Capítulo 30
—¡Gabriel!
El corazón del guerrero dio un brinco al escuchar la llamada de su madre. No hizo falta verla para saber que algo había ocurrido; fue a su encuentro cuando la vio aparecer por la puerta que daba a la torre norte.
—¿Qué ocurre? —preguntó a la carrera.
—Raven.
El sonido de su nombre en boca de su madre fue más que suficiente para sentir que a Gabriel se le paraba el mundo. Inconscientemente había aguantado la respiración; el pánico casi le hizo gritar al ver el cuerpo de Raven a los pies de la escalera de la torre.
—Raven —susurró para sí.
—Cuidado, hijo —le dijo su madre cuando él levantó a su esposa del suelo.
Cinco minutos después la dejó sobre la cama del dormitorio que compartían.
—Llama a la curandera, madre, no se despierta.
Gabriel no tenía ojos para nadie más y Mairy estaba tan horrorizada como él. En el fondo de la habitación, Agnes lloraba desconsolada al ver el escaso color en su rostro. Callum, Liam y Owen entraron al mismo tiempo.
—¿Qué demonios ha pasado? —preguntó Murrock, que se situó junto a Mairy y le puso una mano tranquilizadora sobre los hombros cuando empezó a llorar.
Gabriel la contempló sin habla, pálida y con un reguero de sangre seca sobre su frente.
Se inclinó sobre ella con los puños apretados y con una expresión de absoluta ira, capaz de matar al responsable de todo aquello con una sola mirada.
—Raven… —la llamó acariciándole la mejilla.
Ella gemía tímidamente, y cuando abrió los ojos, Gabriel se quedó paralizado. No había dulzura y el amor que habían compartido horas antes había desaparecido de repente de aquellos cálidos ojos pardos, que ahora se encontraban fríos y amargos como la hiel.
—Raven —susurró como si quisiera que la mujer que amaba volviera a su lado, como si aquella fuera una completa desconocida.
Ella permaneció en silencio, incapaz de ordenar sus pensamientos.
Se debatió en la cama inquieta, hasta que notó una cálida mano contra su mejilla y el aleteo de un beso sobre sus párpados.
—Raven, no te muevas.
Ella obedeció, pero simplemente porque no podía hacer otra cosa.
Había un zumbido en sus oídos y un dolor lacerante le quemaba la frente.
A su mente acudían una y otra vez recuerdos confusos, pensamientos y visiones descompuestas.
La sensación de que su cuerpo caía sin posibilidad de agarrarse a nada.
Una risa burlona, un suave susurro de tela sobre su cuerpo y el descender de alguien alejándose de ella.
—Yo…
Luego, nuevamente había escuchado gritos.
Distinguió la voz de Mairy entre aquellas voces y Raven se vio confusa y asustada, sin poder discernir entre pasado o presente.
Abrió los ojos nuevamente, y las manos suaves de Mairy le acariciaban el rostro con un paño húmedo.
Al parecer, se había quedado dormida. Gabriel no estaba sobre su rostro, ¿lo había soñado?
—Mi niña, no tienes nada roto, milagrosamente. Pero debes descansar, tu cabeza no está en condiciones de pasar por nada más hoy.
La sonrisa de la mujer era dulce y suave, hasta Murdoch la sonreía, infundiéndole cierta calma. Y… Rowyn estaba de pie junto a su cama.
—Hermanita. No te preocupes —le dijo, acariciándole la frente dolorida—. Yo cuidaré de ti.
Cuando escuchó el gruñido provocado por aquellas palabras, vio a Gabriel al otro lado de la cama. Estaba segura de que a su marido le hubiera encantado maldecir. Sin embargo, no lo hizo y volvió a concentrarse en la caricia de su mano. Gabriel se la sostenía, incapaz de decir algo coherente.
—Estás enfadado.
Fue lo primero que ella dijo.
¡Por supuesto que estaba enfadado!, pensó él. ¿Cómo no iba a estarlo? Casi la pierde.
Pero no era el único en la habitación que estaba con el mismo humor sombrío; los demás guerreros, Callum, Liam y Owen, tenían las mismas expresiones de piedra. Pasase lo que pasase por su mente, no era nada agradable.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Gabriel.
—Dolorida.
—¿Te caíste? —preguntó Rowyn—. ¿O... te empujaron?
En la habitación no hubo par de ojos que no se posara de inmediato sobre ella. Gabriel gruñó de nuevo, dispuesto a sacar a esa mujer a rastras de la estancia de su esposa. Pero las palabras de Raven interrumpieron sus pensamientos.
—Me empujaron.
Raven sintió un escalofrío al recordar.
Vio la figura de Gabriel acercándose a la torre y entrando en ella, ¿o quizás solo iba a los establos? No lo supo, pero el temor de que lo que estaba pensando fuera realidad le partió en mil pedazos el corazón.
Cerró los ojos porque las lágrimas le quemaban y no quería derramarlas delante del hombre que probablemente...
Un grito acalló sus pensamientos. Fue después de este cuando se percató de que era ella misma quien se dejaba la voz en aquel grito lleno de dolor. ¿Cómo había pasado de una mañana tan feliz a aquel instante donde pensaba que su marido podría ser capaz de matarla?
Empezó a llorar; cuando sintió el abrazo de Mairy se dejó llevar, y su cerebro desconectó. Necesitaba dormir, necesitaba alejar de su mente ese pensamiento cruel que le decía que Gabriel no la quería, ni la querría nunca..