Capítulo 2
—¿Qué... qué hace ella aquí? —susurró Tabitha y se persignó al verla entrar.
Keziah cruzó la puerta de la casa de Ephraim a paso decidido. Con el mentón en alza, sin permitir que la juzguen, avanzó camino a la habitación. Charity ya no gritaba, esa era una mala señal. Un indicio de que lo mejor era apresurarse.
Las demás mujeres se volvieron… Abigaíl, la vieja Agnes. Sus rostros se petrificaron.
El reverendo Increase Holt se incorporó de golpe. Su voz salió como un trueno contenido.
—Sal de esta casa, mujer maldita.
Keziah pasó a su lado sin mirarlo. Charity soltó un nuevo grito, lo que hizo a la mujer apresurarse sin poner atención al reverendo.
—No entrarás —ordenó el hombre.
Ella lo atravesó con la mirada.
—Señor, su nieto va a morir si alguien no hace algo ya. ¿Quiere mandarme fuera o quiere que salve al bebé?
El silencio fue tan profundo que solo se oyó otro grito de Charity. Un grito diferente. Desesperado.
Ephraim no esperó a que se repitiera, y con su cuerpo, apartó al reverendo del camino. Keziah entró en la habitación sin demora, no quería que se desatara una disputa en su nombre. Eso no la ayudaría a mejorar su fama en la aldea.
Charity estaba en la cama, cubierta de sudor, las sábanas manchadas de sangre. Llevaba horas así. Había perdido el color de la vida.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Keziah.
Abigaíl respondió desde la puerta. En su rostro se adivinaba el temor, pero también cierta dosis de bondad. Le costaba creer que las brujas ayudaran a los bebés y los santos los dejaran morir.
—Nueve horas. El niño no está de cabeza, sino atravesado, y la sangre no para de brotar.
Keziah asintió, depositando su bolsa en el suelo. Sus dedos se movieron con precisión, sacando frascos, vendas, tisanas.
—Venga, ayúdeme con ella. Tenemos que girar al bebé.
—¿Girar? —dijo Tabitha—. Eso no se hace. Si tocas al bebé, maldición...
—Maldición es dejar que muera. Muévete.
Tabitha se movió, y Abigaíl se sumó. La primera por temor a un hechizo, la segunda por miedo a algún día estar en la misma situación que Charity y que le negaran la ayuda. La urgencia en la voz de Keziah era tal que hasta la fe podía esperar.
Las contracciones venían cada vez más cerca. Keziah colocó sus manos en el vientre de Charity, presionando, calculando. Sus ojos estaban cerrados, como si viera a través de la piel.
—Aquí. El bebé está aquí. —Presionó con cuidado, rotando—. Tenemos que darle la vuelta, que baje bien.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Abigaíl.
—Porque lo sé. —Keziah no levantó la vista—. Otra contracción viene. Cuando la sientas, Charity, empuja. Todos nosotros empujaremos contigo.
Charity gritó, pero esta vez fue diferente. En lugar de un grito de agonía, fue un grito de acción. Ante la muerte, el instinto prevalece y la mujer no estaba para discutir sobre brujerías.
Keziah presionó y le indició a Tabitha cómo hacerlo también. Abigaíl sostenía a Charity de los brazos. El bebé se giró en el poco líquido que quedaba, las mujeres vieron el movimiento en el vientre tenso de la madre.
La llegada de una vida se parecía demasiado a las pesadillas con las que las asustaba el reverendo: contorciones, sangre, gritos, fluidos y criaturas que parecían capaces de desgarrar la piel.
—Bien, bien. Otra vez. La próxima contracción viene.
Charity respiraba como un animal acorralado.
—No puedo. No puedo más.
—Puedes. Mira, ya casi está. El bebé está de cabeza ahora, está bajando.
Keziah levantó la mano y sacó un frasco de su bolsa. Una infusión oscura, que acercó a los labios de Charity.
—Bebe.
—¿Qué es eso? —preguntó Martha.
—Lo que salva vidas.
Charity bebió. Estaba demasiado agotada para resistirse.
Tal vez luego volvería a pensar en el diablo y en la brujería, pero en ese instante quería vivir.
El sabor fue amargo, no obstante, consiguió su cometido y algo cambió en ella.
La respiración se hizo más profunda. El dolor pareció ordenarse en lugar de dispersarse.
Ephraim apareció en la puerta.
Su padre lo vio primero.
—Sal de aquí.
—Necesita ayuda —dijo Ephraim. Charithy apenas tenía fuerzas para pujar, no conseguía mantenerse de rodillas y hacer el trabajo acostada complicaba más las cosas.
—Tu lugar no es aquí. Es impuro que asistas en un momento de mujeres, que veas a tu esposa así.
Ephraim lo desoyó, en un paso ya estaba dentro. Caminó hasta Charity y tomó su mano.
—Estoy aquí —dijo—. Estoy contigo.
Charity apretó tan fuerte que Ephraim sintió crujir sus huesos, pero no se quejó.
La ayudó a mantenerse erguida gracias a la firmeza de su cuerpo.
No sabía qué hacer, solo había visto a animales parir.
Que un hombre atravesara el umbral de esa habitación se consideraba un pecado, algo que lanzaría a todos al infierno.
Ephraim prefería usar su fuerza para sostener a su esposa que emplearla para cavar dos tumbas: una adulta y una para un recién nacido.
Keziah continuó trabajando. Sus manos sabían qué hacer. Pasó otro frasco a Tabitha.
—Cuando salga la cabeza, saca el moco de la boca. Rápido. Necesita respirar.
Las contracciones se acercaban. Se superponían. Ya no había descanso entre ellas. El cuerpo de Charity se arqueaba, se tensaba, se retorcía como queriendo expulsar el mundo entero.
—Ahora, Charity. Ahora. Empuja como si quisieras sacar un demonio.
La elección de palabras, aunque profanas, dio resultado. La mujer pujó.
La cabeza del bebé asomó, mojada, brillante y cubierta de sangre. Tabitha sacó el moco con premura y el bebé respiró. Una bocanada de aire que se convirtió en un llanto intenso y lleno de vida.
—Una vez más. Falta el cuerpo.
No quería tirar. Charity ya estaba desgarrada, pero si le sacaban el bebé a la fuerza el desgarro sería tal que podría matarla. Ephraim sostuvo a su esposa, Ketiah solo tuvo un segundo para contemplar el cuadro y tragar todas sus emociones junto a su propia saliva.
Otro grito. Otro empujón. Ephraim presionaba su frente contra la de Charity y le susurraba algo que nadie más oía.
El bebé salió completo y vivo.
Keziah lo limpió rápidamente, tras lo cual, cortó el cordón con un cuchillo que calentó al fuego. Las manos se movían con seguridad, sin dudas.
El bebé lloraba fuerte y lleno de vida.
Keziah lo envolvió en una tela y lo colocó en los brazos de Charity.
—Tu hija.
La cara de Charity se iluminó. ¡Una niña! El momento le hizo olvidar todo lo demás, que su esposo estaba allí, que la bruja la había ayudado…
Por un instante, el dolor desapareció. La alegría pura tomó su lugar.
Luego Keziah se dio un paso atrás y Charity vio la cara de su hija.
El grito que salió de su boca fue distinto a todos los anteriores. Fue de horror puro.
—¿Qué... qué le han hecho?
El bebé tenía el labio partido. Una hendidura profunda que dividía el labio superior en dos. Una deformidad clara, evidente, marca de algo que el pueblo no sabía nombrar.
—¿Qué demonio ha hecho esto? —preguntó Charity. Apartó al bebé con tanta violencia que Ephraim lo cogió con miedo de que lo lanzara y matara. Su instinto de padre surgió con fuerza y protegió a la criatura contra su pecho.
—Tu cuerpo lo hizo —dijo Keziah—. No lo hice yo.
—¡Mentira! —Charity empujó ahora a su marido, el culpable. Él por estar ahí y por traer a la bruja, él los había condenado—. Tú lo maldijiste. Besado por la liebre. Mira, mira lo que has hecho.
—No he hecho nada. El niño está vivo y tú también, deja que te ayude con…
El desgarro podía matarla.
—¡Porque eres una bruja! —gritó Charity, sin dejarla terminar—. Has puesto una maldición en mi bebé. ¡Está marcado! ¡Está marcado por ti!
El reverendo entró en la habitación, pese a que lo consideraba un pecado. Miró al bebé y luego a Keziah.
—Fuera —ordenó—. Ahora.
—El bebé está bien. La madre en cambio…
—¡Fuera!
Ephraim dio un paso hacia su padre.
—Ella acaba de salvarnos. Sin ella, estarían muertos.
—Exacto. —Su padre lo miró con ojos de odio—. Sin ella, habrían muerto como Dios decidió. Ahora están vivos, pero malditos. Mira el bebé, Ephraim. Mira la marca del demonio.
—Es labio leporino —dijo Keziah—. Sucede. En todas partes sucede. Nada que ver con brujería.
—Mentira. Tú estuviste aquí. Tocaste al niño y hablaste maldiciones.
—Dijo que pujara como si trajera al demonio —la acusó Charity—. ¡Ella sabía que tenía al demonio!
—Además lo vio a través de la piel —agregó Tabitha.
Abigaíl estaba en silencio, sin atreverse a tomar partido.
—No hablé nada, solo salvé una vida.
Tabitha sostenía ahora al bebé. Ephraim se lo había puesto en los brazos para poder estar libre en caso de tener que detener a su padre. La mujer miraba el labio partido, la cara deformada. Algo cambió en sus ojos. Una duda se transformó en certeza.
—Está besado por la liebre —murmuró—. Dice mi abuela que pasa cuando... cuando hay presencia del Diablo en la habitación.
—¿Lo ves? —dijo el reverendo—. Incluso en el parto, incluso cuando el niño nace, lleva la marca. La marca de ella.
Keziah caminó hacia la puerta. Sus pasos eran calmos, sus manos temblaban apenas.
—Hice lo que podía, la niña vivirá. La madre… espero que sí, pero ya no me importa. Y vosotros seguiréis siendo una comunidad de supersticiosos que prefiere matar a entender.
Salió de la casa. Afuera, el pueblo se había reunido. Los gritos de Charity los habían convocados. Segundos antes, se hallaban rezando. Ahora veían a Keziah pasar y clamaban:
—¡Bruja!
—¡Bruja, bruja, bruja!
La acusación se propagó como fuego. Como una enfermedad. Keziah caminó hacia el bosque sin correr, sin prisa. Como si los gritos fueran viento.
Ephraim la alcanzó en el límite del pueblo. La agarró del brazo y la hizo volverse hacia él. Miró la superficie celeste de sus ojos, la belleza descomunal de la mujer y necesitó mantenerse íntegro para no sumarse a la acusación: ¡bruja, me has hechizado!
—Keziah, espera.
Ella alzó la mirada. Su cara era una máscara de calma, pero sus ojos quemaban.
—¿Qué quieres? ¿Que corra más rápido? ¿Que grite mientras corro? Te lo dije, Ephraim. Esta noche compartiremos el infierno. Y el infierno es esto. El infierno es ellos.
—Yo sé que salvaste a mi hija.
—¿Y qué importa? —respondió ella—. Tu padre lo llamará maldito. Tu esposa lo verá como a un demonio. Y cuando sea mayor, tu hijo aprenderá que la mujer que le salvó la vida debería haber muerto quemada.
Los gritos continuaban detrás de ellos.
—Bruja. Bruja. Bruja.
Ephraim soltó su brazo. Keziah siguió caminando hacia el bosque, sola, mientras el pueblo gritaba su condena.