Capítulo 1
Días antes…
Un grito atroz atravesó la noche.
La casa de Ephraim Holt, hecha de leños locales, construida con sus propias manos, olía ahora a velas derretidas, a sudor, a sangre… a muerte.
Charity llevaba nueve horas en trabajo de parto. La comadrona del pueblo, Abigaíl, había salido hace dos horas. Lo había hecho sin decir una palabra, pero Ephraim conocía ese silencio. Significaba que no había nada que hacer.
En la habitación, las mujeres rezaban. Su rezo era una letanía inentendible que empezaba a ponerlo de los pelos. Sabía que debía sumarse, clavar sus rodillas en el suelo y clamar a los cielos por la vida de su esposa e hijo.
No podía. Lo abrumaba la inquietud. Había nacido en esas tierras, era la tercera generación de Holt en las colonias de América del Norte y, desde que tenía uso de razón, no había pasado un día sin tener que luchar contra la naturaleza.
El clima. La tierra árida. Las enfermedades. La falta de insumos y herramientas.
Era incapaz de aceptar que, ante la llegada de su primer hijo, un hombre hecho para la acción solo pudiera rezar.
No expresó su sentir en voz alta, poner en duda la palabra de Dios y sus designios era una prueba de debilidad de carácter, de pecado… de tentación del demonio.
Pero es que el demonio resultaba jodidamente tentador en ese momento.
El reverendo Increase Holt, padre de Ephraim, rezaba también. Sus labios se movían en latín que nadie entendía, los ojos cerrados como si pudiera ver a Dios en la oscuridad de los párpados.
Ephraim estaba de pie junto a la puerta. Sus labios estaban sellados.
Charity gritó.
No pareció un grito humano. Más bien se asemejó al sonido de un animal que se desgarra desde dentro.
—Señor mío —murmuró su padre.
—Ha perdido demasiada sangre —dijo una de las mujeres. Tabitha, la esposa del herrador. Tenía tres hijos. Sabía lo que pasaba cuando la sangre no paraba—. El niño no está de cabeza. Está atravesado.
Otro grito, en esa ocasión más largo. Más desesperado.
Ephraim no pudo soportarlo más y salió de la casa.
Afuera hacía frío. El pueblo dormía, o fingía dormir.
Las lámparas de aceite estaban apagadas en las casas, nadie sería tan tonto de gastar grasa o cera solo para husmear en la desgracia ajena.
Alcanzaba con oír y contemplar bajo la luz plateada de la luna.
Solo las velas detrás de los cristales de la casa de Ephraim brillaban como ojos enfermos.
—¡Ephraim! —Su padre salió de la casa. Las manos en el aire como si fuera a detenerlo con las palabras—. ¿Adónde vas?
El viejo reverendo lo adivinaba. Ephraim se volvió hacia él, no había rastros de sumisión.
Vio a su padre apretar los dientes y, en esa ocasión, no le importó.
Tenía veinte años, su casa, su esposa, su hijo en camino…
¡era un hombre! Y un hombre debía salvar a su familia, ese era el mandato de Dios.
—A buscar a Keziah Brewster.
El reverendo bajó los escalones con rapidez, no parecía de su edad. Agarró el brazo de su hijo.
—No irás —ordenó, acostumbrado a ser escuchado.
—Mi esposa se muere. El bebé se muere.
—El bebé viene de tu unión con Charity. Es un hijo legítimo. Un hijo de Dios. Si Dios quiere llevárselos, es Su voluntad.
Ephraim lo miró. Los ojos de su padre ardían de fe, de certeza. O, tal vez, pensó, de crueldad. Un poder enorme se escondía detrás de cada desgracia, los caídos podían renegar de Dios, pero los demás se entregaban a la fe con más ahínco por temor al castigo divino.
Y quien determinaba eso era el reverendo.
—Entonces lo conseguirá por más que yo luche, señor. No pretendo ser más que Dios, pero si consigo salvarlos, sabremos que Dios ha obrado mediante mis acciones.
El reverendo apretó más el agarre.
—¡O Satán! —clamó el hombre—. Keziah Brewster es una bruja. Una criatura del Diablo. ¿Crees que la sangre de tu hijo será más limpia si la toca ella? ¿Crees que el acto de una hechicera puede ser obra de Dios?
—Sé que cura. He visto a la gente acercarse a ella cuando están enfermos. La he visto sanarlos.
—Ilusión. Truco de demonios. —Su padre lo soltó. Su voz bajó—. Si vas con ella ahora, no volverás a esta casa.
Ephraim no se inmutó. Se alejó un paso más, no podía aceptar que su hijo muriera mientras él se quedaba petrificado. Tal vez su padre tenía razón, quizás era una prueba de Satán, pero el diablo ofrecía un mejor trato que Dios.
La desesperación le hizo apretar la mandíbula.
—¿Lo entiendes? —continuó el reverendo—. Perderás todo. Tu nombre, tu herencia. Tu hijo, si sobrevive, crecerá bastardo porque habré anulado tu matrimonio. Serás un apóstata ante el pueblo.
Dentro de la casa, Charity gritó de nuevo. Ephraim se dio media vuelta.
—Dile a Abigaíl que venga, que me acompañe.
—No lo hará. Abigaíl es piadosa.
Ephraim se encogió de hombros y caminó hacia el bosque, iría solo, atravesaría el infierno si era necesario. Su padre no lo siguió. No había necesidad. Las palabras ya estaban lanzadas, su sentencia fue pronunciada.
Una parte de él temía esa sentencia, por supuesto, pero la desoyó. Charity era su esposa y tendrían un hijo, podrían instalarse en otra aldea los tres y empezar de nuevo. Incluso, podía ser que, si los salvaba, el pueblo lo vería como un milagro y le perdonarían la osadía.
—Ya… —murmuró para sí. Su padre jamás perdonaba que se cuestionara su mando.
En los pinos altos, donde la maleza era tupida y las raíces asomaban del suelo, el bosque olía a humedad y a madera podrida. Ephraim sabía el camino. Había ayudado a Keziah a construir su cabaña años atrás, antes de que…
Era mejor no pensar en el pasado que lo unía con esa mujer, de lo contrario vacilaría. Él sabía que ella era un instrumento del demonio, estuvo bajo su influjo.
Un hechizo que se hizo presente en cuanto llegó a su cabaña.
El hogar estaba encendido y proyectaba luces naranjas que se veían tras las hendijas de madera que cubrían las ventanas. Keziah había tallado una flor de lis en una de las tablas y a través de ella se veía el interior.
La muchacha estaba frente al fogón, despierta.
¿Convocando a los demonios de la noche?, tal vez.
Tenía las manos ocupadas, preparando algo en un mortero de piedra.
Ephraim golpeó la madera de la puerta, alzó la vista y vio el ramillete de flores silvestres que pendía del marco. ¿Otro hechizo?
Olía de maravillas. Quizá solo por eso lo había colgado, porque así podía combatir el hediondo olor que los hombres emanaban al vivir. El olor a sus heces, a los animales que cazaban, a la grasa que procesaban para usar en las lámparas…
Pero él había sido educado para desconfiar de cada pequeño placer, de modo que interpretó el placer que le dio aquel aroma como una tentación más del demonio, un llamado a lujos no merecidos.
Ella abrió una mirilla en la puerta, la misma que él había fabricado, y miró a través de ella.
Él tragó saliva. El aroma del ramillete se combinaba ahora con los ojos azules intensos de Keziah.
¡Maldita bruja!, y maldito él que la necesitaba.
Un último pensamiento racional pasó por su mente: si era una hechicera, instrumento de Satán, ¿por qué necesitaba un garrote, por qué no podía defenderse con alguna maldición?
—Vaya. El hijo del reverendo viene a visitarme. ¿Qué será? ¿Viene a acusarme de nuevo de maldad? ¿O esta vez trae la antorcha él mismo?
Ephraim respiró profundo.
—Charity está de parto y el bebé está mal. El pueblo dice que va a morir.
Keziah no respondió. Abrió la puerta y, sin dejar el garrote, regresó a sus hierbas.
—Vengo a pedirle que venga.
Ella levantó la vista. Una sonrisa cruzó su boca. Una sonrisa sin alegría.
—¿Pedirme que vaya? Hace un mes tu padre predicaba sobre mí en la iglesia. Dijo que era una pestilencia. Que debían quemarme como se hace con la mala hierba.
—Lo sé.
—¿Y crees que voy a ir?, ¿por qué lo haría? No me van a dar ni las gracias y lo sabes.
—Si no va, mi hijo morirá. —Ephraim tragó saliva y, con ella, su orgullo—. Solo usted puede salvarlos.
—¿Está dispuesto a hacer un pacto con satán, señor Holt? —Ella lo miró con intensidad. No quiso apiadarse de su miedo, pero falló.
¿Cómo podían temerle a ella, cuando eran ellos los que llevaban las antorchas y las amenazas de fuego?
—Preferiría no hacerlo.
Keziah le sonrió, él tragó saliva. La muchacha estaba sin su cofia, el cabello negro le caía pesado y abundante hasta debajo de la cadera.
Su rostro en forma de corazón parecía más pequeño y delicado al estar enmarcado en su cabellera espesa.
La palidez de su piel hacía contraste y en su rostro, resaltaba el rojo de sus labios algo irritados por el frío otoñal.
—Mmm, al Diablo siempre le gusta cobrarse alguna que otra alma…
Keziah dejó el mortero a un lado. Se volvió a él y dejó que viera su sonrisa, bromeaba. Era alta, esbelta. Cuando estaban de pie, él apenas le llevaba media cabeza.
No le devolvió la sonrisa, lo que le indicó a Keziah que realmente la situación era desesperada.
Quizás sí fuera la enemiga que el reverendo Increase Holt decía, porque pese a que no tenía tratos con el diablo, que Ephraim estuviera dispuesto a venderse para salvar a su familia le pareció el argumento más convincente de todos.
—Tu hijo —repitió. Una sonrisa apenas sin humor asomó por sus labios—. La próxima generación de Holt que me acusará de bruja.
Suspiró, porque sabía que lo haría.
Ephraim tardó en responder. Sabía que Keziah tenía razón, él educaría a su hijo en sus mismos preceptos, y ellos decían que ella era una bruja.
—Sí.
—Sabe que lo condenarán junto a mí, ¿verdad? Seremos dos pecadores. —La sonrisa se volvió sardónica.
—Sí, compartiremos infierno juntos.
—Bueno, tal vez nos den un buen sitio. Uno más cálido que Masachussets, espero —ironizó.
Pudo jurar que Ephraim quiso sonreír. Tal vez, hasta tenía seso en esa cabezota llena de temores religioso.
Keziah lo miró durante un largo momento, soltó el aire de nuevo y fue a por su bolso de hierbas. También cogió la cofia, y Ephraim se volvió para no ver cuando ella escondía su frondoso cabello bajo la tela de lino almidonada.
El cabello de las mujeres era una de las tantas herencias de Eva, la primera en hacerlos pecar.
Gracias a que no miró, tampoco notó que Keziah ponía los ojos en blanco.
—Por lo menos, en esta ocasión, señor Holt, se reconoce como pecador.
Algo no muy normal en esas tierras. La acusación de brujería, de presencias demoníacas y maldiciones les servían a los colonos para expulsar de dentro de ellos sus pecados, poner la culpa en otro y seguir creyéndose santos.
Los despreciaba con el mismo odio con el que ellos la despreciaban. No siempre fue recíproco, pero ahora era una hoguera que no paraba de crecer. Alguien iba a arder en la pira, y sabía que lo más probable era que fuese ella.
—Esta noche descubrirá que el único infierno que existe es su maldita aldea, Holt.
—¿Es esa una maldición? —siseó él.
Ella rio. Todo para ese hombre era una maldición.
—Ya estáis malditos, no necesitáis de mis hechizos. —Movió los dedos como si lanzara un encantamiento.
Ephraim se persignó y Keziah contuvo la carcajada. No iba a hacer leña del árbol caído, ese hombre estaba aterrado por la posibilidad de perder a su hijo.
La ironía…, pensó, era mejor samaritana ella, más piadosa con el dolor ajeno, que todos esos puritanos.
Se adelantó un par de pasos y avanzó por delante de Ephraim camino a la aldea.
—Empiezo a creer que tiene usted razón —susurró Ephraim. La aldea iba a dejar morir a su hijo, tal vez Keziah estaba en lo cierto.
Se apresuró hasta alcanzarla y caminar a la par.
—Su hijo aún es inocente, aunque vosotros ni eso creéis, ¿verdad?
Ephraim no respondió. Le habían enseñado sobre el pecado original, pero en esos momentos, pensaba como la bruja. Su hijo era inocente, si alguien ha de morir, debía ser un alma corrupta como la de él.