Capítulo 5
—Va a despertar a los demonios del bosque.
La bebé abrió la boca con una necesidad primaria y feroz.
Sus puños diminutos golpearon el aire frío y exigieron lo único que importaba en sus primeras horas de vida.
La manta de lana áspera no lograba consolarla.
Quería comida. Quería el refugio blando de una madre que la había rechazado por completo.
Ephraim la meció con torpeza. Sus brazos fuertes, acostumbrados a la violencia de la frontera, a tensar el arco de madera de fresno y a cargar el pesado mosquete de chispa, temblaron ante la fragilidad de su propia carne.
El dolor de su espalda castigada latía al ritmo de su corazón alterado.
Las heridas abiertas bajo la camisa de lino rozaron contra los restos de su jubón de cuero grueso.
El hierro de las esposas le había dejado las muñecas desolladas.
Un escalofrío de fiebre incipiente le recorrió la espina dorsal.
Cada paso de la huida le costó sangre, y la sangre en el bosque atraía siempre a los depredadores hambrientos.
Keziah estaba sentada sobre una piedra plana a escasos metros de él.
La luz pálida de la luna iluminó su figura maltrecha, recortada contra el muro de rocas que protegía el pozo natural.
Su vestido de lana hilada en casa, teñido con raíces de rubia para lograr aquel tono oscuro y recatado que exigían las estrictas leyes de la colonia, estaba ahora hecho jirones.
El barro cubría los gruesos bordes de sus enaguas, arruinadas por completo tras la carrera desenfrenada por el acantilado y el sotobosque.
Las espinas de las zarzas rasgaron la tela y su piel horas antes.
Sin embargo, su postura no mostró debilidad alguna.
La mujer no tembló. No sollozó por su inminente ruina.
Keziah lo miró. Arqueó una ceja perfecta bajo la suciedad que manchaba su frente pálida.
—¿Los demonios del bosque? —preguntó ella. Una leve sonrisa pujó de sus labios.
El llanto de la pequeña Feith subió de volumen.
El ruido resultó ensordecedor para Ephraim.
El hombre cerró los ojos por un instante largo.
La tensión acumulada amenazó con derribarlo sobre el musgo.
La aldea entera quería quemarlos a todos, habían exigido fuego purificador.
Ahora se encontraban a salvo en aquel refugio escondido en la geografía traicionera de Nueva Inglaterra, pero el hambre insaciable de la niña podía revelar su posición a los rastreadores o, peor aún, podía matarla antes de que el sol despuntara en el horizonte.
—Pensé que tú creerías en eso —respondió él. Su voz sonó quebrada, vaciada de la autoridad que ostentaba en el pueblo hasta esa misma tarde.
Keziah cruzó las piernas por debajo de la falda. Acomodó los restos de la tela con absoluta parsimonia, casi como si tomaran té en un salón elegante de Boston y no escondidos como alimañas de una turba.
—¿Yo? ¿Por qué? —inquirió ella.
Ephraim la observó a través de la penumbra.
La mujer frente a él nunca encajó en la rígida estructura de la colonia puritana.
Las mujeres buenas de la aldea bajaban la mirada ante los hombres.
Rezaban en un silencio sumiso. Tejían, cocinaban y obedecían a sus maridos sin cuestionar jamás los inescrutables designios divinos.
Keziah Brewster caminaba siempre con la cabeza alta, respondía con fiereza a los insultos, conocía los secretos más oscuros de las plantas y de la tierra húmeda.
Curaba fiebres con musgo y decocciones de cortezas que los médicos de la ciudad ignoraban por completo.
Hablaba con los indios salvajes en lugar de dispararles a matar.
A veces, trenzaba su cabello negro en lugar de cubrirlo con la cofia.
Para Ephraim, educado desde la cuna en el temor a un Dios colérico, la respuesta era más que evidente.
—Porque eres bruja —sentenció él.
Una carcajada corta y vibrante escapó de los labios de Keziah.
El sonido cristalino desentonó de forma brutal con el ambiente fúnebre de la madrugada.
No hubo maldad en su risa, sino una diversión profunda y genuina ante la ignorancia ajena.
Ephraim frunció el ceño con disgusto evidente.
Las acusaciones de brujería terminaban siempre en la horca o en la hoguera ardiente.
No era un asunto de risa en ninguna colonia inglesa.
Hacía apenas una década, en Salem, decenas de inocentes y culpables colgaron de las sogas por acusaciones mucho menores que las que pesaban ahora sobre Keziah.
Su propia aldea casi la consume en las llamas esa misma noche a causa del fanatismo.
—No soy bruja —aseguró Keziah. La sonrisa persistió en la comisura de sus labios. Lanzó un desafío silencioso a todo lo que Ephraim representaba—. Solo soy más inteligente que vosotros y eso os asusta.
Ephraim se enderezó con brusquedad. El orgullo herido superó al dolor punzante de los latigazos por un breve segundo.
Los hombres libres de la colonia no toleraban semejante insolencia.
Su padre le enseñó desde niño que la mujer provenía de la costilla de Adán, un subproducto necesario pero inferior, propenso a la tentación de la serpiente, diseñado en exclusiva para la sumisión y la crianza.
Y Keziah desafió todas las leyes de la decencia, del orden natural y de la mismísima fe con esa simple afirmación altanera.
Les llamó ignorantes a todos. Y cobardes.
—No eres más inteligente, mujer —refunfuñó él.
Acomodó a la bebé contra el calor de su pecho con infinita delicadeza.
El viento sopló con fuerza entre las ramas altas de los pinos blancos.
Un búho ululó a lo lejos, un sonido lúgubre que presagió muerte en las viejas historias de los ancianos colonos.
La temperatura bajó varios grados en cuestión de minutos.
El duro invierno norteamericano se acercaba rápido y las noches otoñales perdonaban poco a los imprudentes sin refugio.
Ephraim sabía leer las señales implacables del clima.
Las nubes ocultaron las escasas estrellas por el horizonte este.
Habría escarcha densa sobre las hojas antes del amanecer. Necesitaban calor y sustento urgente.
Keziah no retrocedió ante el regaño autoritario. Se inclinó hacia adelante sin perder la gracia. Apoyó los codos sobre las rodillas. Su mirada azul perforó la frágil resistencia del cazador. En esos ojos claros no había miedo al hombre, ni a la noche helada, ni al futuro incierto.
—Entonces, imagino que sabrás cómo alimentar a esa bebé —desafió ella. Apuntó con la barbilla hacia el pequeño bulto inquieto en los brazos del hombre.
El golpe fue certero y letal para el ego de Ephraim.
Bajó la vista hacia la criatura envuelta en la manta.
La niña lloró hasta quedarse sin aire en sus pequeños pulmones.
Su rostro arrugado se enrojeció por el esfuerzo monumental.
La hendidura de su labio superior, aquella marca de nacimiento maldita que condenó su vida antes de empezar, tembló de forma lastimera con cada sollozo.
Ephraim cazaba ciervos enormes en la nieve profunda.
Desollaba liebres con precisión quirúrgica.
Sabía construir una cabaña resistente a los peores vendavales con hachas simples y cuerdas de cáñamo.
Sabía matar sin dudar para que su gente sobreviviera a las hambrunas del invierno.
Pero la fragilidad extrema de un recién nacido superó por completo todas sus duras habilidades de supervivencia.
La niña necesitaba alimento líquido, cálido y nutritivo.
No había Charity para ofrecer su pecho lleno de vida.
No había nodriza compasiva en la aldea a la que recurrir en la oscuridad.
No había vacas ni cabras cerca en aquel desierto verde de árboles y piedras desnudas.
Estaban abandonados a su suerte en medio de la nada absoluta.
—Feith —dijo él. Intentó desviar el ataque verbal hacia un terreno más seguro—. Se llama Feith.
Keziah estudió a la criatura desde la distancia.
A pesar del llanto estridente que amenazó con perforar sus oídos, sus ojos no mostraron repulsión alguna.
Las mujeres piadosas de la aldea gritaron de horror al ver la deformidad física de la niña en la cama de parto.
El propio reverendo Holt exigió su muerte inmediata por considerarla una aberración demoníaca.
Keziah, la supuesta servidora del mal encarnado, en cambio, vio solo a una vida vulnerable y pura que ella misma ayudó a traer al mundo con sus propias manos manchadas de sangre.
—Wunneewo —pronunció Keziah con una suavidad repentina y maternal—. Wunnie.
Ephraim sintió un escalofrío nuevo, muy distinto al del frío de la intemperie.
La palabra sonó extraña en la boca de la mujer.
Gutural. Rítmica. Era el idioma de los salvajes, la lengua del enemigo inescrutable que acechaba en las fronteras de su precaria civilización.
Su padre predicaba cada domingo desde el púlpito de madera que las lenguas paganas invocaban a las fuerzas del abismo para sembrar la enfermedad y la locura en los corazones puros.
—¡No la maldigas! —exigió Ephraim de inmediato. Apretó a la niña contra su cuerpo para protegerla de las sílabas incomprensibles de la hechicera.
Keziah volvió a poner los ojos en blanco con fastidio. El gesto resultó tan terrenal, tan cotidiano y humano, que disipó de golpe una buena parte del terror supersticioso del cazador.
—Significa paz interior en mohicano —explicó ella con un hastío evidente en la voz.
Los guerreros mohicanos poblaban esas tierras ricas en caza mucho antes de la llegada de los primeros barcos ingleses a la costa.
Keziah aprendió sus costumbres ancestrales durante las largas expediciones solitarias por el corazón del bosque inexplorado.
Los curanderos ancianos de la tribu le enseñaron las propiedades curativas de la corteza de sauce blanco y de las raíces de equinácea.
Compartieron su lengua y su visión del mundo con ella a cambio de hierbas, baratijas y respeto mutuo.
Para los estrictos puritanos, fraternizar con los nativos paganos era un boleto directo e irrevocable al azufre eterno del infierno.
Para Keziah, en cambio, representaba la única forma de conocimiento verdadero y útil en un continente nuevo, vasto y desconocido para los colonos europeos.
—Se llama Feith y punto —sentenció él con terquedad. Su tono brusco no admitió réplicas.
Keziah suspiró con dramatismo. Se levantó de la roca lisa de un salto ágil.
Su vestido arrugado y manchado crujió en el breve silencio que siguió al llanto momentáneamente agotado de la niña.
La bebé tomó aire fresco de nuevo para reanudar el escándalo con unas fuerzas que parecían sobrenaturales para su tamaño.
—Bien, Fe y punto, entonces —concedió Keziah con una inclinación de cabeza—. Si eres tan listo, sabes cómo alimentarla.
La realidad implacable volvió a golpear a Ephraim en el pecho.
El cazador invencible de la colonia. El hombre fuerte que no temía a los lobos enormes ni a las peores tormentas de nieve de enero.
Ahora era solo un prófugo cansado y herido con una criatura que dependía de un auténtico milagro para ver el amanecer de un nuevo día.
Miró a su alrededor con desesperación contenida.
Solo vio rocas húmedas, musgo resbaladizo, troncos caídos que se pudrían en la tierra negra y una oscuridad insondable entre los árboles.
El estómago vacío de la bebé exigió su tributo vital.
Cada segundo de llanto inútil consumió las escasas reservas de energía de la recién nacida.
Ephraim tragó saliva con dificultad. La boca le supo a ceniza fría y a una derrota total.
Las creencias estrictas de su padre no servían de nada en el corazón implacable del bosque.
Los salmos recitados en latín no daban de comer a un infante hambriento.
Las oraciones fervorosas a los cielos no generaban leche de las piedras desnudas.
Su fe ciega no llenaba estómagos vacíos.
—No —admitió él. La palabra salió apenas como un susurro roto, desprovisto al fin de todo su orgullo masculino.
Keziah sonrió de nuevo. Esta vez lució una sonrisa de victoria absoluta, sin rastro de malicia, pero plena de una clara superioridad intelectual.
Se acercó a él con pasos lentos y seguros sobre la hierba rala.
La luz blanquecina de la luna delineó las curvas sucias de su rostro.
A pesar de la suciedad evidente, de los moratones en su pómulo izquierdo y de la ropa destrozada, Ephraim notó la belleza fiera e indomable de la mujer.
Una belleza sin corsés ni artificios, natural y, sobre todo, peligrosa.
—Tendrás que aceptar que sé más que tú y que por eso te asusto —susurró ella. Se detuvo a un palmo escaso de él. Inclinó el rostro hacia el del hombre y acorraló todos sus prejuicios—. Bú —soltó como se asusta a un niño.
Fue el turno de Ephraim de rodar los ojos.
Apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes.
El instinto agresivo inculcado durante veinte años de vida en la frontera le ordenó responder, defender su honor destrozado, insultarla por su atrevimiento, apartarla de un empujón para demostrar quién mandaba.
Pero el llanto de Feith reanudó su ciclo implacable contra su pecho magullado.
El amor irracional y absoluto por esa pequeña criatura, rechazada por su propia madre y por el mundo entero, aplastó cualquier resto de soberbia en el corazón de piedra del cazador.
Le importaba muchísimo más que su hija comiera.
Le importaba más que su hija viviera. Si esta mujer arrogante, hereje e insoportable tenía en sus manos la clave de la supervivencia de su propia sangre, él se sometería con gusto a sus burlas.
—¿Tú sí sabes? —preguntó Ephraim, abandonando por completo toda actitud a la defensiva. Sus ojos oscuros rogaron por una respuesta afirmativa en la penumbra.
Keziah perdió la sonrisa burlona de golpe. Comprendió el enorme sacrificio personal en la mirada suplicante del puritano. Vio a un padre desesperado, dispuesto a pactar con su propio diablo personal por salvar a su pequeña.
—Sí —afirmó ella con seriedad—. Ven.