La extraña dama del oeste Capítulo 4
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Capítulo 4

El dolor en la espalda era una zarza de fuego que le quemaba las carnes, pero el estrépito del exterior le quemaba aún más el alma.

Desde el suelo de la celda, con el rostro pegado a la paja húmeda, Ephraim oyó el rugido de la turba. Divisó el resplandor anaranjado de las antorchas filtrándose por la ventana del sótano. Los gritos atravesaron la piedra:

—¡Bruja! ¡A la pira! ¡Matad al engendro y a sus cómplices!

Sabía bien lo que venía. Matarían a Keziah, lo matarían a él y arrojarán a su hija al fuego.

Ephraim ahogó un gemido, apretó los dientes hasta sentir el sabor a hierro de su propia sangre y se puso de pie a duras penas.

La piel desgarrada de la espalda le tiraba con furia, pero apretó los puños y no se rindió.

Se llevó la mano al cinturón. Le habían quitado los grilletes tras la golpiza, dudaban que le quedaran fuerzas para poder luchar.

Él también lo dudaba, mas pensar a su hija pequeña muerta le infundía una energía animal.

—Si no está muerta ya… —murmuró, ¿cuánto tiempo podía pasar una criatura, recién llegada al mundo, sin comer?

Estaba seguro de que ya habían pasado varias horas desde el parto, aunque no podía contarlas con precisión a falta de sol.

Sabía, de todos modos, que no llegaban a las veinticuatro porque los gallos no habían cantado.

La hebilla de hierro de su cinturón tenía un ardillón largo y afilado. Tiró de él con desesperación hasta descolgarlo del cuero.

Avanzó a trompicones hacia los barrotes. Hincó la rodilla en la tierra, introdujo el metal en la vieja cerradura de la celda y forzó el mecanismo como había visto hacer al herrero con las cerraduras rotas. Un chasquido seco resonó en la penumbra y la puerta cedió.

Salió al pasadizo. La casa de piedra estaba desierta; los guardias se habían unido a la muchedumbre que avanzaba hacia el bosque en busca de Keziah.

Corrió hacia la cocina del almacén, donde el carpintero había dejado a la recién nacida.

La encontró sobre un cajón de madera, envuelta apenas en un lienzo sucio, llorando con un hilo de voz ya exhausto.

Ephraim la tomó con torpeza y devoción, arrancó una manta de lana del perchero, la envolvió con firmeza contra su pecho cansado, cogió un cuchillo algo desafilado, solo por si acaso, y echó a correr por la puerta trasera.

No sin antes abrir una valla con la esperanza de que su treta diera resultado.

Se internó en la espesura del bosque, amparado por las sombras y el estruendo de los aldeanos.

El dolor era un latido constante, sordo y caliente en la base de la nuca.

Ephraim apretó los dientes. La sangre seca le tiraba de la piel con cada movimiento, pero no se detuvo.

El bosque se cernía a su alrededor como una garganta oscura dispuesta a tragárselo.

Llevaba a la criatura apretada contra el pecho.

La manta de lana áspera le raspaba el mentón, pero el pequeño bulto en su interior irradiaba un calor minúsculo, frágil, que lo obligaba a seguir adelante.

Detrás de él, la aldea era un infierno de antorchas y alaridos. El clamor de la cacería rebotaba en los troncos de los pinos centenarios. Habían pedido sangre y fuego, y no se detendrían hasta conseguir ambos.

Avanzó por la espesura. No necesitaba ver el camino; sus pies conocían las raíces traicioneras, el barro blando cerca de los arroyos secos, la piedra desnuda que asomaba en las subidas. Él era el mejor cazador de la colonia. Y ahora, él era la presa.

Oyó el crujido a su derecha. Un sonido seco, torpe. Alguien corría sin cuidado.

Se desvió hacia el risco. La vegetación allí se volvía rala, dando paso a la roca desnuda. La luz de la luna cortaba la oscuridad como una cuchilla de plata. Allí la vio.

Keziah Brewster estaba acorralada al borde del acantilado.

Tenía el vestido manchado de barro y hojas secas.

El cabello sin cofia se movía con el viento, dándole un aspecto fantasmal.

El pecho le subía y bajaba con una violencia desesperada.

En la mano apretaba una rama delgada, una defensa inútil y ridícula contra la turba que exigía su muerte.

Ephraim emergió de las sombras. La muchacha se giró de golpe.

Los ojos azules, normalmente afilados y arrogantes, desbordaban pavor.

Pensó que era su fin. Él lo vio en su rostro.

Vio el odio estallar al reconocerlo. Le escupió a los pies, maldiciéndolo, convencida de que el hijo del reverendo venía a empujarla al abismo.

Él no respondió al insulto. Avanzó un paso. Levantó la mano la mano libre, con la palma abierta y los dedos extendidos.

—Venga si quiere vivir —ofreció él.

Keziah vaciló. La duda quedó suspendida en el aire frío de la madrugada. Miró la mano tendida. Miró la sangre seca en el cuello de Ephraim, prueba de que él también huía, de que él también era un proscrito.

Tomó su mano.

El tacto fue breve. Ephraim tiró de ella con fuerza, al tiempo que sostenía a la bebé contra su pecho.

—Corra —ordenó en voz baja.

Se adentraron juntos en el muro negro de los árboles.

Las ramas azotaban sus rostros. Las espinas rasgaban la tela y la piel por igual.

Keziah tropezaba a menudo. No conocía el terreno como él.

Al menos no como un cazador, ella solía recorrerlo de día, para recoger hierbas.

Ephraim la sostuvo por el brazo en un par de ocasiones.

Evitó que cayera de bruces contra las rocas.

El peso de la bebé en su otro brazo le exigía un equilibrio imposible, pero el instinto lo mantenía en pie.

Corrieron hasta que el aire en los pulmones se convirtió en fuego. El sonido de los aldeanos llegaba ahora desde lejos, amortiguado por la distancia.

Keziah frenó en seco y se apoyó contra el tronco de un abedul. La respiración le silbaba en la garganta. Giró la cabeza hacia atrás. Las llamas de las antorchas formaban una línea naranja que descendía hacia el lado opuesto de la montaña.

—¿Por qué? —preguntó ella. Su voz era un hilo rasposo—. Las llamas van por otro lado.

Ephraim se detuvo unos pasos más adelante. Aseguró a la criatura en sus brazos.

—He soltado un jabalí en el centro del pueblo —respondió—. Los entretendrá hasta que ganemos terreno.

Keziah asintió con un movimiento apenas perceptible.

Comprendió la astucia, aunque también la temió.

Era la estrategia de un cazador, ¿quién le decía que no se desharía de ella más tarde con una jugarreta como aquella?

Evaluó al hombre frente a ella e intentó pensarlo como la primera vez que lo vio, pero le costaba.

Siempre había sido buena evaluando las intenciones de las personas, con una única excepción: Ephrain Holt.

En él vio más que solo fuerza bruta. Había inteligencia bajo esa fe ciega que tanto despreciaba, pero ya no estaba tan segura de cuál de sus lobos interiores devoraría al otro.

Siguieron, sin embargo, la marcha juntos.

Mientras huyeran del mismo enemigo no les quedaría más remedio que dejar atrás las diferencias.

La bruja y el cazador. El ritmo fue menos frenético, pero igual de constante.

El bosque se cerraba sobre ellos. El silencio de la naturaleza salvaje reemplazó al bullicio humano.

Solo el crujido de sus propias pisadas rompía la quietud.

Entonces, el bulto en los brazos de Ephraim comenzó a moverse.

Primero fue un quejido diminuto. Un roce de labios contra la lana. Luego, el llanto estalló. Era un sonido potente, agudo y desesperado. El hambre reclamaba su tributo con la urgencia de los recién nacidos.

El ruido resonó en los árboles como una campana de alarma.

Ephraim meció a la niña con torpeza.

—Shh. Silencio. Ya pasó.

Pero no pasaba. El llanto aumentó en intensidad. La pequeña se retorcía bajo las mantas.

Keziah se acercó. Las llamas a lo lejos parecieron detenerse en la montaña. Alguien había oído el ruido.

—Deme a la niña —exigió.

Ephraim apretó el bulto contra su pecho.

—Yo la calmaré.

—No puede hacerlo, está demasiado nervioso y ella siente esos nervios —dijo ella—. La van a oír y nos matarán a los tres. Démela.

Ephraim cedió. Le entregó a su hija con manos temblorosas. Sus miedos se disiparon de inmediato al ver a la mujer manipular a la niña.

Keziah acomodó a la bebé en el hueco de su brazo. La pequeña tenía el rostro rojo por el esfuerzo. Keziah limpió el sudor de su propia mano contra la tela de su vestido sucio. Luego introdujo la punta de su dedo meñique en la boca de la niña.

Faith atrapó el dedo al instante. Succionó con desesperación.

El llanto cesó de golpe. El silencio del bosque regresó, denso y protector.

—Es un engaño breve —susurró Keziah—. Solo ganaremos unos minutos.

Ephraim asintió. Se giró hacia la oscuridad.

—Sígame. Conozco un lugar.

Retomaron la marcha. Ephraim marcó el paso sobre aquel terreno que se volvía cuesta arriba.

Las raíces formaban escalones naturales bajo la tierra suelta.

Cruzaron un arroyo estrecho, donde el agua helada les empapó el calzado.

El frío entumeció los pies de Keziah, pero ella apretó los dientes y no se quejó.

Avanzaron durante otra hora. Las voces de la turba desaparecieron por completo. El resplandor naranja se ahogó tras la montaña.

Los árboles comenzaron a separarse. La vegetación rala dio paso a un suelo de musgo suave.

Llegaron a un claro. Estaba rodeado por rocas altas, formadas como los muros de una fortaleza. La luz de la luna bañaba el centro del refugio. Era un pozo natural, invisible desde los senderos principales.

Ephraim se detuvo en el centro. Las piernas le fallaron y cayó de rodillas sobre el musgo. El dolor en la espalda le nubló la vista por un instante. Apoyó las manos en la tierra y respiró con fuerza.

Keziah se sentó sobre una piedra lisa. La bebé dormía ahora, exhausta tras la huida y débil por la falta de comida.

—Aquí no nos encontrarán —dudó Keziah, quería seguir, alejarse de esa pesadilla. Había estado preparada para la turba, incluso había preparado un bolso, pero en cuanto empezó la cacería, debió soltar el peso extra y avanzar.

Había pasado muchas penurias en su corta vida, aun así, jamás experimentó miedo semejante.

La mujer lo miró. El rencor aún endurecía sus ojos azules, pero el pánico había desaparecido de su rostro.

—Estamos a salvo —añadió él.

Keziah acarició la frente de la bebé con delicadeza.

—Por esta noche —corrigió ella.