La extraña dama del oeste Epílogo
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Epílogo

Cinco años después.

El sol de media tarde bañaba el valle con una luz dorada y cálida. La nieve y el hielo eran solo un recuerdo lejano en el mes de julio. La granja de los Holt prosperaba en el extremo oeste de la aldea, rodeada por un cerco de madera rosbusta que el propio Ephraim había levantado tronco a tronco.

Dentro del cercado, una docena de ovejas pastaba con tranquilidad.

Su lana blanca y espesa prometía abrigos calientes para el próximo invierno.

Más allá de la valla, en el linde exacto donde la hierba alta se encontraba con las sombras de los pinos, una cierva vieja y dos ciervos jóvenes mordisqueaban los brotes tiernos de los arbustos.

Nunca se alejaban demasiado. El bosque y la granja convivían en una paz absoluta.

Keziah salió al porche de la casa. Llevaba una cesta de mimbre llena de ropa limpia.

Su rostro había perdido la delgadez extrema de la huida, y su cabello oscuro estaba recogido en una trenza suelta.

Ya no vestía harapos. Llevaba una falda de lana teñida de azul y una blusa de lino blanco, tejidas por sus propias manos.

—¡Wunnie! —llamó ella. Dejó la cesta sobre un banco de madera—. ¡No te alejes de la valla!

Una niña de cinco años asomó la cabeza desde detrás del pequeño granero.

Tenía el cabello tan negro que parecía hija natural de Keziah, pero los ojos oscuros y profundos eran idénticos a los de su padre.

La hendidura de su labio superior era una cicatriz pálida que dividía su sonrisa, pero en la aldea nadie la miraba con espanto.

Wunnie era la niña más rápida, lista y querida de todo el asentamiento.

La pequeña corrió hacia el porche. Sus pies descalzos levantaron pequeñas nubes de polvo.

—Estaba mirando a los ciervos, madre —se justificó la niña. Trepó los escalones de madera de un salto.

Keziah le alborotó el cabello con una sonrisa.

Luego miró hacia el interior de la casa.

En una cuna de madera tallada, cerca de la puerta abierta para recibir la brisa, dormía un bebé de apenas seis meses.

Un niño robusto, de mejillas sonrosadas y puños apretados.

Su hijo. El fruto de aquellos años de paz y trabajo incansable.

Ephraim apareció por la esquina del granero.

Llevaba el torso desnudo y brillante de sudor.

Cargaba un fardo enorme de heno sobre los hombros con la misma facilidad con la que cargaba su mosquete.

Su espalda ancha aún mostraba las cicatrices blancas del látigo, pero los músculos fuertes y la postura recta demostraban que el pasado ya no pesaba sobre sus huesos.

Depositó el fardo en el suelo. Se secó la frente con un trapo de lino. Vio a Keziah en el porche y sus ojos se iluminaron con la misma devoción intacta del primer día.

Ephraim dio un paso hacia la casa. Su expresión cambió de golpe.

El cazador giró la cabeza hacia el sendero de tierra que conectaba su granja con el camino principal del valle. Su instinto afilado captó el sonido de pasos arrastrados mucho antes de que la figura humana apareciera en su campo de visión.

—Entrad en la casa —ordenó Ephraim. Su voz no admitió réplica.

Keziah no hizo preguntas. Tomó a Wunnie de la mano. Caminó hacia el interior, tomó al bebé de la cuna y se situó detrás de la ventana entreabierta, fuera de la vista, pero con un cuchillo de cocina aferrado en la mano libre.

Ephraim caminó hacia el porche. Tomó el mosquete que siempre descansaba apoyado contra la pared. Comprobó la pólvora de la cazoleta. Apoyó la culata contra su hombro y apuntó hacia el camino de entrada.

Un hombre solitario emergió de entre los árboles altos.

Caminaba a trompicones. Su ropa era un amasijo de harapos sucios. Llevaba una barba larga y enmarañada, y un zurrón de cuero casi vacío colgado del hombro. Se apoyaba en una rama gruesa a modo de bastón. Parecía un mendigo, un fantasma expulsado por el bosque.

El forastero levantó la vista al escuchar el crujido de las botas de Ephraim sobre la tierra seca. Vio el cañón del mosquete apuntándole directo al pecho. Se detuvo en seco. Sus rodillas temblaron y dejó caer el bastón.

Ephraim entrecerró los ojos. El sol le daba de frente al caminante, pero algo en su postura le resultó dolorosamente familiar.

—¿Quién eres? —exigió saber el cazador—. Identifícate antes de dar un solo paso más.

El hombre alzó las manos vacías en señal de rendición.

—Soy Josiah —respondió el forastero. Su voz era un graznido seco—. Josiah Miller. Del pueblo del reverendo Holt. De tu pueblo, Ephraim.

El cazador tensó el dedo sobre el gatillo. El nombre lo golpeó como una piedra. Josiah era el hijo del herrero de su antigua aldea. Habían crecido juntos. Habían compartido juegos de niños antes de que la religión y el miedo los separaran.

—Si vienes a buscarme por orden de mi padre, te advierto que te enterraré aquí mismo —amenazó Ephraim. No bajó el arma—. Y si vienes a por ella, te haré sufrir antes de hacerlo.

Josiah negó con la cabeza con desesperación. Las lágrimas asomaron a sus ojos hundidos.

—No vengo a buscar a nadie, Ephraim. Vengo huyendo. Os ruego asilo.

La puerta de la cabaña se abrió. Keziah salió al porche. Había dejado a los niños a salvo en el interior. Se colocó al lado del cazador y miró al forastero con el ceño fruncido.

Josiah la miró. Vio a la mujer que su pueblo había querido quemar viva. Vio su ropa limpia, su aspecto saludable y la granja próspera a sus espaldas. El hombre soltó un sollozo ahogado.

—Estáis vivos —murmuró Josiah. Cayó de rodillas sobre la tierra polvorienta—. Estáis vivos y bendecidos. Y nosotros estamos malditos.

Ephraim bajó el mosquete con lentitud. Miró a Keziah, ella asintió de forma imperceptible. El cazador caminó hacia el hombre arrodillado, lo tomó por el brazo de su casaca sucia y lo puso en pie de un tirón.

—Entra en la casa —indicó Ephraim—. Te daremos agua y comida. Pero si intentas alguna traición, no verás el amanecer.

Lo llevaron al interior de la cabaña. Keziah le sirvió un gran cuenco de guiso de cordero y le acercó una jarra de agua fresca. Josiah comió con una voracidad animal. Lloró en silencio mientras tragaba la comida caliente.

Wunnie lo observaba desde la escalera del entrepiso, con los ojos muy abiertos.

Cuando el cuenco quedó vacío, el forastero se limpió la boca con el dorso de la mano temblorosa. Miró a Ephraim y luego a Keziah.

—Creímos que habíais muerto en la ventisca de aquel invierno —confesó Josiah. Su voz recuperó un poco de fuerza—. Tu padre organizó partidas de búsqueda durante semanas. Nunca encontraron vuestros cuerpos. El reverendo Holt predicó que el diablo os había tragado en la nieve por vuestros pecados.

—Mi padre siempre tuvo mucha imaginación para el castigo divino —comentó Ephraim con frialdad—. ¿Por qué has huido, Josiah? ¿Por qué has venido hasta el oeste?

Josiah bajó la mirada hacia la mesa de roble.

—El infierno cayó sobre nuestra aldea, Ephraim. Meses después de vuestra partida, llegó la peste.

Keziah se tensó. Intercambió una mirada rápida con el cazador.

—Disentería —adivinó ella.

Josiah asintió con pesadez.

—Empezó con los niños. Luego atacó a los mayores.

No teníamos cura. El boticario no sabía qué hacer.

El reverendo Holt enloqueció, dijo que la enfermedad era un castigo de Dios por haber permitido que una bruja viviera tanto tiempo entre nosotros.

Dijo que tú, Keziah, habías dejado una maldición en el agua del pozo antes de huir.

Ephraim apretó los puños. La furia antigua regresó a su sangre por un instante.

—Buscó culpables —continuó el forastero—.

Hubo otra cacería de brujas. Peor que la de Salem.

El miedo volvió loca a la gente. Acusaron a las mujeres viudas, a las niñas que sabían de hierbas…

Hubo juicios falsos. Quemaron a tres mujeres y ahorcaron a dos hombres.

Fue terrible. Destruyeron el pueblo desde adentro para limpiar una enfermedad que no sabían curar.

Keziah sintió un escalofrío. Pensó en las raíces de roble blanco y en la sopa de carbón que habían salvado su nueva aldea. El conocimiento curaba. La ignorancia, liderada por el fanatismo, asesinaba inocentes.

—Yo no pude soportarlo más —dijo Josiah. Su voz se rompió—. Hui hace dos meses. Escuché rumores de que en las fronteras del oeste había una aldea que sobrevivió a la peste sin tantos muertos. Vine a buscar ese milagro. Y os encuentro a vosotros.

Ephraim se apoyó contra el marco de la chimenea. Su rostro estaba sombrío.

—Ya… Siento no ser tan buen cristiano, pero la suerte de los vuestros ya no me interesa —afirmó el cazador—.

Puedes quedarte aquí, Josiah. Puedes trabajar, siempre hay trabajo en la aldea, o seguir tu camino.

Nadie te delatará. Pero debes saber que aquí no mandan los reverendos. Aquí manda el trabajo duro.

Josiah asintió con gratitud infinita.

—Te lo agradezco, Ephraim. De verdad.

El forastero dudó un instante. Miró sus propias manos sucias. Trató de encontrar el valor para decir sus últimas palabras.

—Hay algo más que debes saber —añadió Josiah en un susurro—. Sobre tu esposa. Sobre Charity.

Ephraim no se movió. Keziah cruzó los brazos sobre su pecho, a la defensiva.

—Habla —ordenó el cazador.

—Ella no sobrevivió a la plaga. —Josiah levantó la vista.

No había malicia en sus ojos, solo la transmisión de una noticia trágica—.

Charity enfermó durante las primeras semanas del brote.

Tu padre prohibió que nadie la tocara. Dijo que llevaba la mancha del demonio por haber parido a un monstruo.

La aislaron en una cabaña. Murió de la enfermedad sola y abandonada. Lo siento mucho, Ephraim.

El silencio cayó sobre la cabaña como una losa pesada de granito.

Wunnie bajó un escalón de la escalera de madera. Keziah caminó hacia la niña y la tomó en brazos. Apretó a su hija contra el pecho.

Ephraim miró las brasas apagadas de la chimenea.

No sintió el dolor desgarrador de un esposo enamorado, pero sintió una pena profunda y amarga por la muchacha que un día durmió a su lado.

Charity fue víctima de su propia cobardía y de la crueldad implacable de la misma religión que intentó defender.

La abandonaron a su suerte. La mató la disentería, sí, pero también la mató la ignorancia.

El cazador asintió con lentitud.

La noticia no solo cerraba un capítulo trágico en su historia.

Rompía la última cadena legal y moral que lo ataba al pasado.

El juramento sagrado pronunciado ante el altar se había disuelto con la muerte.

Ante los ojos del mundo puritano y ante las leyes de los hombres de la costa, el vínculo matrimonial había desaparecido.

Ephraim Holt era un hombre viudo. Era, por fin y para siempre, un hombre absolutamente libre.

La brisa de la tarde mecía las hojas verdes de los sauces junto al arroyo. El agua cristalina cantaba su melodía eterna entre las rocas lisas. Era el mismo lugar donde, cinco años atrás, Keziah había lavado a la pequeña Wunnie huyendo de la cacería de brujas.

Ahora no huían de nadie.

***

Ephraim y Keziah caminaron hacia la orilla. Wunnie correteaba por delante, recogiendo piedras de colores, mientras el cazador llevaba a su hijo recién nacido apoyado contra su pecho ancho.

Keziah vestía su mejor blusa blanca. Se había adornado el cabello oscuro con unas pequeñas flores silvestres de color púrpura. Ephraim llevaba una camisa limpia de lino, sin armas ni cuchillos colgando del cinto.

Se detuvieron en el pequeño claro, bajo la sombra protectora de los árboles centenarios.

Ahora eran libres. La muerte de Charity había roto el impedimento legal de su unión. Podrían viajar al este, buscar a un magistrado en una aldea grande y pedirle que los uniera en sagrado matrimonio. Podrían limpiar su situación ante las autoridades y obtener un papel firmado con sello de lacre.

Pero ambos sabían que hacerlo significaba delatarse. Significaba volver al mundo de los hombres que juzgaban con severidad y castigaban con el látigo. Y, sobre todo, significaba aceptar que necesitaban el permiso de una institución terrenal para legitimar el amor que los había mantenido vivos.

Keziah se colocó frente a Ephraim.

—No necesitamos a un juez de peluca empolvada —afirmó ella. Sus ojos azules brillaban con la luz del atardecer—. Y no necesitamos a un reverendo que recite palabras en latín que ni él mismo comprende.

Ephraim sonrió. Le entregó el bebé a Wunnie, que se sentó en una roca plana y sostuvo a su hermanito con un cuidado absoluto y protector.

El cazador tomó ambas manos de Keziah. Sus palmas callosas rodearon los dedos finos de la mujer.

—Hay personas que viven en las normas, pero no en la fe —dijo Ephraim. Su voz resonó firme y profunda en el silencio del bosque—. Mi padre es uno de ellos. Cumplen cada regla, pero sus corazones están vacíos de piedad y llenos de odio.

Keziah entrelazó sus dedos con los de él.

—Nosotros vivimos en la fe, Ephraim —completó ella—. Una fe verdadera. Aunque la vida y la supervivencia nos hayan hecho saltarnos todas las normas de su mundo ciego.

—Dios está aquí. —El hombre miró a su alrededor.

Miró el agua limpia, los árboles inmensos y el cielo abierto por encima de sus cabezas—.

Dios está en este bosque que nos dio de comer.

Está en la medicina que salvó a nuestra aldea.

Está en tus ojos. Él nos bendice, Kezzy. Él conoce la verdad de nuestras almas.

Ephraim soltó una mano de la muchacha. La llevó a su propia espalda, donde las cicatrices del látigo aún marcaban su piel bajo la tela de la camisa. Eran la prueba de su dolor pasado, el precio que pagó por ella.

—Te tomo como mi esposa, Keziah Brewster —juró Ephraim. Sus palabras no fueron un rezo memorizado, sino una promesa nacida de sus entrañas—. Te prometo mi fuerza, mi lealtad y mi amor hasta el último de mis días. Te entrego mi vida, bajo este cielo y ante este bosque, como único testigo sagrado.

Keziah sintió que una lágrima de felicidad absoluta resbalaba por su mejilla.

—Te tomo como mi esposo, Ephraim Holt —respondió ella. Su voz vibró con una emoción que le robó el aliento—. Prometo cuidar de ti, curar tus heridas y caminar a tu lado en cada invierno y en cada primavera. Eres mi hogar. Mi única fe.

No hubo anillos de oro forjado, ni firmas en un libro de registro polvoriento. No hubo coros de iglesia ni campanas sonando en la lejanía.

Se besaron a la orilla del arroyo. Fue un beso dulce, tranquilo y lleno de una paz infinita. El viento sopló entre las ramas y arrastró consigo las últimas sombras de un pasado oscuro.

Wunnie rio desde la roca al ver a sus padres abrazados. Los ciervos, ocultos en la espesura del bosque, los observaron en silencio antes de seguir pastando.

Keziah y Ephraim se separaron con una sonrisa. Se tomaron de la mano y caminaron de regreso a su granja. Eran, al fin y ante los ojos de la única fe que de verdad importaba, un matrimonio libre en la inmensidad de la frontera.