La eterna prometida del Highlander Capítulo 32
95%

Capítulo 32

—Hay que matar a Quinlan —el tono de Murrock no daba pie a discusión, y de hecho ninguno de los guerreros ahí presentes lo hizo.

En el despacho privado del laird, sus hombres de más confianza estaban reunidos con él, después de que Gabriel les hablara de lo sucedido esa misma mañana.

—Siempre lo sospeché —dijo Gabriel.

Estaba sentado detrás de una gran mesa, llena de papeles y pergaminos que venían a recopilar los impuestos y cuentas en general de la propiedad. Pero en ese momento, no eran los problemas cotidianos del clan lo que estaban allí para tratar, sino la venganza.

—¿Qué hacemos? —preguntó Liam—. El rey debe enterarse, y yo… pongo a tu disposición al clan de los McDougall para ayudarte a vengar a tu padre.

Gabriel lo miró con orgullo. No se le escapaba que, aunque fuera tan joven como él, Liam pronto volvería a su tierra para ser el nuevo laird McDougall de pleno derecho. Que quisiera luchar a su lado era un honor.

—¿Entonces habrá guerra?

Owen miró a los hombres, y todos asintieron.

El aire era pesado en la estancia. Los cuerpos de esos guerreros parecían llenarla por completo. Sin duda Gabriel estaba ansioso por matar a Quinlan, pero sin el permiso del rey, que tardaría quizás semanas en llegar… Callum meneó la cabeza.

—No debemos esperar, ahora que sabemos la verdad. Debemos actuar ya. El rey lo comprenderá.

—No estoy tan seguro de ello —dijo Murrock—. Por algún motivo, jamás ha querido inmiscuirse demasiado en los asuntos de los nobles, a menos que sea para forzar alianzas mediante matrimonios o pactos. Si rompemos la alianza que lleva años esperando… nos exponemos a un gran escarmiento.

—Pero mató a Ian… —dijo Callum. El guerrero se calló porque no quería que se le quebrara la voz.

Owen escuchó los argumentos de unos y otros en silencio.

Ah, si tan solo pudiera ayudar en algo. La culpabilidad lo roía por dentro. Gabriel había echado a Rowyn, pero eso no lo hacía menos culpable. Cuando su amante había acudido a él para que le entregara un mensaje a su hermana… ¿cómo iba a sospechar que quería matarla?

Ahora veía lo pérfida que era ella. Pero confesarlo solo haría que él se viera más indigno a los ojos de su señor. Si tan solo pudiera encontrar una solución a todos los problemas del clan.

—Los McDowell son veneno —dijo Murrock—. Yo mismo quisiera matar a Quinlan con mis propias manos. Y nadie va a quitarme de la cabeza que la caída por las escaleras de nuestra señora…

—¿Qué dices, Murrock? —preguntó Liam.

—Creo que Rowyn la empujó por las escaleras.

Todos miraron a Owen cuando habló, como si estuviera ausente.

—¿En verdad lo piensas? —preguntó Gabriel.

Desde luego, él había llegado a esa misma conclusión, pero sin pruebas no podía hacer nada, al menos hasta esa mañana que había perdido la cabeza.

Estaba dispuesto a acabar con Quinlan McDowell y, si con ello perjudicaba a Rowyn, no le iba a importar lo más mínimo. Pasase lo que pasase, esa mujer jamás tendría un techo McDonald sobre su cabeza.

—¿Matar a su propia hermana? —Owen parecía horrorizado—. Jamás pensé…

Gabriel alzó una ceja y miró a Murrock, que al parecer ya había llegado a la misma conclusión que él.

Suspiró antes de hablar.

—La belleza de una mujer puede nublar la mente de un hombre.

A Gabriel le pareció imposible, pero su fiel guerrero enrojeció de la cabeza a los pies.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde que escogéis sitios tan públicos como el establo para retozar.

—Según Agnes, Rowyn odia a su hermana —Callum siguió con su argumento.

—¿Pero tanto como para matarla? —dijo Owen…

—Me gustaría saber qué estaba haciendo Rowyn en ese instante. ¿Dónde estaba?

Owen suspiró.

—Estaba conmigo. Fui a avisarla de que querías hablar con ella… —y mientras decía aquellas palabras, la voz de Owen se fue apagando—. Es decir… Rowyn me dijo que avisara a nuestra señora de que tú querías hablar con ella.

Gabriel miró a Owen.

—Eso no es cierto.

—Acabo de darme cuenta —dijo el guerrero.

Entonces lo supo, claro como el agua. Rowyn había empujado a Raven. Le habría dado tiempo de hacerlo y reunirse en los establos con él a los pocos minutos, casi llegaron a la par.

—No puedo creerlo.

Una furia ciega inundó a Owen, e incluso parecía más furioso que el propio laird.

—Debe ser castigada, Gabriel —Murrock golpeó la mesa. Pero antes de que nadie pudiera decir nada más, Owen se arrodilló ante Gabriel.

—Mi señor… déjeme intentar algo.

∞∞∞

Cuando Owen entró en la recámara de Rowyn, ella estaba con los ojos rebosantes de lágrimas.

—¡Maldita sea! —gritó y pateó el suelo antes de darse cuenta de que no estaba sola en la habitación—. ¡Owen!

—Lady Rowyn.

Ella miró al guerrero, demasiado serio como para haber venido a disfrutar de algunos juegos amorosos.

—Creo que Gabriel se ha enterado de nuestros pequeños encuentros.

Rowyn se llevó una mano a la frente y maldijo en voz baja.

—Eso ya no importa. Me ha echado de la fortaleza. Mi padre… me recibirá. Y es más que probable que acabe con Gabriel y con todos.

—Eso es lo que querías desde el principio, ¿no? —La voz de Owen carecía de humor.

Se acercó a ella y Rowyn se lo quedó mirando. Algo quería de ella, estaba segura. Con los años había sabido qué tramaban los hombres antes siquiera de mover ficha.

—¿Qué quieres, Owen?

—A ti —dijo encogiéndose de hombros—. Por supuesto. ¿Qué más podría querer?

Ella se lo quedó mirando.

—Me han echado, creo que nos volveremos a ver —dijo ella mientras se acercaba a la chimenea apagada—. Gabriel se ha enterado de que mi padre mató al suyo. Es cuestión de tiempo que eche a Raven también.

Lo dudo, pensó Owen. Pero sin duda que el laird hubiera confirmado lo que había sospechado siempre era algo bueno.

—Aún podrías quedarte, o mejor dicho… regresar. Si ayudas a Gabriel.

Rowyn se volvió hacia él con el ceño fruncido.

—¿Volver? ¿Aquí?

Owen asintió.

—Ayúdale con su venganza.

Rowyn se quedó mirándolo largo tiempo, pensando en cada una de las posibilidades de que aquellas palabras fueran ciertas.

—Él no me perdonará…

—Por supuesto que lo hará. Si tu padre es eliminado sin que más sangre McDonald se derrame, serás perdonada y podrás vivir aquí. Yo me encargaré de ello.

Para Rowyn se abrió el cielo, y las nubes grises desaparecieron.

—¿Lo dices en serio?

—Por supuesto.

A Rowyn se le iluminaron los ojos. Sí, sí.

Eso podría ser cierto. Al fin y al cabo, Gabriel no sabía que ella había empujado a su hermana por las escaleras.

Si conseguía su venganza… él la perdonaría y, quién sabe, si con el tiempo podría volver a poner en marcha su plan de convertirse en la señora McDonald.

Se precipitó hacia Owen y le agarró los brazos con fuerza mientras sus ojos se abrían desmesuradamente.

—Él me perdonará.

—Por supuesto —dijo Owen alentándola—. Es más… no es ningún secreto. Él siempre quiso casarse contigo y no con tu hermana.

Ella asintió.

—Sí, yo debería ser la señora de todo.

—Raven no se lo merece.

Owen asintió, alentándola a hablar.

—Por eso la empujaste por las escaleras.

Rowyn se apartó de él como si hubiera cometido un error, pero Owen acercó sus brazos a ella.

—No te preocupes, es normal. Solo querías asustarla un poco para que se fuera. Para que viera que Gabriel no la quiere a ella.

Rowyn asintió, convenciéndose de que aquellas palabras eran ciertas.

—Sí, fue eso…

—Entonces, solo ayuda a Gabriel. Cuando tu padre no esté, repudiará a Raven y estoy convencido de que se casará con la mujer que siempre deseó.

Ella asintió, y de pronto se lo quedó mirando.

—¿Y tú qué sacarías con esto?

—Oh —Owen se hizo el sorprendido—, ¿qué voy a querer sacar? Poder verte cada día del resto de mi vida. Eres la mujer más hermosa que he conocido en mi vida.

Rowyn asintió.

Eso era totalmente cierto, pensó.

Cuando Owen la abrazó, pensó que sería fácil manipular a un hombre como él. Algo extraño, porque siempre había creído que él era el más inteligente de los soldados de Gabriel.

—Entonces… ¿lo harás?

—Por supuesto.

Owen sonrió sobre su coronilla. No una sonrisa dulce, sino más bien amarga.

Él había ayudado a que esa víbora anidara en esas cuatro paredes, poniendo en peligro no solo a Raven, sino a todos.

Rowyn empezó a pensar en las maneras que había decidido para deshacerse de Raven.

En el pequeño arcón, entre sus frascos de belleza, había uno mortal.

Si hubiese podido envenenar su comida… pero le pareció demasiado arriesgado, pues no sería la primera vez que Gabriel tomaba algo de su plato.

Pero si ese veneno lo usaba con su padre…

—Él me amará a mí —susurró.

Owen asintió.

—¿Quién no te amaría? —dijo Owen. Y la culpa de estar incitando a un asesinato fue cada vez más ligera.