Capítulo 33
Esa misma tarde, Raven vio partir a Rowyn sin que sintiera culpa o pena en su corazón.
Estaba con Mairy y Agnes, y ninguna de las damas había salido a despedirla. Su cabello negro como la noche volaba alrededor de su cara cuando se giró para poder ver la silueta de Raven en la ventana.
No levantó la mano, no gritó, y, de todas formas, Raven supo que cualquier cosa que hubiese dicho habría sido falsa.
—Buenas tardes, esposa.
Ella se volvió y miró a Gabriel, que había entrado en la alcoba.
Compuso una tímida sonrisa mientras Agnes soltaba una risita.
—Algo me dice que van a regañarme.
Mairy, que estaba junto a ella en la ventana, miró a su hijo y se encogió de hombros.
—A mí no me hace caso. Creo que te la dejo para que la hagas entrar en razón y consigas que vuelva a la cama.
Cuando Mairy vio avanzar a su hijo hasta Raven, sonrió, y lo hizo más ampliamente cuando vio que él la levantaba en brazos sin ningún esfuerzo. Agarrando a Agnes por el brazo, ambas mujeres se dirigieron a la puerta.
—Descansad, esposos.
Raven enrojeció de la cabeza a los pies por la mirada vergonzosa y divertida de Agnes y Mairy antes de que cerraran la puerta.
No pensaría Mairy que ellos iban a…
—Gabriel, hemos avergonzado a tu madre.
—No lo hemos hecho —dijo depositándola en la cama—. ¿No estás cansada, mi señora?
Por algún motivo, la voz de Gabriel, aunque triste, sonaba también despreocupada. Como si los problemas causados por su hermana, y la revelación de algunos secretos, no hubieran hecho demasiada mella en su humor.
—No, estoy bien —dijo ella cuando su esposo la tumbó en la cama. Lejos de alejarse, Gabriel se quedó a su lado, recostado junto a ella, acariciando sus cabellos y besando su frente—. Quería ver cómo Rowyn se iba.
Él detuvo la caricia en su mejilla.
—Se ha ido, y no volverá, Raven. Ya no tienes que preocuparte más por ella.
La señora de los McDonald asintió.
—Te prometo que lo haré.
Evidentemente, Gabriel no pensaba decirle que su pérfida hermana la había empujado por las escaleras. No iba a consentir ni una arruga más de preocupación en la frente de su esposa.
—Sobre mi accidente… —dijo ella, pero Gabriel no la dejó hablar.
Rozó los labios de su esposa con los suyos.
—Sssh… No hablaremos de nada desagradable hasta que te recuperes.
Y para cuando eso sucediera, Gabriel estaba convencido de que todo estaría en su lugar.
Raven intentó que su corazón se calmara. Hacía horas que las palabras que Gabriel había pronunciado esa mañana no la dejaban en paz.
Sonrió.
Gabriel la amaba. La amaba de una forma tierna y dulce, se lo dijo su corazón cuando él la abrazó. Estaba dichosa, ya nada importaba, su esposo la amaba y ella estaba completamente rendida a ese bárbaro a quien de pequeña había decidido hacerle la vida imposible.
—¿En qué piensas? —preguntó Gabriel. Por los ojos brillantes, supo que no era en nada malo.
Cuando se humedeció los labios, provocando que él la besara, Gabriel se inclinó sobre ella y le besó la frente. Se sintió molesta al ser tratada como una niña nuevamente, pero se mordió la lengua para no demostrarlo.
—No es justo que esperes a que mi madre desaparezca para hacer travesuras.
—Yo no hacía travesuras —dijo con un mohín en los labios—. Simplemente quería levantarme, solo fue un estúpido accidente, Gabriel, ya estoy bien.
Gabriel discrepaba; no había sido un estúpido accidente y le parecía injusto que Raven pensara que Rowyn era tan inocente. Se dispuso a abrir la boca para contárselo todo, pero recapacitó: no pensaba perder ni un minuto más de su tiempo pensando en esa mujer.
Cuando volvió a besar de nuevo a su esposa, pensó que todo saldría bien. Dios le había arrebatado a su padre y casi pierde a su esposa. No era justo que se ensañara con ellos nuevamente.
El rey haría justicia con Quinlan, tenía que hacerlo. Y él podría entonces encontrar algo de paz.
∞∞∞
Cuando días después, Murrock y Owen entraron en el salón, poco después se les unió Callum. El laird adivinó que había ocurrido algo.
Eran las tempranas horas de la tarde cuando sus guerreros se reunieron con él.
—¿El rey ha hablado?
Murrock meneó la cabeza.
Apenas hacía tres días que habían escrito al rey pidiéndole justicia por su padre. Pero el mensajero aún no había vuelto con una respuesta.
—Ya veo —dijo desilusionado—, si lo conocemos, diría que él tardará un par de semanas en responder, para ver cuánta tensión podemos aguantar.
—No habrá más tensión —dijo Owen.
—¿Qué quieres decir?
El guerrero parecía satisfecho, aunque no dejaba ver entusiasmo alguno.
—Quinlan McDowell ha muerto.
La noticia cogió a Gabriel por sorpresa. Cuando alzó la cabeza, vio la figura de su esposa en lo alto de la escalera.
—¿Mi padre ha muerto? —Cuando bajó a su lado, todos estaban en silencio, esperándola—. ¿Qué ha ocurrido?
—Al parecer… un ataque al corazón.
Gabriel abrió la boca, algo incrédulo.
Por la mirada que le echó Owen, aquello distaba mucho de ser verdad.
El laird miró a su esposa; no lloró, ni hizo ningún comentario, solo lo miró a él y él supo lo que estaba pensando. Si Quinlan había muerto, la venganza moriría con él.