Capítulo 6
—Ven —repitió Keziah.
Ephraim no se movió de inmediato. Evaluó a la mujer frente a él bajo la luz escasa de la luna.
La noche era oscura. El bosque se alzaba inmenso, como una trampa mortal a su alrededor.
El dolor de su espalda latía con furia. Las heridas de los latigazos exigían descanso, pero la vida de su hija dependía de sus próximos pasos.
No tenía más opción que confiar en la persona que su propia aldea quería quemar.
Que él, en otro tiempo, en otra historia, tal vez también hubiera clamado en la hoguera.
Acomodó a la pequeña Feith contra su pecho.
La niña soltó un quejido lastimero. El sonido resultó débil, roto por el cansancio extremo.
Ese detalle le heló la sangre más que el viento del norte.
Un bebé que lloraba con fuerza tenía pulmones sanos, en cambio, un bebé que callaba por agotamiento se asomaba al abismo.
—Guíanos —concedió él.
Caminaron a través de la espesura. Keziah marcó el paso con movimientos rápidos y seguros. Evitó las ramas bajas. Esquivó las raíces resbaladizas cubiertas de musgo. Conocía esa parte del terreno mejor que cualquier rastreador de la colonia.
Él se había manejado mejor en los bosques aledaños a la aldea, pero ahora transitaban terreno nuevo. Los límites entre las civilizadas colonias y el incivilizado nuevo mundo.
—Tu padre estará organizando partidas de búsqueda ahora mismo —comentó ella tras un rato de marcha—. Con perros.
—Los perros perderán el rastro en los arroyos —respondió Ephraim—. Y mi padre no conoce esta parte de la montaña. Solo se adentra en el bosque para talar o cazar cerca del río. Teme la oscuridad.
—Él teme a muchas cosas. Por eso necesita culpar a otros de sus desgracias. Vosotros sois todos iguales. Veis al demonio en cada sombra porque no tenéis el valor de mirarlo en vuestros propios espejos.
Ephraim ignoró la ofensa. No tenía fuerzas para discutir sobre teología.
—¿Falta mucho? —preguntó él. Cambió a la niña de brazo.
—Falta lo que falta —replicó ella—. Los hombres de vuestra colonia no tenéis paciencia alguna. Queréis todo resuelto al instante con una simple oración.
—Mi hija se apaga, mujer. No es falta de paciencia, es desesperación.
—Lo sé. Por eso no nos detenemos. Sigue mis pasos y no hagas ruido.
Avanzaron durante otra media hora. El aire se volvió más frío y puro. El olor a pino y a tierra húmeda inundó los sentidos del hombre. De pronto, los árboles se apartaron. La vegetación cedió terreno.
Llegaron a un claro amplio y circular. La luz plateada bañaba la hierba alta. En el centro del prado oculto descansaba una manada. Una docena de ciervos pastaba en la tranquilidad absoluta de la madrugada.
Ephraim sintió el llamado inmediato de su instinto.
El hambre y la urgencia encendieron su sangre.
Su cerebro calculó la distancia. Midió la dirección del viento.
Llevaba su cuchillo atado al cinto. Si lograba acercarse con sigilo, degollaría a uno antes de que la manada reaccionara.
Podría cortar la carne tierna. Podría machacarla.
Quizás lograría exprimir el jugo tibio de las entrañas y dárselo a la niña.
Era un plan primitivo, pero la desesperación no dejaba lugar a ideas mejores.
Llevó la mano derecha a la empuñadura de su arma. Hizo el ademán de avanzar hacia los animales.
Keziah lo frenó. Alzó la mano con una delicadeza inesperada. Rozó el pecho del hombre con las yemas de sus dedos sucios. El toque fue leve, apenas un suspiro sobre la tela áspera, pero lo detuvo en seco. Se sintió como un rayo sobre su piel.
—Quieto ahí, gran cazador —susurró ella.
—Necesitamos comida. Déjame hacer mi trabajo, soy rápido.
—Tu trabajo nos dejará sin el alimento que de verdad necesitamos. La carne no sirve para un infante sin dientes. Observa y aprende.
Keziah avanzó hacia el claro.
Ephraim contuvo la respiración. Los ciervos eran criaturas nerviosas. El menor crujido, el olor a sudor humano los haría desaparecer en un instante. Esperó la desbandada inminente.
Pero ella no hizo ruido alguno. Caminó como si flotara sobre el musgo. Sus pasos no rompieron ramas. Su presencia no alteró el aire. Los animales levantaron las orejas al unísono y la miraron con sus grandes ojos oscuros. No huyeron.
«Bruja», pensó Ephraim, fascinado por la belleza de la escena. La luna proyectaba su luz plateada sobre la piel blanquecina, su cabello negro ondeaba a sus espaldas, el vestido no conseguía ocultar la belleza del cuerpo de la mujer.
Era una tentación demasiado fuerte para un alma corrompida como la de él.
La palabra cruzó su mente con fuerza. El reverendo Increase Holt tenía razón, esa mujer poseía pactos impíos con la naturaleza salvaje.
La observó moverse bajo la luz de las estrellas.
Era hermosa. Una criatura del bosque, tan majestuosa como los animales que la rodeaban.
El miedo supersticioso de Ephraim dio paso a una fascinación pura.
No, se dijo, no había maldad en esa escena, solo existía una paz profunda, antigua y poderosa.
Tal vez su padre se equivocaba en todo. Tal vez Dios no solo habitaba en las iglesias de madera y en los sermones de fuego.
Keziah se detuvo junto a una cierva joven. El animal continuó masticando hierba a escasos palmos de ella.
Ephraim frunció el ceño en la distancia. ¿Qué pretendía hacer?
La mujer llevó las manos a los bajos de su propio vestido. Tiró de la lana y rasgó un trozo largo de tela de sus enaguas. El sonido de la tela rota resonó en el claro.
—No me mires las piernas, puritano —le advirtió ella en un susurro fuerte—. Es pecado para vuestros ojos castos.
Cómo detestaba que ella conociera los demonios que lo habitaban, percibía el calor de su deseo incluso a la distancia y se burlaba de él.
—No miro nada —masculló él. Sintió el calor subir a sus mejillas sucias—. Solo observo tu inmensa locura. Vas a espantarlos a todos.
Keziah no respondió. Anudó el trozo de tela con rapidez. Formó un lazo improvisado con el retal de su propia ropa.
El cazador casi soltó una carcajada de incredulidad.
—Prepara tus brazos fuertes, Holt —ordenó ella—. Los vas a necesitar para algo útil por primera vez en toda la noche.
Keziah lanzó el lazo de tela.
No hubo magia oscura, ni cánticos ni hechizos susurrados al viento. El aro andrajoso cayó directo sobre el cuello de la cierva.
El animal sintió el roce extraño. Levantó la cabeza con violencia y entonces… el pánico estalló en el claro.
La manada entera salió disparada. Los ciervos corrieron en todas direcciones. Sus pezuñas golpearon la tierra con estruendo. Desaparecieron entre los árboles como fantasmas asustados.
La cierva enlazada intentó seguirlos. Arrancó a correr con todas sus fuerzas.
Keziah tiró del extremo de la tela. El tirón brutal la levantó del suelo.
—¡Eh, quieta! —gritó la mujer.
El animal saltó sobre sus patas traseras. Keziah voló por los aires un palmo entero. Cayó de sentón sobre el musgo húmedo con un ruido sordo. No soltó el agarre por nada del mundo.
—¡Maldita bestia del infierno! —maldijo Keziah a gritos.
La cierva la arrastró por la hierba. La mujer pataleó sin control, intentando clavar los talones en la tierra blanda. Levantó una nube espesa de hojas secas, ramitas y barro oscuro.
Ephraim observó la escena con la boca abierta. La elegante criatura del bosque, la mujer etérea que caminaba entre las bestias hacía solo unos segundos, acababa de convertirse en un saco de patatas a remolque de un animal desquiciado. Surcó el claro de espaldas. Rebotó contra un tronco caído.
—¡No te quedes ahí pasmado, pedazo de idiota! —bramó ella. Escupió un mechón de pelo y un buen puñado de tierra—. ¡Ven aquí y ayúdame!
Ephraim salió de su estupor. Acomodó a la pequeña Feith con firmeza en el hueco de su brazo izquierdo. Apretó la manta contra su pecho y corrió hacia el tumulto.
La cierva daba coces al aire. Keziah tenía la cara roja de esfuerzo y rabia. Sus manos sangraban por la fricción de la tela.
—¿Esta es tu gran inteligencia superior? —preguntó él. Se agachó y logró atrapar el extremo de la soga improvisada.
—Tira, maldito puritano, tira de una vez —ordenó ella. Le faltaba el aliento.
Ephraim aplicó su fuerza. Plantó las botas en el suelo y tiró con el brazo derecho. La cierva frenó en seco. Los dos humanos y el animal quedaron en un tira y afloja ridículo en mitad de la noche.
—Vamos hacia aquel árbol —indicó Keziah. Señaló un roble grueso a pocos metros a su izquierda—. Tenemos que atarla.
—Tengo a mi hija en un brazo. No puedo hacer milagros.
—Pues dámela a mí y tú usa tus grandes músculos bendecidos. ¡Muévete!
Avanzaron a trompicones hacia el árbol. La cierva berreaba. Tiraba del cuello con fuerza bruta. Keziah tropezó con una raíz enorme oculta en la hierba. Perdió el equilibrio y se estampó de lleno contra la espalda herida de Ephraim.
El cazador soltó un gruñido de dolor.
—Cuidado, mujer torpe —se quejó él.
—Avanza tú, muro de piedra quejumbroso. Yo no veo nada con este barro en los ojos.
Llegaron por fin al roble. Keziah rodeó el tronco a toda velocidad. Pasó el extremo de la tela alrededor de la corteza rugosa. Hizo un nudo doble con una rapidez envidiable.
La cierva tiró una vez más. El árbol ni se inmutó. El animal quedó atrapado. Caminó en círculos cortos y tensos. Bufó. Golpeó el suelo con las pezuñas delanteras en señal de furia.
Keziah se dejó caer al suelo de inmediato. Respiró con una dificultad ruidosa. Su vestido era ahora un desastre irreparable. Las costuras estaban reventadas. Tenía rasguños nuevos y sangrantes en los antebrazos y barro hasta en las cejas.
Ephraim la miró desde su altura. No pudo contenerse más. Una risa sorda, ronca, brotó de su garganta reseca. Trató de morderse el labio, pero la carcajada escapó en la noche.
Ella alzó la vista de inmediato. Sus ojos azules lanzaron auténticas dagas en la oscuridad.
—¿Te hace gracia mi aspecto, Holt? —preguntó ella. Su tono era venenoso.
—Solo un poco. Reconozco que tu magia salvaje es muy particular y vistosa.
—Ya te dije en el otro claro que no soy bruja. Soy práctica.
—Lo noto. Una bruja de verdad habría convertido a la cierva en un ratón inofensivo. Tú preferiste arar el prado con tu propio trasero. Es una técnica novedosa.
—Eres un ingrato insoportable —gruñó ella.
Se frotó la frente sucia con el dorso de la mano y escondió la risa que empezaba a pujar en sus labios.
Prefería a ese Ephraim, el de las bromas, y no el de los sermones—.
Para esto sirve rezar todo el día en vuestra iglesia.
Para tener brazos flojos en los momentos críticos.
La bebé soltó un quejido agónico y repentino en los brazos de la mujer. La pequeña se retorció bajo la lana.
La risa del hombre murió al instante. La gravedad de la situación regresó de golpe.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó él. Miró al animal atado, que los observaba con ojos desorbitados.
Keziah se puso de pie con un suspiro, le devolvió la criatura a sus brazos. Sacudió el polvo de su falda destrozada en un gesto inútil. Metió la mano en la bolsa de cuero que aún colgaba de su cintura. Sacó un cuchillo pequeño de caza. La hoja brilló bajo la luna.
—Ahora preparamos la cena de tu hija.
Caminó hacia un abedul cercano. Con movimientos precisos y expertos, clavó la hoja en el tronco blanco.
Trazó un óvalo limpio en la madera. Desprendió un trozo grande y grueso de corteza con un giro de muñeca y le dio forma con los dedos.
Limpió los bordes ásperos hasta conseguir un cuenco rústico y cóncavo.
—Es ingenioso —admitió él. Vio la destreza de sus manos.
—Gracias por notar que tengo cerebro bajo las manchas de barro. Sabes reconocer el talento cuando te atropella. Ahora viene la parte difícil de verdad.
Keziah se acercó a la cierva. El animal bufó con fuerza. Lanzó una coz al aire que pasó a escasos centímetros de la rodilla de la mujer.
—Sujétale la cabeza y el cuello —ordenó ella—. No dejes que se mueva.
Ephraim se acercó con sumo cuidado. Sabía cómo tratar a los animales salvajes. Pasó su brazo libre sobre el cuello sudoroso de la cierva. El animal se removió con violencia.
—Tranquila, chica, tranquila —murmuró él. Aplicó su propio peso hacia abajo sin asfixiarla—. La tengo bien sujeta. Date prisa, por favor.
Keziah se arrodilló junto al vientre hinchado del animal. Colocó el cuenco de corteza en el suelo plano. Acercó las manos a las ubres tensas de la hembra.
La cierva dio un salto brusco. Casi le pisa los dedos de la mano izquierda.
—¡Maldita sea! —exclamó la mujer. Retiró la mano de un tirón.
—Pensé que te llevabas estupendamente con todas las criaturas del bosque —se burló él. Apretó el agarre del cuello.
—Normalmente no intento robarles la leche en mitad de la noche tras darles un susto de muerte. Sujeta con más fuerza. Eres grande, usa tu tamaño.
Ephraim no iba a admitir jamás que había tomado esas palabras como un cumplido de su parte.
—Hago lo que puedo. No quiero romperle el cuello, nos está salvando la vida.
—Me está llenando de moretones nuevos. Tú solo abrazas su cabeza de forma cariñosa. Yo me juego la cara entera con sus patas traseras.
Ephraim acomodó mejor a la niña en su costado izquierdo y presionó con firmeza el brazo derecho.
Keziah volvió a intentarlo. Sus manos buscaron las ubres. Presionó con cuidado y tiró hacia abajo con un movimiento rítmico.
Un chorro fino de leche blanca y pura golpeó el fondo de la corteza.
Luego cayó otro. Y otro más largo.
El sonido suave del líquido contra la madera fue la música más hermosa que Ephraim había escuchado en todos sus años de vida. Fue mejor que los coros dominicales. Mejor que el silencio de la nieve al caer.
La cierva pataleó una vez más. Keziah tuvo que apartar el cuenco rápido hacia un lado para no derramar su precioso contenido en la tierra.
—Quieta, bestia del averno —le riñó ella sin alzar la voz—. Contribuye a una buena causa.
—No le hables así —pidió él.
—Le hablo como quiero. Yo recibo los golpes.
Keziah continuó la tarea con paciencia infinita. Poco a poco, el sonido cambió. Se volvió más profundo. El cuenco rústico se llenó de un líquido espeso, espumoso y tibio.
El olor a leche fresca impregnó el aire frío del claro.
La bebé dejó de llorar por un instante. Pareció oler el alimento cercano. Abrió la boca y buscó a ciegas con los labios.
Keziah se puso en pie con mucho cuidado. Sostuvo el cuenco de corteza con ambas manos como si contuviera el tesoro más grande de la corona británica. Sus ojos brillaron con orgullo y cansancio a partes iguales.
—Ya está —anunció. Dio un paso atrás para alejarse del alcance de las pezuñas.
Ephraim soltó el cuello de la cierva de inmediato. El animal dio un paso atrás. Bufó indignada. Tiró de su atadura, pero pronto comprendió que no podía escapar del roble. Bajó la cabeza y comenzó a pastar de nuevo, resignada a su suerte.
El cazador miró la leche blanca y humeante en las manos de la mujer. Miró el rostro arrugado de su hija expectante. Y por primera vez en toda la maldita noche, sintió una chispa real y ardiente de esperanza en su pecho.