La eterna prometida del Highlander Capítulo 29
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Capítulo 29

El sol de la mañana bañaba el cuerpo de Raven.

Inclinándose sobre el parapeto, observó a su marido y a los guerreros que lo acompañaban. Estaban entrenándose, como era su costumbre durante la mañana, antes de la comida en el salón.

La figura de Gabriel destacaba por encima de las demás.

Era un hombre formidable, de ancha espalda y brazos fornidos.

La cabellera rubia ondeaba a su espalda por efecto del viento del norte.

Quizás sus anchos hombros se podían confundir con los de Callum, o su pelo rubio con el de Liam, pero Raven lo diferenciaría entre mil hombres.

Raven se estremeció al recordar cómo había despertado esa misma mañana envuelta en esos brazos.

Se había sentido la mujer más maravillosa y deseada del mundo.

Gabriel la había hecho sentir así y, entre esa bruma de felicidad, no podía averiguar por qué había en su interior esa punzada de intranquilidad.

Como si todo pudiera ser un espejismo. O como si Gabriel pudiera cambiar de opinión de repente y volver a creer que era su enemiga.

Desde la noche anterior no habían intercambiado más de dos palabras; un escueto “buenos días” y unos besos cálidos y dulces habían sido más que suficientes para asegurarse a sí misma que estaba loca y perdidamente enamorada de ese hombre.

En esos momentos, Gabriel volvía a ser tan fuerte y temerario como siempre en sus entrenamientos, pero cuando se volvió dirigiéndole una ardiente mirada, ella pudo notar que sus ojos sonreían.

El entrenamiento había llegado a su fin y Raven sintió palpitar su corazón aceleradamente, pero se resistió a bajar e ir a su lado; por el contrario, decidió seguir con sus obligaciones de esposa y supervisar la comida del día.

Mairy era una santa mujer que la ayudaba en todo lo que podía y más, no obstante, ya era hora de que ella le quitara la carga de ciertas obligaciones.

Y, por qué no, quería que Gabriel admitiera sus méritos, no solo como esposa, sino también como señora de los McDonald.

Al volverse, se sorprendió de que Owen estuviera a su lado. Parpadeó al recordar que no había estado en el entrenamiento de la mañana.

—Señora —Owen la saludó.

—Hola, no te había visto llegar —Raven se llevó una mano al corazón a causa del susto.

—Debo disculparme.

—Supongo que no… —sonrió ella— seguro mi esposo aprecia el sigilo en sus hombres.

Owen sonrió más ampliamente.

—Sí lo hace —le dijo, acercándose más a ella. Se inclinó levemente para decirle algo al oído, y ella asintió.

Sus ojos se clavaron en su esposo. Raven vio a Gabriel volverse nuevamente hacia ella, dando por acabado el entrenamiento. Cuando lo vio dirigirse a la torre cerca de donde ella estaba, tuvo deseos de ir a su encuentro.

—¿Dónde quiere verme, Owen?

Raven movió la cabeza en derredor. El joven guerrero había desaparecido, pero eso no desanimó a la joven señora de los McDonald.

Se encogió de hombros y avanzó por el suelo empedrado hasta alcanzar la puerta que daba a la torre, deslizándose por ella hasta la siguiente planta donde encontraría la zona de los servicios, que desembocaba directamente en la cocina.

La enroscada escalera de caracol estaba a oscuras.

Los peldaños, mellados por el paso del tiempo, ascendían sin que apenas les tocara la luz del sol.

Por entre las ranuras abiertas, para que los arqueros pudieran realizar su función de defensa, Raven observó cuán hermoso estaba el día. O quizás es que a ella se lo parecía.

Al pasar por el primer rellano de la alta torre, posó su mano derecha contra la pared. Con cuidado de no caerse, recogió las faldas de su vestido para poder bajar más segura. Pero la seguridad en su avance desapareció al notar un peso en su espalda.

Un empujón fue suficiente para hacerla caer hacia delante.

A Raven solo le dolió el primer golpe; al seguir rodando por los escalones de piedra, ya había perdido totalmente el conocimiento.

La sombra que había propiciado el ataque siguió deslizándose tras ella y, al llegar donde estaba su cuerpo, pasó sobre este sin el menor remordimiento.