La eterna prometida del Highlander Capítulo 31
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Capítulo 31

El golpe en la cabeza de Raven era lo que más había preocupado a Mairy esas últimas semanas. Las fisuras en dos de sus costillas iban sanando; había sido una caída dolorosa, pero con reposo, su nuera tenía mucho mejor color. El que no parecía ir a mejor era el ambiente en la fortaleza.

Rowyn se había negado a marcharse, argumentando que era incapaz de dejar sola a su hermana.

Por otra parte, las tensiones entre los McDowell y los McDonald no hacían más que aumentar.

Quinlan había acudido al pie de sus murallas, enfurecido porque aseguraba que había sido el propio Gabriel quien había querido matar a su hija.

No obstante, sus acusaciones no habían obtenido el permiso del rey para romper la alianza, y el laird McDonald ni siquiera había sido convocado o amonestado con una misiva por parte del monarca.

Quizás porque Murrock había insistido en adelantarse y hacer llegar un mensaje al rey, asegurando que la bella señora de los McDonald estaba en perfecto estado después del accidente y que su esposo no se alejaría de su lado.

En esa simple nota se podía leer entre líneas que Raven no había sido atacada y que su esposo estaba preocupado por su estado de salud, alejando de él las sospechas que Quinlan intentaba proclamar a los cuatro vientos.

Pero si había alguien más interesado en saber la verdad sobre lo sucedido, no era Gabriel, sino Raven.

La joven señora McDonald miró cómo Mairy acababa de darle la sopa.

—Lo estás haciendo muy bien.

—Me golpeé la cabeza, no las piernas. Debería poder salir de este cuarto.

—Solo han pasado dos semanas —dijo Mairy, preocupada—. Deja pasar un poco más de tiempo. Me preocupan tus mareos.

—Ya no he vuelto a tener ninguno.

Mairy le acarició el brazo amorosamente.

—Hazlo por nosotros, nos diste un buen susto.

Ella asintió, ¿qué más podía hacer? No era una prisionera, pero en aquellas circunstancias, casi lo parecía. Raven podía fingir que necesitaba estirar las piernas, pero lo que realmente quería era ver a Gabriel.

Gabriel solo se había asomado de vez en cuando en su dormitorio, siempre pendiente de su estado, pero nunca lo suficientemente cerca como para brindarle un consuelo físico.

Mairy se sentía deprimida, y Raven lo notaba.

—Gabriel ha preguntado por ti y está muy preocupado, es solo que...

No salieron más palabras de la boca de Mairy, y no la culpaba por no poder justificar a su hijo. Ella tampoco podía ni conseguía entender su actitud, tal vez, solo tal vez, se sintiera algo culpable por no haberla protegido.

Cuando unos golpes llamaron a la puerta, Raven tuvo la esperanza de que fuera Gabriel, pero no era así. Quien entró fue Rowyn y, al ver la cara de Mairy, supo que las cosas entre ambas mujeres no iban bien.

—Si me disculpáis, miraré en la cocina si hay algún dulce con el que pueda tentarte.

—No tengas prisa —le dijo Rowyn.

Raven echó un vistazo a su hermana y volvió a ocultar su rostro, mirando hacia la ventana entreabierta.

El tiempo no quería acompañar su tristeza, por lo que el sol lucía en lo alto, calentando las frías piedras de la fortaleza.

Las chimeneas estaban apagadas, a menos que en ellas luciera un caldero.

Cuando Mairy salió, Rowyn se sentó en el borde de la cama, lo suficientemente cerca de su cabecera como para no perderse detalle de las emociones que embargaban a Raven.

Sabía perfectamente por qué estaba así...

por Gabriel. Las dudas la carcomían y, quizás, el plan tan apresuradamente trazado no había salido todo lo mal que le pareció en un principio.

Solo tenía que hacer penetrar unas cuantas ideas en la cabeza de su hermana con unos comentarios algo maliciosos y, zas, vería fantasmas donde no los había.

Al fin y al cabo, Raven siempre había resultado manipulable.

Y es que, por mucho que la considerara mimada y egocéntrica, Raven no lograba ver la verdadera maldad en el corazón de su hermana.

Maldad que no era poca. Esa falta de visión sería su peor error; ya se encargaría Rowyn de demostrarle cuán peligrosa podía llegar a ser.

Solo tenía que convencerla de que el culpable de semejante accidente había sido Gabriel.

Gabriel, ese hombre a quien había aborrecido en su infancia y que a la vez había temido. ¿Acaso no sería bueno recordarle eso?

—Buenos días, Raven.

La aludida no contestó de inmediato, pero se puso rígida nada más escuchar su voz.

—¿Has pensado en lo que te dije? —preguntó Rowyn, captando su atención—. Estoy segura de que, si deseas marcharte, padre te recibirá con los brazos abiertos.

Rowyn seguramente estaba allí para atormentarla, pensó.

—Lo he pensado.

Su hermana sonrió, y quien no la conociera bien no hubiese encontrado malicia en esa sonrisa.

Raven había meditado mucho sobre el asunto. ¿Sería cierto que había alguien que no la deseaba allí hasta el punto de intentar matarla?

Probablemente.

Raven, sin querer, volvió a pensar en los rostros de horror que la recibieron al llegar, los insultos susurrados y los murmullos de disgusto que la acompañaron antes de convertirse en la señora de los McDonald.

Era posible, sin duda, que aquellas gentes que ahora la trataban con respeto y con alguna que otra sonrisa y palabras amables, estuvieran mostrando un respeto fingido por la señora y esposa de Gabriel, y no un verdadero afecto.

Si algo sabía con certeza es que Gabriel no podía estar fingiendo.

Gabriel era... inocente. Se maldijo por sentir una punzada de duda.

Pero… aunque no la amara, ciertamente debía sentir algo por ella, algo profundo y cálido. Los besos apasionados, sus caricias y las palabras dulces derramadas en su oído bien eran una verdadera prueba de que su marido había empezado a quererla a su modo.

Era cierto que durante las dos semanas que había pasado en cama él no se había dignado a entrar en su habitación y demostrarle esos sentimientos que ella sabía que sentía. Eso le había dolido y sabía perfectamente por qué. Amaba a ese hombre.

Durante todas las horas de convalecencia había ordenado su mente y su corazón. Amaba a Gabriel McDonald con todo su ser y sabía que no toleraría que él no sintiera lo mismo. Tendría que trabajar en ello hasta conseguir que ese hombretón desconfiado se derritiera por ella.

Raven sabía que no sería fácil, pero después de lo vivido entre los dos, tenía la firme convicción de que podía lograr que él volviera a su lado y la tratara con la dulzura que ya había demostrado hacia ella.

Lo que Gabriel necesitaba era tiempo, se dijo, y ella se lo iba a dar, pero, aunque se resistiera, no tendría más remedio que amarla.

—Raven —el llamado de su hermana la devolvió a la realidad.

Sin perder tiempo, Rowyn le acarició la cara limpiando sus mejillas. Dios, ni siquiera se había dado cuenta de que estaba dejando brotar sus lágrimas.

—Pobrecita, te dije que no deberías haberte casado con él. Ahora intenta matarte y solo porque piensa que la anulación no es posible.

Aquellas palabras, dichas sin embustes, le sentaron como una coz en el estómago, más aún, la horrorizaron.

Las dos mujeres estaban demasiado concentradas en su charla como para notar que la puerta de la habitación se había entreabierto ligeramente.

—No es cierto, Gabriel no me haría nada semejante.

Sin poder contenerse, las lágrimas volvieron a sus ojos y brotaron sin que nada las frenara.

—Claro que sí, ¿sabes que nuestro padre mató al suyo?

Gabriel escuchó tras la puerta y sus puños se apretaron con rabia e impotencia. Pero no intervino. Todavía no.

—Eso… —Raven sollozó.

—Te casó con él porque sabía que Gabriel te asesinaría y así tendría una excusa para poder atacar a los McDonald.

—Eso es una abominación —dijo, apretando las sábanas contra su pecho..

—Cuando antes lo aceptes, será mejor para ti.

En este mundo, las mujeres solo somos peones sobre el tablero de ajedrez.

Claro que algunas se convierten en reinas, pero son muy pocas.

La mayoría somos sacrificadas por el rey.

A mí me sacrificaron al casarme con ese viejo, para que mi padre tuviera una alianza contra los McDonald.

Y a ti, te han sacrificado también entregándote a Gabriel.

—Él no es así —y se molestó consigo misma al notar que su voz temblaba.

—Deberías irte.

—Yo no quiero irme —dijo tajante y, con gesto enfurruñado, se limpió la cara con el dorso de la mano—. Yo le amo, y él me amará…

—¿A la hija del asesino de su padre? No lo creo.

Un portazo las sobresaltó a las dos.

—Creo que va siendo hora de que recojas tus cosas y te marches de mi casa —la voz de Gabriel tronó—. Dile a tu padre… que les espera una agónica muerte a mis manos.

Rowyn quedó blanca como el papel, y Raven lo miró con unos ojos llenos de lágrimas.

—Lárgate ahora, antes de que se me acabe la paciencia y sea yo mismo quien te saque a rastras.

La figura femenina se levantó de la cama y, cuando el cuerpo de Gabriel ocupó todo el marco de la puerta, retrocedió unos pasos, pero pronto él se apartó acercándose a la cama donde yacía su esposa.

—¡Fuera!

Rowyn no pudo pensar ninguna estrategia, estaba demasiado aterrada al ver los ojos del guerrero. ¿La habían descubierto? ¿Realmente ese era su fin?

Salió de la habitación sin siquiera cerrar la puerta, pero no fue necesario; Gabriel volvió sobre sus pasos y la cerró de un portazo.

Miró a Raven y ella lloró en silencio por muchas cosas, pero sobre todo por el dolor de su esposo, que acababa de descubrir que Quinlan había matado al suyo.

—Si quieres matarme... hazlo.

Gabriel quedó sorprendido y se llevó una mano al pecho, como si le hubieran apuñalado.

—Raven…

—¿Vas a matarme? —preguntó con los ojos vidriosos—. ¿Sospechabas que yo sabía acerca del asesinato de tu padre y por eso me empujaste por las escaleras?

Su voz apenas tembló, pero las lágrimas no pararon de caer. Entonces Gabriel se dio la vuelta, horrorizado.

—¿Eso piensas? —se acercó a ella y se arrodilló a su lado—. ¿Eso piensas de mí? ¿Que me casé contigo para matarte?

Ella lloró más fuerte.

—¡No lo sé! Dímelo… creo que voy a volverme loca.

Gabriel se lanzó sobre ella, pero no para atormentarla, sino para acunarla entre sus brazos.

—Puedes matarme, yo solo soy una mujer. Una mujer prescindible con la que te viste obligado a casarte. Que te ocultó la verdad sobre el asesinato de tu padre.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Ella tragó saliva.

—¿Desde cuándo sabes que tu padre mató al mío?

Sus ojos se clavaron en ella.

—Desde que sucedió —Gabriel cerró los ojos, negándose a mirarla—.

Escuché a mi padre el día en que Murrock vino a nuestra casa.

Una vez se quedó solo, mi padre empezó a murmurar: “Lo siento, lo siento tanto…” Pero ¿qué podía decir?

—Esa pregunta iba más dirigida a sí misma—.

Odié a mi padre desde ese día. Nada hará que le perdone por haber dado muerte a Ian. Yo le quería mucho.

—Lo sé… y ciertamente él te adoraba.

Se quedaron abrazados largo rato.

El silencio se instaló entre ellos. Cuando Gabriel se acercó a la ventana, ella supo que lo hizo para tranquilizarse y no hacer nada de lo que pudiera arrepentirse.

—Creo que desde ese momento tuve miedo a este matrimonio. Quizás nunca debió haber sido…

Las palabras de Raven cayeron como una losa sobre el corazón de Gabriel.

—Raven…

—Tú jamás quisiste casarte conmigo… Siempre preferiste a mi hermana. Como todos.

—No digas eso.

—Pero es la verdad.

Gabriel meneó la cabeza.

—Era joven y estúpido, yo… no veía cómo era realmente tu hermana —dijo apartando la mirada—. Debes creer que ahora no la elegiría a ella, jamás.

Y puede ser que eso fuera cierto, pensó Raven, pero también lo era que, de haber escogido esposa, Gabriel McDonald jamás la hubiera escogido a ella.

—Hace poco no pensabas así. ¿Acaso la última vez que os visteis no le dijiste que te casarías con ella?

Gabriel se levantó de la cama y se alejó. Por la manera de pasarse la mano por sus abundantes cabellos rubios, supo que lo había atrapado.

En eso Rowyn no mentía, aunque enseguida la voz de él clamó para explicarle lo contrario.

—No, no fue así —parecía desesperado—. Le dije que yo la había escogido a ella para casarme… y que si por mí fuera, me casaría con ella de inmediato.

Raven apartó la mirada; verle era demasiado doloroso.

—Y luego la metiste en tu cama.

—¡No! Nunca la toqué.

Gabriel volvió junto a ella y al sentarse en la cama se inclinó para que Raven pudiera ver bien su rostro.

—Raven… por favor. Créeme, no la toqué.

—¿De verdad? ¿Y nunca la besaste?

Raven apartó la mirada mientras su corazón se quemaba. No habló más; la verdad estaba en los ojos de su esposo. Sí la había besado.

Las lágrimas nublaban su visión y estaba segura de que no podía decir dos palabras sin que su voz se quebrara.

—No la tomé. Me besó y le dije que se fuera… Me di cuenta, cuando se metió en mi cama, de cuáles eran sus intenciones… Ella… me di cuenta de que no es una buena mujer.

Raven se miró las manos entrelazadas sobre su regazo, la cabeza gacha y las lágrimas surcando sus mejillas.

A Gabriel se le partió el corazón.

—No te conocía.

Ella alzó la mirada para rebatir esto y él le tomó las manos mirándola a los ojos.

—No conocía a la Raven de ahora, a mi esposa.

—Que te parezca más bonita ahora no cambia que soy la misma de siempre.

—Pero yo no soy el mismo —se excusó él—.

Yo era un imbécil que no te soportaba porque te burlabas de mí, herías mi ego.

Tú eras la única muchacha que no me respetaba y que me hacía poner los pies en el suelo.

Pero… ¡Ah! Mi padre y mi madre vieron que tú eras la adecuada, mucho antes de que yo te viera como en realidad eres, como siempre has sido.

—Gabriel...

—Yo te amo —dijo sin pensar. Y mientras sus palabras salían de su boca, se dio cuenta de cuán ciertas eran—. Te amo más que a nada. No puedes creer que yo te haría daño.

Y no lo creía. En el fondo, no creía que eso fuera posible.

—No creo que me hicieras daño… —Siguió llorando, pero esta vez las manos fuertes de su esposo le limpiaron las mejillas y sus labios sellaron su promesa de quererla y protegerla.

—No dudes de mí. Yo te quiero a pesar de los secretos, malos entendidos y mentiras.

—A pesar de todo, yo te amaré —yo te protegeré de cualquier cosa, dijo para sí. Porque, aunque ya sabía quién había asesinado a su padre, le faltaba saber quién había puesto en peligro a Raven. Su principal opción estaba clara. Ahora solo faltaba tener pruebas.

La besó con dulzura, estrechándola delicadamente entre sus brazos. ¿Cómo había podido estar tanto tiempo separado de ella?

—Por favor… créeme.

Había súplica en la voz de Gabriel. Y cuando lo miró a los ojos, supo que él jamás le haría daño, y que ella haría cualquier cosa por hacerlo feliz.

—Te creeré, es lo que más deseo en este momento, creerte.

Gabriel agachó la cabeza y besó sus manos, sus párpados y finalmente sus labios.

A pesar de la justicia que debía estar por llegar, jamás dejaría que ella dudara de su amor.