Capítulo 3
La bebé lloraba.
Había llorado durante tres horas seguidas. Un llanto agudo, desesperado, el sonido de algo que pedía lo más básico: comida.
Ephraim la sostenía contra su pecho, caminaba de un lado a otro de la habitación y lo mecía sin saber qué más hacer. Sus brazos estaban cansados. Su mente, más aún.
—Shh. Shh. Ya viene.
No venía. Charity estaba en la cama, mirando hacia la pared. Había apartado los pechos cuando él le acercó la bebé. Lo había hecho sin palabras, solo con ese gesto de rechazo que era más violento que cualquier grito.
—Cariño —probó con el tono cariñoso—, tiene hambre.
Ya había empleado el de autoridad que le daba ser su esposo, había citado la Biblia y cada pasaje sobre la obediencia que recordaba.
Nada daba resultado. Sabía que como esposo podía forzarla, obligarla a golpes, nadie lo condenaría en la aldea por aleccionar a su esposa.
Pero él nunca lo había hecho y aunque la situación lo violentaba, tampoco lo haría en ese momento.
—No.
—Charity...
—Ese no es mi hijo. No lo voy a tocar.
—Es tu hija.
—Es la hija de la bruja. Que la amamante ella.
Ephraim miró a su bebé. El labio partido, los ojos cerrados por el llanto, las manitas apretadas en pequeños puños. Tenía menos de un día de vida y ya estaba condenada.
—Tienes que alimentarla.
—Prefiero morirme.
—¡Pero es que no hablamos de tu vida, demonios, hablamos de la de ella! —gritó. Dejarse morir también era pecado, pero matar a una criatura le parecía de un nivel de maldad inadmisible.
No pudo evitar pensar en Keziah, la bruja que, pese a los desplantes del pueblo, no condenó a muerte a una bebé inocente. El mundo estaba del revés y a él empezaba a dolerle la cabeza.
—No conjures más demonios en esta casa. Moriré como debí hacerlo en el parto y ella también lo hará. Es la voluntad del Señor.
Si decía lo que se le pasó por la cabeza, lo harían arder en la hoguera por hereje. Salió de la habitación con la bebé en los brazos. En el salón, su padre estaba de pie y aguardaba a por él, sabedor de que llegaría.
—¿Qué nombre le has puesto? —preguntó el reverendo.
Ephraim suspiró, su padre mostraba desprecio por su nieta y sabía que esa conversación terminaría mal. Esperaba, no obstante, que, al decir el nombre, pudiera convencerlo de que lo presenciado en la habitación había sido un milagro y no una condena del demonio.
—Faith. —Fe. Su niña era una prueba de fe.
Su padre negó lentamente. Él se contuvo de rodar los ojos.
Necesitaba la aprobación del reverendo para tener la de la aldea, y la de la aldea para que su hija tuviera una posibilidad de vivir.
Ya fuera que Charity no cambiara de parecer, conseguir una nodriza dependía de que dejaran de verlos como unos condenados al infierno.
—No.
—¿No qué?
—No tendrá ese nombre. No habrá bautizo para esa criatura.
Esa era su condena. Ephraim sintió algo quebrarse en su pecho. Sin bautismo, quien fuera la ama de leche sería tratada de demoníaca también.
—Es mi hija. Es tu nieta —insistió.
—Es una abominación. —Su padre se acercó, y Ephraim retrocedió de manera protectora—. El Señor no bendice lo que nace marcado. Esa marca es un signo. Un mensaje. Tu esposa yació con la bruja en el vientre, metafóricamente hablando, y lo que salió fue esto.
—Yo estuve ahí. Vi cómo nació, no hubo ninguna maldición. Solo una deformidad que sucede.
Y ni siquiera era para tanto, pensó al ver a su bebé. Él la encontraba hermosa, la criatura más perfecta que había pisado la tierra. Si algo la afeaba en esos momentos era la expresión roja de sus facciones arrugadas por el hambre y el llanto.
—¿Deformidad? —Su padre río, un sonido sin alegría—. ¿Así llamas a la obra del Diablo? En Levítico dice que...
—No me cites la Biblia. La Biblia la usas para todo. Para justificar el hambre, la enfermedad, la crueldad, pero nunca empleas la parte de amor al prójimo, de perdón, de no lanzar la primera piedra… Parece complacerte más el Dios del Antiguo…
El reverendo se detuvo. Sus ojos se endurecieron y su mano se alzó de manera aleccionadora. De lo que lo acusaría su hijo era de ser un fariseo.
—Ten cuidado con tus palabras, muchacho. Acabas de traicionar a tu Dios y a tu pueblo. Acabas de llevar una bruja a esta casa y ahora cuestionas la palabra divina.
—Cuestiono tu interpretación de ella.
La bebé siguió llorando. Un sonido que parecía más fuerte a cada segundo.
—Ya que hablas de la Biblia, no puedes negarle el bautismo, ¿qué dices de la salvación del alma? —preguntó Ephraim.
Esperaba en vano apelar a un corazón cristiano. Podía discutir de teología, pero seguía siendo un hombre de fe y para él, bautizar a su hija era salvarla.
—No.
—Todas son criaturas de Dios, es una niña, tiene alma y…
—No hay criatura aquí a la que bautizar. Eso es un animal. Un recordatorio de tu pecado.
Ephraim bajó la vista hacia su hija. Tenía hambre, tenía frío y, sobre todo, no tenía culpa de nada. ¿Qué pecado podía cargar? Solo tenía un abuelo que estaba dispuesto a dejarla morir por una deformidad de nacimiento.
—Necesita comer, padre —suplicó. Tragó su orgullo y probó con otra estrategia—. Si la bautizas, Charity la aceptará y le dará de comer, o conseguiré una nodriza.
—Que se muera entonces. Sería misericordia. Tu esposa es más sabia que tú, ella entiende que estamos todos en manos de Dios y que jugar con sus designios es obra de Satán.
Algo en Ephraim se quebró. Se trató de un quiebre silencioso y definitivo, que escapó de su cuerpo en un suspiro resignado. Se dio media vuelta sin responder y caminó hacia la puerta.
—¿Adónde vas? —preguntó su padre.
Ephraim no respondió. Salió de la casa, con su padre pisándole los talones. El reverendo detuvo cogiéndole de la camisa.
—Necesito ir a buscar ayuda. Keziah sabrá qué hacer.
Si Dios no respondía, entonces llamaría al demonio y a su enviada, nada le importaba ya, solo que su hija dejara de llorar.
—¿Keziah? —Su padre lo retuvo—. ¿Piensas ir con la bruja de nuevo?, ¿acaso no has aprendido nada.
—Sí, claro que he aprendido. Mi hija está viva y quiero que siga así.
—Sintió que el enfado se apoderaba de él como el fuego lo hacía de la paja seca—.
Si mi hija está condenada al averno, entonces, que consiga un maldito trono en él.
Que la salve la bruja, que Satán tenga mi jodida alma a cambio de que ella viva para veros a vosotros morir —siseó.
La mandíbula apretada apenas le permitía salir la voz.
—No irás. —El reverendo le obstruyó el paso, puso su cuerpo en el camino y lo desafió a cometer el último pecado de la noche—. Honrarás padre y madre —citó el mandamiento.
Ephraim intentó rodearlo, él era padre ahora y para ganarse el honor de ser respetado por su hija, debía primero salvarle la vida. Su padre no se movió.
—Quítate del camino.
—No lo haré. Llamaré a los demás pueblos, convocaré una junta de reverendos.
—Su padre levantó la voz—. Te juzgaremos por traer a una hechicera a esta casa.
Eres cómplice de que el Diablo utilizara sus manos para marcar a la niña, una niña que ahora intentas llevar con la bruja para completar la maldición. ¡Lo has dicho!
—Sabes que solo lanzo un desafío a tus preceptos, ¡sabes que lo que dices es una mentira!, un delirio. ¡Soy tu hijo! ¿Acaso has engendrado una carne tan débil?
—¡El diablo todo lo puede!
—Pensé que ese era Dios, padre. ¿Quién es el hereje ahora?
—¡Calla! Tienes la lengua envenenada por esa mujer, es ella la que habla por ti.
Ephraim pasó junto a su padre. Caminó hacia el bosque, pero varios vecinos se sumaron y le obstruyeron el paso.
Tres hombres: El herrero, el carpintero y un tercero que no reconoció, de uniforme.
—Ephraim Holt —dijo el herrero—. Somos testigos de tus actos.
Ephraim se llevó con fuerza el cuerpo de la bebé al pecho. El llanto era desgarrador, no podía creer que nadie se compadeciera de su pobre hija.
—¿Qué queréis? —demandó—. Dejadme ir, no os pido que me ayudéis, os pido que os hagáis a un lado.
—La criatura —ordenó el herrero.
—Sobre mi cadáver. Es mi hija, no os atreváis a tocarla —siseó.
El herrero se acercó más. Era grande, de espaldas anchas, acostumbrado a trabajar con sus manos todo el día. Ephraim estaba limitado al tener a su hija en brazos y temer que la hirieran.
—La criatura está maldita. Será custodiada hasta que el jurado de reverendos determine qué se debe hacer.
—No. —Ephraim retrocedió, sosteniendo a Faith contra su pecho—. No os la voy a dar.
El herrador avanzó. Ephraim fue hacia la puerta de atrás, pero el carpintero ya estaba ahí, bloqueando. Levantó las manos en paz, pero sus intenciones eran claras.
—Por favor —dijo Ephraim—. Es solo una bebé.
—Una bebé maldita.
Ephraim intentó correr. Fue un movimiento en vano. El herrador lo agarró por el brazo y le retorció el codo hasta que se vio obligado a ceder a riesgo de que Feith cayera sobre el suelo y se hiriera.
El llanto de la bebé fue aún más desgarrador al separarse del padre. Fue el sonido más terrible que Ephraim había oído jamás. Peor que sus propios gritos cuando su padre lo azotaba. Peor que el grito de Charity durante el parto. La bebé lloraba como si supiera que la estaban abandonando.
—¡No! —gritó Ephraim, pero el herrador lo arrastraba ya hacia afuera, hacia los caballos.
—La cuidaremos —dijo el carpintero, aunque nadie le creía.
El uniformado lo esposó. Las esposas eran de metal frío y Ephraim sintió que le cortaban en las muñecas.
Lo metieron en un carruaje. La bebé seguía llorando, su llanto se hacía cada vez más lejano a medida que se alejaban.
—¡Faith! —gritó Ephraim—. ¡Faith!
Nadie respondió.
Lo llevaron a una construcción que habían hecho hacía años. Una especie de almacén de piedra, con una celda improvisada en el sótano. Contaba solo de barrotes, paja en el suelo y un balde para sus necesidades.
Lo empujaron adentro sin hablarle. Él sabía muy bien lo que venía. Desde los juicios de Salem, los pueblos caían uno tras otro en esa cacería de brujas. El temor los hacía presos y las piras empezaban a arder sin sentido, arrastrando inocentes tras inocentes.
Ephraim se quedó solo en la oscuridad, oyendo aún el eco del llanto de su hija. Pasaron las horas y creyó que se volvería loco.
Entonces el tumulto al otro lado le indicó que sus miedos no eran en vano. Abrieron la celda y entre cinco hombres, lo arrastraron al centro de la aldea. Una vez ahí, entre rezos, lo latiguearon para castigarlo por sus pecados.
Pero no sería suficiente, Ephraim lo sabía muy bien. Ese espectáculo no calmaría la sed de venganza ni apagaría los miedos, los aldeanos exigirían un sacrificio mayor para que Dios los perdonara.
Lo regresaron malherido a la celda. Antes siguiera de que pudiera recuperarse de los golpes, sintió un nuevo alboroto al otro lado de las rejas.
Las antorchas ardían, iban a quemar a la bruja, al cómplice de la bruja y…
A la criatura del demonio, a su hija recién nacida, a Feith Holt.