La extraña dama del oeste Prólogo
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La extraña dama del oeste

La extraña dama del oeste

Por Sheryl Thomas

© inepub.com

Prólogo

El bosque era un infierno de ramas.

Keziah Brewster corría sin aire en los pulmones, sin cuidado ya de los arbustos que le desgarraban el vestido. Oía los pasos detrás. Seguían. No paraban. La voz del pueblo retumbaba aún en sus oídos, ese clamor de un centenar de gargantas que gritaban mientras huía: Bruja. Bruja. Bruja.

No eran los perros. Los perros habían ladrado horas atrás, cuando aún pensaba que tenía tiempo. Ahora eran hombres. Hombres con antorchas, con cuerdas para el cuello.

Cayó una vez. Las manos en el barro, las rodillas raspadas. Se levantó sin pararse de verdad, como un animal que huele la muerte. Los pasos seguían. Más cerca. Le pareció oír los pasos de una única persona, o al menos eso creyó. Le costaba discernir a través del pulso que retumbaba en sus sienes.

Y si alguien iba a alcanzarla sería él. No tendría escapatoria, era el cazador de la aldea. Si hubiera contado con tiempo, se habría estremecido.

No había río, no había aldea al otro lado, no había nada. Solo el bosque oscuro y ese sonido de pisadas que la perseguía como la sombra.

Se detuvo para respirar. No podía más.

Keziah cogió lo primero que encontró y se giró. Resultó ser una rama pequeña, ridícula. Pero quizá le diera el tiempo suficiente para que, de morir, al menos viera la cara de quien la mataba.

De la oscuridad salió él. No pudo congraciarse con haber acertado, la muerte no daba satisfacciones.

Ephraim Holt emergió entre los árboles, la cara cubierta de arañazos, la camisa desgarrada, los ojos oscuros de furia. O de algo que ella no podía nombrar. Caminaba hacia ella sin prisa. ¿Para qué apresurarse? Sabía que su presa no tiene adónde correr.

Era el mejor cazador, era el hombre más fuerte de la aldea, el hijo del reverendo que prendería la pira en la que ardería. Su peor enemigo.

Keziah levantó la rama.

—Si viene usted a hacer el trabajo de su padre, le prometo que no se lo pondré fácil. Maldito.

Escupió en sus pies.

Él no respondió. Siguió acercándose. A Keziah le pareció que él cargaba con algo en su mano, pero no tenía tiempo de hacer conjeturas. Viniendo de él, solo podía ser un arma dolorosa para torturarla antes de matarla.

Keziah retrocedió. Una zancada. Dos. El bosque se acababa aquí, lo sabía. Atrás de ella, la piedra. Un acantilado suave, pero suficiente. Suficiente para acabar lo que el pueblo había comenzado.

—¿Viene usted a empujarme? ¿Ese será mi final? Pensé que la única muerte que nos esperaba a las brujas era el fuego.

Miró hacia atrás con pavor. Prefería la caída antes que las llamas, pero, si le daban a elegir, no optaría por morir ese maldito día.

Ephraim estaba a un paso ya. Cerca lo bastante para que ella viera la sangre seca en su cuello, para que viera que respiraba tan mal como ella y para que comprobara lo que llevaba en su brazo.

La sorpresa le hizo tragar saliva y por su mente pasaron miles de «¿y si…?».

Hubiera deseado que la duda no la empujara a la muerte, poder tener un último pensamiento amoroso en su vida.

Los Holt le habían quitado la fe en la humanidad, dudaba que un Holt fuera también quien se la devolviera.

—No tiene salida —dijo. Su voz era grave, contenida.

—Lo sé.

Ella soltó la rama. Cayó sin ruido.

Algo pasó en la cara de Ephraim. Una contracción, rápida, como si le doliera. Levantó la mano linro, con la palma abierta. Dedos extendidos hacia ella.

—Venga si quiere vivir.

Keziah lo miró, hizo lo mismo con la mano. Luego sondeó sus ojos oscuros. Mil emociones lo atravesaban, esos ojos siempre la perturbaron.

—¿Es una trampa?

—O un salto de fe.

Durante un instante que duraba una eternidad, ella no se movía. Un Holt le pedía fe, y no en los cielos, no en Dios. Le pedía fe en ellos.

Vaciló, volvió a mirar el bulto en sus manos y cerró los ojos. Si exploraba la mirada oscura del hombre caería en otra clase de abismo, uno plagado de terror.

Y entonces, tomó su mano.