopló sobre la pequeña brasa con un hilo de aire constante.
El resplandor rojo creció, haciendo que un humo gris se elevara en espiral.
Pronto, una llama naranja y viva iluminó la oscuridad del claro.
El cazador alimentó el fuego con ramas un poco más gruesas.
Las sombras bailaron sobre las rocas y proyectaron sus figuras deformadas contra los árboles.
Ephraim suspiró al sentir el calor en el rostro.
Acomodó unas piedras planas alrededor de las llamas para crear un soporte estable.
Luego se puso de rodillas sobre la tierra dura.
Cerró los ojos con fuerza y juntó las manos callosas a la altura del pecho.
Inclinó la frente manchada de barro hacia el suelo en un gesto de humildad profunda.
—Padre celestial, te doy las gracias por tu inmensa misericordia —murmuró él con devoción sincera—. Te agradezco por este alimento en nuestra hora de mayor necesidad. Bendice este fuego y...
Keziah se acercó a la lumbre. La luz anaranjada iluminó una sonrisa torcida en su rostro sucio.
—¿Me rezas a mí? —lo interrumpió ella. Su voz arrastró una nota clara de burla—. Porque fui yo quien le sacó la leche a la cierva, no tu hombre invisible de los cielos. Mi trasero arrastrado por el barro merece algo más de crédito, puritano.
Ephraim abrió un ojo. Miró a la mujer desde su posición devota. Soltó un bufido por la nariz y descruzó las manos con lentitud. Keziah tenía un talento especial para destruir la solemnidad de cualquier momento. Él se incorporó hasta quedar sentado sobre los talones.
—Rezo para agradecer —explicó él con paciencia renovada—. Dios obra milagros. Y Dios te puso en mi camino para salvarnos.
Keziah soltó una risa seca. Negó con la cabeza y el pelo oscuro ondeó sobre sus hombros. Sus ojos azules destilaron un brillo de puro sarcasmo a la luz de la fogata.
—¿Ah, sí? —inquirió ella. Alzó una de sus cejas perfectas con aire de superioridad—. ¿Te refieres al mismo Dios que hace unas horas casi deja que tu gente me prenda fuego en un juicio por brujería? Si ese es su plan divino, tiene un sentido del humor bastante retorcido para mi gusto.
Ephraim no bajó la mirada. Esta vez no se sintió ofendido ni acorralado. La tensión de la huida y el miedo por su hija habían creado una extraña camaradería entre los dos prófugos. Ya no eran el hijo del reverendo y la bruja del bosque. Eran dos parias contra el mundo entero.
—Pues es el mismo Dios que me puso a mí en tu camino para salvarte —rebatió él. Su tono sonó firme, desprovisto de dudas—. Tú me trajiste la leche. Yo evité que cayeras por aquel acantilado hacia una muerte segura. El Señor funciona de maneras misteriosas, mujer. Deberías aceptarlo de una vez.
Keziah se detuvo un momento. Pestañeó ante la lógica aplastante del hombre. Evaluó la respuesta de Ephraim y encontró en ella una verdad innegable. Efectivamente, él la había salvado de los perros y de la turba. No pudo rebatir ese argumento, pero su orgullo le impidió darle la razón por completo.
—Prefiero la naturaleza —sentenció ella por fin.
Dio un paso más hacia el calor del fuego—.
La naturaleza funciona de maneras que sí podemos entender.
La lluvia riega la tierra, la semilla brota, el ciervo huye del lobo.
No hay misterios insondables ni tribunales de ancianos furiosos para interpretar la voluntad de una semilla. Solo supervivencia pura y simple.
—Tu naturaleza casi nos deja sin cena esta noche —le recordó él. Señaló con un gesto de cabeza hacia la cierva atada, que ahora dormitaba de pie en la oscuridad.
—Pero mi cerebro nos consiguió un cuenco lleno —replicó ella sin perder el ritmo—. Así que deja tus rezos para cuando estemos seguros rumbo a tierras civilizadas. Ahora tenemos trabajo de verdad.
Keziah avanzó hasta el fuego. Colocó el cuenco de corteza con sumo cuidado sobre las piedras planas que Ephraim acababa de preparar. El calor de las llamas empezó a lamer la base del recipiente rústico.
—La leche de cierva es demasiado pesada para el estómago de un recién nacido —explicó ella. Su tono de burla desapareció para dar paso a la curandera experta—. Si se la damos pura, le provocará dolores horribles y la devolverá toda. Necesitamos rebajarla.
Ephraim frunció el ceño con preocupación. Se acercó más al fuego. Miró el líquido blanco que comenzaba a calentarse.
—No tenemos agua pura —dijo él—. El arroyo más cercano está a media hora de camino a paso rápido.
—No necesitamos agua ahora mismo —aclaró ella—. Necesitamos que hiervas la leche. Vigila el fuego. No dejes que la llama salte al interior del cuenco o arruinará todo.
—¿Y tú qué harás?
—Yo iré a buscar corteza de olmo americano —respondió Keziah.
Se apartó de la lumbre y miró hacia la negrura de los árboles espesos—.
Conozco un par de ejemplares maduros cerca de la entrada del claro.
La parte interior de su corteza segrega un mucílago suave.
Lo machacaremos y lo mezclaremos con la leche caliente.
Eso calmará el estómago de la niña y la alimentará sin causarle daño.
Ephraim la miró con asombro renovado. Su conocimiento del bosque superaba con creces todo lo que los cazadores más viejos de la aldea creían saber. Ella no solo conocía los nombres de las plantas, sino sus usos íntimos. Entendía la alquimia secreta de la tierra.
—Sabes mucho de todo, Keziah Brewster —admitió él en voz baja.
—Sé lo necesario para no morirme de hambre ni de frío, Ephraim Holt. Ojalá tu padre dedicara menos tiempo al Levítico y más a estudiar la botánica local. Todos viviríais un poco mejor.
Ephraim no defendió a su padre. Ya no tenía motivos para hacerlo. Asintió en silencio y aceptó la tarea. Tomó un palo grueso de la hojarasca y atizó las brasas para controlar la intensidad del calor bajo la corteza.
—Vigila bien eso —le advirtió ella—. Si la leche se quema, te haré ir a ordeñar a ti al próximo ciervo que encontremos. Y te aseguro que patean muy fuerte.
—No se quemará —prometió él.
Keziah sonrió de nuevo, esta vez con una suavidad honesta que le borró las arrugas de tensión de la frente. Se giró sobre sus talones. Sus pies descalzos por el desgaste de los zapatos rozaron el musgo sin hacer ruido.
—Iré rápido —dijo ella—. Todo saldrá bien. Prepararé la comida para Wunnie.
Ephraim detuvo su movimiento con el palo de madera. Alzó la vista hacia la figura esbelta de la mujer.
—Feith —corrigió él de inmediato. Su voz recuperó un matiz testarudo—. Se llama Feith.
Keziah no se detuvo. Caminó hacia las sombras de los abedules. La luz del fuego iluminó su perfil antes de que la oscuridad se la tragara por completo.
—Eso mismo dije —le respondió ella.
Una sonrisa amplia y traviesa se dibujó en sus labios. Le lanzó una última mirada cargada de picardía y se perdió en la espesura del bosque.
Ephraim se quedó a solas junto al fuego.
El calor de las llamas le reconfortó el cuerpo magullado.
Escuchó el crujido de la leña seca y el siseo suave de la leche al comenzar a calentarse en el cuenco improvisado.
Miró el bulto minúsculo que descansaba sobre su chaqueta de cuero.
La niña parecía más tranquila, acunada por la tibieza de la lumbre.
El cazador negó con la cabeza en la soledad de la noche.
Una media sonrisa traicionera asomó a su rostro severo.
Aquella mujer era un verdadero tormento.
Orgullosa, irreverente, terca como una mula y dueña de una lengua más afilada que su propio cuchillo de caza.
Los puritanos le enseñaron que la virtud residía en el silencio y en la obediencia estricta.
Keziah rompía todas las reglas, pero Ephraim no pudo evitar sentir una profunda y reconfortante paz.
El bosque ya no parecía una garganta oscura dispuesta a tragarlos.
Con ella cerca, el bosque era un refugio.
Wunnie. Paz interior.
Ephraim observó el fuego con fijeza. Jamás se lo admitiría a ella en voz alta para no inflar más su orgullo, pero el nombre indígena no sonaba tan mal en absoluto.